La trastienda de los jóvenes artistas de la Bienal

Foto: Santino Bravi

La semana del 12 al 17 de octubre se realiza la XVI Bienal de Arte Joven en el Foro Cultural UNL. La consigna de esta edición es “Habitar lo público, narrar lo común”. En este marco, Pausa se propuso adentrarse a la trastienda de los proyectos que llegan a la Bienal a través de distintos lenguajes: el cine de Aluminé Gomitolo y Francisco Oggiuni, la música de Australia Tiene Sed y las artes visuales de Naiara Fernández.

“(...) insistir en que nuestra posición es de Resistencia, ¡Resistencial! Así nos parieron, así nacimos, así nos educaron, así crecimos y así vamos a morir dentro de no mucho; pero ese es nuestro lema resistir creyendo en las cosas en las que uno siempre ha creído. Aunque a veces la realidad pareciera que nos desmiente, se te caen los brazos, pensás para qué todo este esfuerzo sobre todo cuando ves a otros galgos ladreros que salen adelante y tienen cosas que hubieran sido muy útiles tener en su momento, un poco más de plata, de medios, la posibilidad de hacer más cosas (...)”

En la biblioteca del Instituto Superior de Cine y Artes Audiovisuales (ISCAA), Aluminé Gomitolo sostiene entre sus manos una copia de “Diálogos del Cine” de Fernando Birri y Carmen Guarini. Sentada en unas sillas de madera y cuerina, una de esas que, en el imaginario popular, suelen atribuirse a un director de cine, la joven realizadora recita en voz alta la frase que da inicio a “Transfiguración de la Luz”, documental homenaje al legado birriano. A su lado, Francisco Oggiuni reposa en un asiento similar. Es tan largo que las rodillas casi le tocan el pecho. Una mirada tierna se dirige hacia su compañera. Ambos jóvenes dirigieron el proyecto que, este octubre, será proyectado en la XVI Bienal de Arte Joven de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).

Aluminé terminó el secundario en 2020. Tras pasar por las carreras de Historia, Comunicación Social y formarse en Fotografía, finalmente en 2024 ingresó al ISCAA. Al Instituto lo define como “Una casita donde te sentís muy acompañada”. Francisco, por su parte, comenzó a estudiar cine en 2022 luego de finalizar la secundaria en la Escuela Industrial Superior (EIS). Asegura que “Ama la poética del espacio y cómo la transmite a sus estudiantes”. Aunque ambos tenían una historia previa a su formación profesional, encontrarse en este espacio les permitió unirse a través de los proyectos audiovisuales.

Aluminé Gomitolo y Francisco Oggiuni. Foto: Santino Bravi

Los realizadores encuentran en el trabajo grupal un encanto irresistible, un deseo compartido que se potencia. Cuando lo grupal se privilegia por sobre lo individual, el arte se transfigura y adquiere sentimiento. “Siempre aparecen disparadores. Cositas muy pequeñas que nos inspiran y que terminan agrandándose cada vez más” asegura Fran. Cada pregunta es para él, una nueva fascinación, una jugada espontánea que parece invocar una respuesta premeditada. Sin pausas ni dudas, continúa narrando el proceso creativo: “En ese sentido es re importante el hecho colectivo y el vínculo entre ideas. Los diversos trayectos que tiene cada uno se entrelazan en un mismo proceso y así se construye el camino: juntos macheteando el pasto”. Alguna risa se escapa, antes de buscar en Aluminé alguna mirada que le asegure que su reflexión va por buen camino.

Transfiguración de la Luz

El documental es una coproducción con Señal Santa Fe y el resultado de la participación de, al menos, cien personas. Entre ellos, se destacan integrantes de Sapukay La Casa de Fernando Birri, talleristas del Centro Cultural y Social El Birri, estudiantes del profesorado y la tecnicatura en Artes Audiovisuales del ISCAA. En el proceso, fueron claves ciertas figuras que tuvieron una estrecha relación con el cineasta santafesino a lo largo de su vida. Los directores ponderan particularmente la colaboración de Luis Cazes –artista plástico, documentalista y docente de la ciudad– y el animador Pablo Jauregui.

Una parte importante del proyecto está realizada con rotoscopia, un método de animación que consiste en calcar o redibujar frames preexistentes fotograma a fotograma. Al respecto, Oggiuni asegura: “Es una técnica con un propósito muy claro: dialogar entre muchas personas sobre un mismo material”.

Foto: Santino Bravi

Sobre la mesa de la Biblioteca están desparramados los fotogramas intervenidos. Una selección de libros ocupa el lateral izquierdo. Como dice Alu: “Uno vuelve siempre a los mismos libros, para abrazarse solo”. La charla transcurre entre referencias bibliográficas, citas, paráfrasis y ojos brillosos de euforia.

–¿En qué aspecto de su vida creen que se evidencia la posición de resistencia?

A: Hacer cine o estar involucrado en cualquier espacio de las artes, ya es en sí mismo una posición de resistencia y resignificación.

F: Pienso en resistir como humanidad y en el sentido más simple y más pequeño de la idea de resistir. Reconocer a otra persona, acercarse a otras realidades y hacerlo con curiosidad, con interés, con este vínculo humano que tenemos entre las distintas personas y realidades.

Australia Tiene Sed

–Justo un amigo en común se fue a Australia, perdió el avión de vuelta y tuvo que quedarse como diez días. Se cagó de sed. Cuando volvió nos contó esa historia y de ahí salió el nombre– dice Felipe Gastal.

–¡Qué mentiroso! –responde Julia Lucía, se rasca atrás de la nuca antes de aclarar– Nos llamamos así porque una vez estábamos caminando con Ara por la FHUC –dice en referencia a Araceli Dobler, su compañera de banda que, a un costado, toma mates despreocupadamente–, habíamos terminado de cursar y vi un cartel pegado en los corchos que decía “África no sé qué”. En un ataque de demencia dije: “¡Mirá, boluda! Australia tiene sed”. No sé por qué leí eso. Y enseguida Ara gritó: “¡Es ese el nombre! ¡Es ese!”.

–En 2023, cuando estábamos pensando cómo llamar a la banda, en Australia había muchos incendios. Nosotros tratábamos de dejar un buen mensaje con la búsqueda y el medio ambiente –interviene Ara.

Las voces se superponen. Una versión pisa a la otra, alguien desmiente, otro agrega una nueva explicación. Según Joaquín Helu, la idea se le atribuye a los pueblos originarios de Australia. La leyenda de la rana Tiddalik cuenta que se bebió toda el agua de la Tierra y, por su culpa, las plantas y animales de todo el planeta padecieron una sequía. ¿La única forma de devolver el agua al mundo? Hacer reír a la rana.

El ejercicio de inventar eclipsa la verdad y, poco a poco, las risotadas llenan el ambiente. Son siete, pero en este patio de baldosas terracota solamente hay cuatro: el bajista, Felipe Gastal, el trompetista, Joaquín Helu, y dos de las tres voces femeninas: Julia Lucía y Araceli Dobler. En la reunión de equipo están ausentes: la cantante Milagros Lebboroni, el tecladista, Lautaro Bonamin, y el baterista, Felipe Martínez.

Foto: prensa de Australia Tiene Sed

Formada en 2023, Australia Tiene Sed es una banda de rock alternativo y glam rock de Santa Fe. Se conocieron en la Facultad, gracias al Instituto Superior de Música. Al principio, se reunían para tocar covers y, según Helu, no sonaban “ni en pedo”. El seguro camino de la amistad afianzó la posibilidad de construir el proyecto que hoy, además de los siete músicos, implica un equipo más grande de vestuaristas, artistas y diseñadores. El 23 de mayo de 2024 hicieron su debut con temas propios en el Centro Cultural Provincial (CCP) y tras gestionar su propio festival, Ciudad Tasmania Vol. I, en la sala cultural La Moreno en agosto de este año, se presentarán en La Bienal la semana del 12 de octubre.

Son jóvenes, revoltosos y libres. Hace unos meses, durante su primer evento autogestivo, Julia hacía headbanging arrodillada, con los rizos sacudiéndose al ritmo de la música. Ahora explica que los integrantes de Australia Tiene Sed “Vienen de palos de la música muy diferentes” y que, lejos de ser un obstáculo, esa diversidad es parte de su potencia. “Hacemos un híbrido con todo lo que somos”, sostiene.

Tener como bandera la amistad, frase que el grupo recalca mucho, implica, en palabras de Felipe, “aprender a ceder”. “Capaz en alguna idea de la que vos estabas muy convencido, tenés que dejar de lado tu ego y poner como prioridad lo colectivo”, asegura. Gastal es el más grande del grupo, por lo tanto, el blanco de todas las bromas sobre la vejez, aunque tenga tan solo 25 años.

Los jóvenes, hacen de la grupalidad su estandarte, su posibilidad de crecimiento. Ensayo tras ensayo, aprendieron a tocar, a escucharse y también a discutir. “Nos volvimos más profesionales”, dice Felipe. “Más minuciosos”, corrige Julia. “Más gedes”, completa Araceli. En ese recorrido también aparece una forma generacional de entender la música y los vínculos. Cuando se los interpela por la presencia femenina en la banda, responden con naturalidad: no perciben como excepcional que tres mujeres estén al frente. Su experiencia parece transitar por fuera de aquella escena del “reviente”, históricamente asociada al rock protagonizado por varones, en los que la violencia, el choque y la transgresión se presentaban como formas de pertenencia.

Al respecto, Joaquín Helu habla de nuevos valores y asegura: “Hay una nueva forma de plantear las cosas, hay otras banderas. Está muy presente el compañerismo, velar por el bienestar y el éxito colectivo”. Julia sostiene: “A nosotros no nos parece raro que seamos tres mujeres porque nos rodeamos de gente que tiene otro chip, que nunca te van a tratar de menos solo por ser mina”, y continúa: “Cuando empezamos con Australia nunca nos preguntamos si había un molde que seguir. Nos tiramos a la pileta y empezamos a hacer”.

Ahora esa pileta desemboca en la Bienal.

Un tercio de vida

Al menos diez minutos lleva que un cuadrado de lienzo blanco adquiera un tono de azul brillante y como resultado, el contorno de una memoria. Primero, se prepara químicamente el material, luego, se lo sumerge en una solución de partes iguales de agua y peróxido de hidrógeno. Se coloca una imagen sobre la tela y se la presiona con un vidrio. El sol hará su trabajo. Una vez transcurrido el tiempo, la imagen se impregna sobre el género. Posteriormente, el paño se escurre y se cuelga, para secarse al aire libre.

En el Sur de la ciudad, Naiara Fernández transforma su casa en un laboratorio y su patio es el lugar de revelado. “Pasamos durmiendo un tercio de nuestra vida. ¿Qué es lo que nos perdemos? ¿Qué es lo que vivimos? ¿Qué es lo que disfrutamos? ¿Qué es lo que recordamos y a lo que nos aferramos?”, se pregunta Nai. Es estudiante de Comunicación Audiovisual de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad del Litoral (UNL) y autora de “Un tercio de vida”, una obra realizada con fotografías de archivo a través de la técnica de cianotipia. Tiene 25 años y forma parte de los grupos Santa Fe Paste Up y Pegate Santa Fe. Tanto su trabajo en diseño, como en ilustración, tienen una fuerte presencia de lo colectivo como hilo conductor.

Naiara Fernández. Foto: Santino Bravi

Participa de varios proyectos autogestivos que tienen como objetivo pluralizar el arte urbano. Sobre su trayectoria en el Paste Up, destaca su ciclicidad. Al tratarse de una técnica cuyo trabajo se realiza con papel sobre pared o superficies en contacto con el exterior, el clima y otros factores condicionan su perdurabilidad. Una vez se cae, se rompe o corroe, otro artista puede realizar otra pieza.

Pero, ¿por qué presentar una obra en cianotipia? La decisión apareció como resultado de su carácter experimental. Tras recibir fotos de su álbum familiar su curiosidad creativa resultó en un trabajo que fusiona el patchwork, la fotografía y el revelado químico. “Me gusta mucho la idea de juntarlo y construir esta narrativa de los recuerdos. La cianotipia se adhiere de formas distintas y en diversos tonos. Eso permite construir la obra desde la colectividad y lo efímero”.

Hay temas que son transversales a su recorrido como artista. Mientras Nafta, una gatita pequeña y oscura, maúlla estrepitosamente debido a su sordera, Naiara saca cuatro cajas. Dos de ellas amarillas, una con un patrón cuadrillé azul y blanco viejo. “Estas son mías y esta de gente random que me mandó”. Una cola larga se enreda entre el cartón y refriega sus bigotes en el borde puntiagudo de las cajas. Un sinfín de rostros desconocidos, cumpleaños, bodas y vacaciones. Momentos petrificados en un papel. “Recordar y no poder olvidar siempre fue un tema mío, pero desde un costado negativo. A partir de trabajarlo personalmente, pude usarlo como algo positivo y reforzar lo que realmente aporta: no podemos escaparnos del pasado, hay que tomar lo que nos hace bien y llevarlo como escudo”, dice la artista mientras revuelve impresiones en sepia.

Foto: Santino Bravi

En el patio, ese lugar que Naiara ha transformado en el espacio de secado, las cotorras parlotean. En la soga de un tender sol de metal flamean los trapitos azules. Poco a poco, los colores se intensifican y el contraste revela cinco personas y un perro. Sobre una lona, una mujer en maya y un señor en cuero. A su lado, dos figuras completamente vestidas y, por detrás, una señora con un sombrero que le oscurece el rostro. Es solo una porción de un proceso que llevó un mes entero y muchos intentos. Sobre la tela, la nostalgia adquiere materialidad y la memoria, reaparece en la intemperie.

Camino a la Bienal

En tiempos de aspereza, encontrarse es un ritual de resistencia, una afirmación política. La diversión y el ocio alrededor del arte y la cultura son la respuesta a quienes deciden que lo popular debe ser cortado de cuajo. “Hay que aprovechar para encontrarnos a imaginar otros mundos”, dice Aluminé Gomitolo. Su compañero, Francisco Oggiuni, agrega: “Desde un lugar cuidado y cariñoso”. Para quienes no imaginan otra forma de vivir que no sea a través de la música, la Bienal es un “espacio necesario” al que hay que defender. Otros esperan que la fotografía actúe como puente entre la memoria individual y el recuerdo colectivo.

Poner en pausa la obra para escuchar al artista, para hacer zoom en el proceso y volver al resultado, es adentrarse a la cocina, a la trastienda de lo experimental. Estos jóvenes, sus diferentes lenguajes y temáticas, eligen lo colectivo como posibilidad que enriquece el hacer: la comunidad como resistencia, la amistad como forma de creación y la memoria como algo que, al compartirse, permanece viva. En cada uno de los proyectos, hay un deseo de encontrar algo más: ese otro que acompaña, interpela y recuerda la posibilidad de crear. El rastro del trabajo, las charlas, las risas y la innegociable compañía, llegará con ellos a la XVI Bienal de Arte Joven.

 

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