Repiten y repiten y repiten en la provincia donde ejerzo como docente: asistencia perfecta, descuento, declaración jurada, normalidad. Nosotras decimos PARO. En esas palabras están los cuerpos. El de Nancy ya no.
No hay estética posible en escribir sobre el femicidio estatal de Nancy Godoy. Quiero decir: escribo, no planeo cómo se verá lo que escribo. No me permiten los sentimientos ni el cuerpo más que mirar la foto de Nancy. Pronunciar su nombre. Escuchar sus audios. En sus audios reconozco la pronunciación suave, las consonantes correntinas y la figura tonal de múltiples acentos. Escucho en la voz de Nancy la S escondida, a veces suena como una J si se dice en el medio de dos sílabas. En la respiración de Nancy, escucho su enojo. Su frustración. Y su revancha, su orgullo, su afirmación, su dignidad: acá estoy yo, haciéndome cargo de mi tarea, y ellos, ahí “con el culo entre las manos, diciendo yo no sabía nada”.
Los de arriba nunca saben. Siempre piden pruebas. A nosotras, a las de abajo. No me victimizo: somos las de abajo. En la cadena de responsabilidades, las primeras a las que se nos pide todo. Evidencias: de aprendizaje, de comportamiento, de acciones de inclusión, de acciones de asistencia, de proyectos, de actualización pedagógica, de disponibilidad. Disponibilidad, que palabra tan servil para estar relacionada a la acción de educar.
¿Saben qué? Hoy no estamos disponibles. Nancy fue asesinada. El resto de nosotras, seguimos, aún hartas. No renunciamos al vínculo, que quede claro. Lo único que hacemos todo el tiempo las docentes es vincularnos. Sin recursos, sin tiempos, sin salud, sin claudicar. Algunas enloquecemos y nos desgastamos antes que otras. ¿Hay alguien que sea tanto tiempo el soporte de otro ser humano como una docente? Uso el verbo soportar en todos sus sentidos: sostén, aguante e insistencia. Soportamos.
Yo creo que lo que interesa a las políticas tecno-puestito es destruir este último vínculo humano: el educativo. Creo firmemente que jardines, primarias, secundarias y universidades públicas son fronteras reales que algunos tecnopuestócratas quieren borrar para avanzar en una colonización nueva: la del diseño de humanos sin pensamiento propio. También va para las políticas en salud pública. Pero la educación pública es para mí la última trinchera en pie para ser lo que vinimos a ser en este mundo: seres nuevos, empujados por un deseo colectivo.
Cadenas y cadenas de personas que se callan. Cadenas y cadenas de personas que no están presentes. Cadenas y cadenas de funcionarios que esperan un papel o una decisión de un funcionario de arriba o una evidencia de los trabajadores de abajo para evaluar. Evaluar, evaluar. Evaluar como aplastar. Llenar de palabras. Hacer como que pensamos en la educación para justificar cargos ministeriales.
No es amor ni vocación. Es persistencia en un modo fundamental de vincularse que no se parece a ningún otro porque hace que uno se despierte al mundo. Las docentes no empezamos ayer ni pertenecemos a la generación del ’80 para tragarnos lo del amor y la vocación. Ya sabemos lo que hace falta para que funcione ese vínculo que tanto parece que les importa a los que toman o no toman decisiones: condiciones dignas. No hace falta ni rosca, ni esperar, ni formar cuadros, ni campañas, ni elecciones. Ya todos sabemos bien lo que falta y lo que va a funcionar cuando haya lo que falta.
¿Quieren generaciones que piensen? Repartan la torta de las condiciones laborales. Menos aire acondicionado, cafecito, mozo, catering, platita para gastos, excel y cargos a dedo que no conocen el territorio. Sepan lo que es dar clases afónicos, enfermos, invisibles. Sepan lo que es no tener tiempo para ir a cagar. ¿Sabían que los docentes cagamos si podemos? ¿O que pagamos de nuestro bolsillo el papel higiénico y el agua que tomamos? ¿Sabían que aún así, nos descuentan si nos enfermamos? ¿Sabían que pagamos con el cuerpo? ¿Y que pagamos con la vida, si la escuela está en manos de los que tienen la torta, llámese un coto de caza o un puesto en un ministerio?
No todas tuvimos ni tendremos la valentía de Nancy. Pero si todas fuéramos como Nancy, pregunto: ¿estaríamos muertas? ¿Todas nosotras? ¿Qué palabras dan cuenta de nosotras? Repiten y repiten y repiten en la provincia donde ejerzo como docente: asistencia perfecta, descuento, declaración jurada, normalidad. Nosotras decimos PARO. En esas palabras están los cuerpos. El de Nancy ya no.
https://www.instagram.com/reels/DeuDetVq1Vz/










