Sergio Morresi: “El avance de la derecha radical no implica necesariamente que vaya a durar décadas”

El politólogo Sergio Morresi sostiene que el discurso antipolítico de las derechas radicales “es fundamental para entender la fortaleza de esos liderazgos”.

Por Agustín Bagilet

Sergio Morresi es Licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Dr. en Ciencia Política de la Universidade de São Paulo (USP, Brasil). Actualmente se desempeña como Profesor Asociado en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral (FHUC-UNL) y como Investigador del Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (IHUCSO-CONICET). Además, dicta cursos de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, sede Argentina) y en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (FSOC-UBA).

Entre sus publicaciones se encuentran Historia de las derechas en Argentina: De fines del siglo XIX a Milei (2025), coescrito con Ernesto Bohoslavsky; como también La nueva derecha argentina y la democracia sin política (2008), entre otros libros, capítulos y artículos con valiosos aportes al estudio de las derechas y la democracia.

El avance de las derechas radicales fue el tema que abordó Morresi en el último conversatorio del que participó en Santa Fe. En este marco, el investigador accedió a una entrevista con Pausa para reflexionar y compartir su análisis sobre las derechas en América Latina, el impacto en las democracias y, particularmente, el contexto social y político que atraviesa la Argentina bajo el gobierno de Javier Milei.

Redes sociales, batalla cultural e institucionalidad

—En la conferencia titulada «Derechas y democracia» que tuvo lugar en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral (FHUC-UNL), usted mencionó que no debemos ser esquivos ante los cambios que sufre la política. ¿Cuáles son aquellos cambios que sufrió la política y encontró en Milei una oferta viable?

—Obviamente que, con respecto a las redes sociales, importan porque son parte del mundo actual. Sin embargo, yo tiendo a mirarlas más bien como parte de lo que se suele llamar la esfera pública, igual que la radio, la televisión, los diarios y las discusiones que se dan en el ámbito público. Sucede que, a diferencia de otros ámbitos de la discusión pública, en las redes sociales impera un ritmo, una velocidad tal, que hace que sectores que eran minoritarios y que a lo mejor años atrás quedaban encapsulados, quedaban aislados, muy rápidamente logren juntarse y armar una suerte de masa crítica, una visibilidad y una potencia con una rapidez muy grande. Y eso, en una situación particular de nuestras sociedades, me parece que les ha permitido jugar un rol enorme.

Dicho esto, no estoy negando ni el poder del algoritmo ni la existencia de una particularidad. Simplemente pensar que no puede explicarse por la mera existencia de las redes sociales el despliegue rápido de las derechas. O sea, o mejor dicho, sí se puede explicar la velocidad, no necesariamente el despliegue. Para explicar el despliegue hay que comprender primero que ya había derechas. Eso es importantísimo, porque a veces pareciera que surgieron en un lugar donde no había nada, y siempre hubo sectores de derecha, incluso sectores de una derecha radical. Lo que tuvieron en este tiempo fue un crecimiento, y un crecimiento vertiginoso. La parte vertiginosa uno la puede entender un poco por las redes sociales. La parte del crecimiento me parece que tiene que ver más bien con ciertos problemas de nuestras sociedades.

Para pensar en el caso argentino, uno puede entender que este crecimiento tiene que ver, en primer lugar, con la insatisfacción de buena parte de la sociedad argentina con lo que podemos llamar las promesas incumplidas de la democracia. Si la democracia argentina nace en el 83 con una promesa del presidente Alfonsín de que con la democracia no solo se iba a votar, sino también comer, curar y educar, esa parte social de la promesa democrática fue considerada no cumplida, o no cumplida suficientemente, por buena parte de la sociedad. Una parte de esa sociedad reaccionó por derecha y, insisto, al ritmo veloz que el cambio tecnológico permitió.

—¿Se puede pensar en la radicalización de un conflicto cultural o social? ¿Qué es lo que usted ve?

—Una cosa son las insatisfacciones que podríamos tener antes del surgimiento de esta derecha radical, y otra cosa es el modo en que esta derecha radical moviliza justamente esas insatisfacciones en forma de guerra cultural. En buena medida, esta derecha no solamente viene a impugnar a la izquierda, y no solamente viene a impugnar a ciertas formas de la centroizquierda en América Latina, sino también a la centroderecha, o a la derecha normal, mainstream y conservadora que existía. En ese punto, en esa insatisfacción, lo que ellos procuran es alimentarse a través de esta batalla cultural.

O sea, yo pondría la cuestión de los dos lados, de la oferta y la demanda. Es decir, efectivamente había una demanda de un cambio en el sistema, o de cómo era gestionado el sistema, pero por otro lado también hay una instrumentalización de esa insatisfacción cultural para generar tanto, obviamente, más apoyo, cuánto para mover el escenario, mover el tablero. En ese punto, la batalla cultural… Discrepo con algunos colegas que dicen: «Bueno, no importan esas cuestiones culturales, es todo zaraza, porque en realidad lo que importa son las reformas económicas; nos distraen con una especie de cortina de humo con la batalla cultural». Y yo creo que eso es un error, porque efectivamente, si hay algo que a esta derecha radical —insisto, y no es solo el caso de Milei— le importa, es la batalla cultural. Eso no quiere decir que no tenga relevancia la economía, muy por el contrario, es súper importante.

Pero me parece que sería un error pensarlo en términos economicistas y no ver la centralidad que tiene para estos actores participar, activar y concentrar esfuerzos en lo que ellos llaman la batalla cultural. En buena medida porque muchos de ellos se inspiran en lo que se llamó en los años 60 y 70 la nueva derecha, la nueva derecha francesa de Alain de Benoist. Y esto lo dicen, por ejemplo, algunos de los intelectuales que están cercanos a Milei y en la Fundación Faro: se trata efectivamente de cambiar el escenario a partir de triunfar en la batalla cultural. Esto es, que las opciones tanto de izquierda como liberales de centro, de centroderecha, dejen de ser relevantes. Y para eso esa batalla cultural es fundamental.

Una batalla cultural donde, aunque se siga hablando en términos liberales o libertarios, lo que importan son valores muy conservadores y reaccionarios. Lo que importa también son ciertos tonos, ciertas formas de intervención que implican no negociación, tampoco acuerdo y reconocimiento, sino todo lo contrario: la negación absoluta del otro. Y ese otro a veces también está, como yo diría, mal interpretado, porque se dice: «Bueno, ven la política en el sentido de amigo-enemigo, como Carl Schmitt». Pero en Carl Schmitt el enemigo es un enemigo público, en el sentido de que es un enemigo político; no tiene ciertas características determinadas. En el caso de cómo estas derechas ven a su enemigo, es un enemigo cargado de maldad, es mala persona y es estéticamente reprensible. Es decir, la idea de que hay del lado de ellos una superioridad moral, estética, intelectual, lo cual nos deja a todos los que no estamos de ese lado, en el lugar de que somos idiotas, somos malvados, somos feos, sucios, malos. Es diferente a la enemistad política: es una enemistad de tipo privado, son enemigos privados de ellos. Según esa interpretación, nos diferencia nuestra mera existencia, y eso claramente es un problema para la convivencia democrática.

En ese punto, nos podemos preguntar, en qué sentido hay un cambio a nivel institucional.  En el sentido de que se comprende la institucionalidad democrática de una manera distinta a como fue durante el siglo XX, o en los años que llevamos del siglo XXI. Esto es, la institucionalidad democrática, liberal, burguesa, formal, implicaba reconocernos los unos a los otros, que pensamos distinto y vivimos en el mismo país. La idea de que el otro no merecería estar a menos que cambie forma parte de otra institucionalidad; la idea de que el que gana una elección tiene derecho a gobernar aun si una parte importante de la población no está de acuerdo, y puede hacerlo ya sea vía decreto, o desconociendo las decisiones de los jueces, o no reconociendo las leyes que ya están vigentes, etcétera, también forma parte de ese cambio. Un cambio que a su vez es permitido por el cambio cultural anterior, por esa batalla cultural en la que ellos continúan avanzando.

La derecha global

—Estas dinámicas se disponen de una forma diferente en cada país, en cada tiempo, con cada personaje. Sin embargo, ¿eso responde a una dinámica global? ¿Hay una derecha que se articula y dialoga?

—La idea de que forma parte de un movimiento internacional es una idea que me parece bastante obvia a esta altura. Se podía discutir hace un tiempo si se trataba apenas de fenómenos locales. Creo que la presencia y el crecimiento de este tipo de derechas en diferentes partes del mundo, y no solo en Europa y América, sino incluso en varios países de Asia, nos permite pensar que se trata efectivamente de algo internacional. Esto no quiere decir que simplemente es el espíritu de época —aunque es el espíritu de época también—, sino que nos lleva a reflexionar acerca de los cambios tanto en la marcha de la democracia en los países que son democráticos como en la capacidad de acción del Estado en diferentes latitudes, que tenemos que mirar con mayor atención ¿qué es lo que hay en común entre esos lugares?

Por supuesto que el avance de las derechas en cada país tiene razones, explicaciones y factores que son absolutamente locales. Esto tendrá que ver en algunos casos con ciertas cuestiones económicas; en otros con ciertas cuestiones demográficas; en otros con ciertas cuestiones religiosas, como en la India; en otros con razones de inflación, como el caso de Argentina. En cada país uno puede ver cómo diferentes modulaciones se amalgaman para, no diría permitir, pero sí facilitar o pavimentar el terreno para el avance de estas derechas. Ahora, sin desconocer ninguna de estas cuestiones locales —que yo creo que incluso cada derecha tiene que ser estudiada en su particularidad— también es importante avanzar en una comprensión del fenómeno global.

Cuando miramos el fenómeno globalmente, lo que vemos es que priman, o son obvias, muchas diferencias con respecto a los proyectos, a los tipos de discurso, a las formas de movilización. A pesar de esas diferencias, lo que también vemos es que los líderes de estas diferentes derechas en distintos países son muy solidarios entre sí. En este punto, es una institucionalidad muy débil, pero es una institucionalidad al fin. Está hecha de reuniones, de foros, de seminarios, de congresos, de asociaciones internacionales, donde estos líderes se reúnen, se apoyan mutuamente, aprenden el uno del otro, se imitan, conocen otras experiencias. Hay reuniones de líderes, presidentes de partidos, de intelectuales, de militantes. Son instituciones muchas veces formales, como en el caso de la CPAC; otras más informales, como seminarios que se dan cada tanto, por eso creo que tiene una institucionalidad.

Lo que es interesante ver es lo que algunos especialistas llaman la Internacional Reaccionaria, por más que no haya una internacional, vamos a decir así, funciona como si lo fuera. Toda esta serie de pequeñas instituciones, de reuniones, etcétera. Funciona como un lugar de convergencia, y un lugar donde no importa si algunos parecen avanzar hacia el proteccionismo y otros más hacia la globalización. Pareciera que el movimiento globalista y el anti globalista pueden estar juntos siempre y cuando converjan en la idea de reinstaurar un orden y una jerarquía de valores, de desigualdades, a nivel internacional.

Partidos políticos y marea rosa

—¿Cuáles son los cambios respecto a los sistemas de partidos? ¿Por qué parece ser que los partidos tradicionales no tienen la misma fuerza o capacidad de movilización que los nuevos partidos?

—Para empezar, creo que, en particular en el caso de América Latina, por nuestro sistema político, eso influye claramente en el sistema partidario. Ya sé que sobre todo esto hay una discusión de la ciencia política; no es mi tema, no quisiera meterme mucho, pero yo creo que en circunstancias como la de América Latina, nuestro sistema presidencialista y de checks and balances, digamos, al estilo americano, funciona con determinado sistema de partidos, y cuando ese determinado sistema de partidos no está, no funciona muy bien. Entonces hay una interacción entre que el sistema no responde a los partidos y los partidos no saben manejar el sistema, o no lo saben manejar suficientemente.

En ese punto, yo creo que tenemos efectivamente problemas con los partidos tradicionales, sobre todo cuando son viejos partidos tradicionales que todavía hacen reuniones, congresos, etcétera. Porque efectivamente, si bien eso nos puede parecer muy republicano, muy democrático, muy liberal, garantiza una cierta lentitud que los ritmos vertiginosos de la política del siglo XXI parecen no admitir. Aseguran esos viejos partidos, con su institucionalidad, también una cierta pluralidad y diversidad interna con la que el tipo de liderazgo que cultivamos en América Latina —unipersonal, muy decisivo y decisorio, y a veces decisionista— no comulga.

Por otro lado, creo que hay una mezcla entre la lentitud o la parsimonia de los partidos políticos tradicionales y la velocidad, la rapidez de estos nuevos partidos. Pero también hay algo del reflejo de estos nuevos partidos o nuevos liderazgos personalistas que incluyen algo central: se presentan como anti establishment, como anticasta, como antipolítica. La presentación o el discurso llamado antipolítico o anti establishment, me parece que es fundamental para entender la fortaleza de estos liderazgos, y también el modo en que esmerilan a los viejos partidos y a las tradiciones políticas anteriores. Al mismo tiempo, el hecho de que hayamos asistido a estos incumplimientos de las promesas democráticas también nos permite comprender por qué los viejos actores son responsabilizados de esos incumplimientos, lo cual resulta bastante lógico.

—Recuperando la idea de “marea rosa” en América Latina ¿Cuál es el impacto en las democracias, para el caso de una comparativa, entre gobiernos progresistas y de derecha?

—Uno diría que sí, efectivamente hay toda la literatura que habla de esa marea rosada, siempre con la idea de que hay un ciclo de gobiernos de izquierda en América Latina. Bueno, yo ahí pondría muchos “peros”. En términos históricos, dos países importantísimos de la región pasaron todo ese período con gobiernos de centroderecha o derecha, el caso de Colombia y el caso de México. Al revés, cuando empiezan a ganar las derechas en América Latina y en Sudamérica, tenemos que en esos países donde la marea rosada no había entrado empezó por primera vez, en el caso de Colombia, a ganar un candidato de izquierda como Petro.

En ese punto, yo siempre pienso que esta idea del gran ciclo; ese ciclo de la marea rosada fue quizá un ciclo corto, porque muy rápidamente en varios países la centroderecha volvió, tanto Argentina como Chile, luego Uruguay. Pareciera que se está hablando apenas de un período que comenzó con Chávez en Venezuela y se extendió hasta el 2015. Fue muy corto como para decir una gran oleada, más que una marea, parecía una ola.

En ese caso particular, muy acotada a América Latina, porque no es algo que pasaba en todo el mundo. ¿Qué es lo que asombraba en ese momento de América Latina? Y es que el subcontinente, que había estado durante todos los años ‘90 orientado por la retórica de libre mercado, privatizaciones, lo llamado neoliberalismo, parecía girar en un sentido contrario. Y ahí, entonces, ¿y rosada por qué, en lugar de roja, de izquierda? Y porque nadie discutía el capitalismo, y tampoco discutía el mercado, y tampoco discutía, en la mayor parte de los países, salvo Venezuela, las instituciones que había legado el neoliberalismo. Uno puede pensar todas las cosas, que yo creo muy elogiables, que hizo el gobierno del PT (Partido de los Trabajadores) en las primeras presidencias de Lula, y ninguna de ellas incluía desandar el camino macroeconómico del neoliberalismo; muchísimo menos impugnar el capitalismo. En ese punto me parece que se trataba más bien de una propuesta dentro de un marco que ya venía.

¿Qué es lo que veo de distinto ahora? Lo que veo distinto en esta oleada —otra vez, no digo que es una marea, porque, capaz que dura unos pocos años— es un afán revolucionario, jacobino; no de negociación, no de trabajar con lo heredado, sino de restauración. Es una oleada restauradora, en eso yo veo intenciones distintas. Eso no quiere decir que lo vayan a lograr. Las intenciones declaradas son distintas.

—¿Puede profundizar o ampliar la idea de “oleada restauradora”?

—Lo que veo es que más allá de las cuestiones económicas —por eso digo, y digo que importan obviamente las cuestiones económicas— también está la idea de volver a poner sobre el tapete una cierta idea de jerarquía social que en las décadas anteriores se había ido deshilachando. Por ejemplo, el lugar del varón sobre la mujer, del padre sobre los hijos, de las autoridades sobre los ciudadanos comunes, de los ricos sobre los pobres. O sea, una autoridad social, cultural, intelectual; una jerarquía muy fuerte, en muchos países también de carácter étnico, de color de piel, que se intenta restaurar. Acá yo veo algo distinto a simplemente «bueno, volvemos a ser más pro mercado». No es una discusión de qué tanto mercado, qué tanto Estado. Es una discusión acerca del orden social, del orden cultural de nuestras sociedades.

Obviamente también implica una visión, si vos querés, más amigable con el mercado, más amigable con la acumulación en pocas manos. Pero yo creo que centrarse solamente allí pareciera darnos la visión de que esto es simplemente como volver a los años 90. Y no es eso lo que está sucediendo. O por lo menos no parecen ser esas las intenciones de estos liderazgos políticos en nuestro subcontinente, ni tampoco de otras experiencias de otros países.

Estados Unidos, élites económicas y crisis institucional

—Sobre la articulación de Estados Unidos y Argentina. ¿Cuál es tu análisis sobre el alineamiento que presenta Milei y esta devoción por el liderazgo de Donald Trump? ¿Qué rol juegan las élites económicas argentinas particularmente en este juego?

—A ver, yo creo que los jugadores económicos en Argentina no tienen una visión tan alineada como tienen estos liderazgos. Por eso hacía mucho hincapié en la cercanía de los líderes entre sí. ¿Por qué te digo esto? Y porque las élites económicas muchas veces —en un marxismo muy clásico— tienen intereses, no tienen bandera. A algunas élites económicas les conviene una alianza, una integración más estrecha con el mundo occidental, como lo llamaría Donald Trump. Pero otros también tienen negocios muy establecidos mirando hacia el Pacífico. Entonces yo no lo veo tanto como que «estas son las élites económicas». Me parece que es una mirada un poco burda esa: «Las élites económicas quieren esto, por lo tanto, Milei hace esto». Más bien yo diría que es al revés.

Hay un interés de parte de Estados Unidos en la región que no había tenido en las décadas anteriores. Un interés, digamos, de tipo similar al que tuvo hace 40 años o más. Es decir, «vamos a mirar efectivamente hacia el continente», después de haber estado muchos años mirando hacia otros lugares del mundo. Obviamente uno puede decir: no es que a Estados Unidos no le importaba lo que pasara en América Latina, pero claramente América Latina para Estados Unidos dejó de ser un área interesante para pasar a ser un área donde le importa lo que está sucediendo. Le importa la presencia o ausencia de inversiones extracontinentales —uno puede decir básicamente China, pero yo creo que también son otras.

Venezuela

En este punto, muchos de los presidentes —todos ellos, creo yo— pertenecientes a esta derecha radical en el subcontinente parecen efectivamente alinearse con ese nuevo rol de Estados Unidos en la región. Algunos lo hacen quizá con más elegancia o más equidistancia porque, insisto, los negocios de muchos de nuestros países también tienen que ver con otras potencias del mundo. Y en eso las élites, digamos, no tienen tal alineamiento automático. Me parece que sí está más orientado por los líderes políticos, y por eso la relevancia que Donald Trump, pero yo también diría el Departamento de Estado, más allá de Trump, probablemente les imprime a las relaciones con estos presidentes.

—Usted mencionó que, a pesar de la institucionalidad, las leyes que no le convienen al gobierno son incumplidas. ¿Podemos afirmar que hay crisis institucional en Argentina?

—Como dicen los institucionalistas, a veces las instituciones no son las que nosotros pensamos que son. Entonces, a veces hay instituciones informales, en el sentido de decir: no son las que están establecidas en las leyes que funcionan perfectamente, o instituciones formales cuyo fin declarado es uno, pero cuyo fin real es efectivamente otro. En ese punto, yo no veo, por ejemplo, en el gobierno por decreto una novedad. Lo que hay es un cambio de escala.

Yo recuerdo que durante los años 90 se hablaba del gobierno [de Menem] por su cantidad de decretos de necesidad y urgencia, sobre todo en un momento donde no estaban regulados [todavía] por la Constitución del 94. Pero la forma y el ritmo que tiene este gobierno es claramente otro nivel.

Tampoco el hecho de usar los Decretos de Necesidad de Urgencia (DNU) para cada ley que se quiere modificar o cada medida que se quiere implementar, sino cómo se dio al comienzo del gobierno. El famoso DNU 70/23, de que se modifican 50, 70 leyes vigentes por vía de un decreto. Yo creo que en el uso del decreto uno puede decir que no hay ninguna novedad institucional, porque viene pasando en otros países, pero el ritmo, la velocidad con la que se lo utiliza es otra.

Tenemos otro problema también ahí, que es la desobediencia a fallos judiciales. Y uno va a decir: «Bueno, eso tampoco es una novedad en Argentina». Pero otra vez, la forma sistemática en la que se desconocen fallos judiciales me parece que es también algo novedoso. Y finalmente tenemos un… Y otra vez, no es una novedad, porque es una discusión que venimos teniendo desde los años 90 para acá, con problemas muy serios en Argentina con respecto al rol de la justicia, y sobre todo de la justicia federal, que no se resolvieron durante los años 90; no se resolvieron a pesar del cambio de la Corte que se dio durante el gobierno de Néstor Kirchner, que parecía ser una medida en ese sentido; no se resolvieron con los cambios en el Consejo de la Magistratura impulsados por Cristina Fernández de Kirchner; no se resolvieron con diferentes pujas estructurales y políticas dentro del Consejo de la Magistratura y dentro del Poder Judicial, que efectivamente probablemente requieran un cambio más fuerte. Lo que sucede es que justamente los actores que deberían producir, o que nos gustaría que produzcan, ese cambio más fuerte, tienen bastante interés en que no se produzca.

Entonces hay, yo diría, una serie de problemas. El hecho de que estemos hace años sin Defensor del Pueblo. El hecho de que las formas en que se hace control de la constitucionalidad en Argentina sean un poco lentas e inconsistentes, o demasiado discrecionales. Yo creo que todo eso lleva a un problema, sobre todo ante la decisión de efectivamente saltar esos controles y hacerlo de forma veloz y sistemática. Porque yo creo, otra vez, no es que tenemos una… No es que nunca pasó en Argentina esto… No, todo esto ya viene pasando. Ahora bien, con el ritmo y la sistematicidad con que está pasando, no había pasado. O sea, lo que tenemos es un cambio de cantidad y de ritmo, que en el fondo hacen a un cambio en la calidad y la forma en que entendemos las instituciones de la democracia liberal.

¿Cómo construimos una democracia del siglo XXI?

—El hecho de que están avanzando unas formas de la derecha radical en diferentes lugares del mundo no implica necesariamente que es algo que va a durar necesariamente décadas y décadas. Muchas veces se trata de fenómenos, incluso cuando son de este nivel, que pueden ser, no diría coyunturales, pero sí epocales. Parece que todavía estamos en una situación donde están avanzando, donde se están instalando y donde incluso cuando pierden mantienen apoyo social. Pero eso no significa necesariamente que sea algo que pueda durar demasiadas décadas. Eso está por verse.

Y ese «está por verse» tiene que ver, en muchos sentidos, con cómo los sectores que no son de derecha radical —ya sea de izquierda, centroizquierda, liberales de centro, liberales demócratas, conservadores más tradicionalistas, etc.— reaccionen o actúen frente a esto. Con una especie de mixtura entre defender parte de lo construido en el siglo XX, pero también, y esto me parece más importante todavía, pensar cómo se construye una democracia pluralista para el siglo XXI, que no puede ser simplemente limitarse a defender los restos de lo que quedó de antes, y tampoco aceptar la propuesta de reconstrucción jerárquica de la derecha radical. Tiene que ser una propuesta política donde la idea de que somos todos libres e iguales se mantenga, porque yo creo que es un principio de la democracia liberal a mantener, pero imaginando formas de hacer eso práctico en el siglo XXI.

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