En una nueva entrega del espacio organizado por Pausa, el Instituto N° 12 y la APSF, la periodista y el politólogo abordaron el estado del debate público, el avance de las ultraderechas y la necesidad urgente de reconstruir la imaginación política sin recetas mágicas.
En una época signada por la transición, el recambio acelerado y una profunda incertidumbre sobre qué es lo que necesitamos y cómo conseguiremos hacerlo posible, las certezas individuales se desmoronan a la velocidad de una notificación. La única convicción firme que sobrevivió al aturdimiento de estos años es que las respuestas verdaderas solo aparecen cuando nos encontramos. A propósito de esa urgencia, el tercer panel del ciclo Disidentes —impulsado por Pausa, la carrera de Comunicación Social del Instituto N° 12 "Gastón Gori" y la Asociación de Prensa de Santa Fe— volvió a llenar el auditorio de calle 9 de Julio de estudiantes con libretas de apuntes, docentes, periodistas, referentes de sindicatos y militantes de la ciudad con la predisposición necesaria para renovar esa imaginación política aparentemente estancada.
A la mesa de conversación se sentaron la periodista y abogada Julia Mengolini, cofundadora de Futuröck, y el politólogo Nicolás Tereschuk, docente e investigador. Ambos cruzaron más de 600 kilómetros para encontrarse con la audiencia santafesina, con el paraguas bien abierto frente a la falta de "postas" o verdades absolutas. Lejos de las posturas cerradas o las fórmulas vacías que abundan en las pantallas, Mengolini y Tereschuk llegaron con la convicción de que es en estos intercambios cara a cara —o quizás en algún chispazo inesperado nacido al calor de la palabra compartida— donde puede gestarse algo que finalmente mueva la aguja del presente. Ya lo planteaba en 1944 el sociólogo Paul Lazarsfeld en su clásico estudio El pueblo elige, a propósito de los líderes de opinión y las relaciones interpersonales directas: la resonancia que nuestra mirada puede tener sobre alguien cercano sigue siendo el canal más potente de transformación.
El tiempo liminal y las falsas certezas de la ultraderecha
El marco conceptual de la velada empezó a trazarse desde la lectura de la coyuntura internacional. Tereschuk apeló a la noción de "tiempo liminal" —un concepto recuperado del pensador boliviano Álvaro García Linera— para definir esta etapa histórica donde los tiempos largos se comprimen en periodos breves de hiperincertidumbre geopolítica, guerras abiertas, crisis de los modelos productivos y una volatilidad electoral sin precedentes a escala global. En ese contexto, el politólogo remarcó que el verdadero desafío del presente pasa por reconstruir la imaginación política desde abajo, analizando el modo en que las fuerzas reaccionarias logran capitalizar el desencanto generalizado.

Al caracterizar el momento, Tereschuk advirtió: "Estamos en un tiempo liminal donde todo está en el aire y lo difícil es saber qué va a pasar mañana. En este contexto de incertidumbre total, tenemos que pelear para que los males no nos acostumbren y para actualizar el valor de lo comunitario". Al desarmar la efectividad del discurso de las extremas derechas, el politólogo explicó: "La derecha radical te dice 'yo sé qué hacer' y propone soluciones muy fáciles que en realidad son falsas. Nosotros sabemos que la realidad no es tan fácil, pero para salir de ahí la política tiene que volver a llenarse de gente". En su intervención, enfatizó que la fragmentación del espacio público no se resuelve con dogmatismos ni purismos ideológicos, sino con una apertura creativa a las demandas reales de la sociedad: "Para formar una mayoría hay que juntar distinto. Las derechas radicales son sincréticas, van juntando demandas que a priori no van juntas. Nosotros tenemos que recuperar esa desprolijidad de los movimientos populares, salir del decálogo rígido y volver a encastrar las demandas reales de la gente".
En esa misma línea de análisis, se puso sobre la mesa un dato que alivia el peso de la impotencia: Ni Lula ni Pedro Sánchez tienen del todo claro cuál es su siguiente movimiento; abajo seguimos transformando la realidad inmediata. Frente a ese "consuelo de tontos" de saber que ni las grandes figuras internacionales tienen la fórmula exacta para resolver el estancamiento, la charla derivó hacia la potencia del llano. Mientras las cúpulas vacilan, en la vida cotidiana la política sigue ocurriendo cuando le damos vuelta el prejuicio a un tío en la mesa familiar, cuando ejercemos la amabilidad con alguien que no conocemos o cuando dos expositores viajan 600 kilómetros para charlar con un estudiante un viernes a la noche.
Desmontar la técnica del odio en territorio comanche
Al tomar la palabra, Julia Mengolini abordó la violencia del debate público digital no como un desborde irracional o espontáneo, sino como una herramienta milimétricamente diseñada. La cofundadora de Futuröck sostuvo que la agresión verbal, el frenetismo de las redes y la falta de consecuencias ante el insulto constituyen una técnica deliberada de las ultraderechas y un modelo de negocio rentable para las grandes corporaciones tecnológicas, las cuales monetizan la indignación por ser la emoción más barata de provocar.
"Las barbaridades que se están diciendo en esta época y lo roto que está el debate es una técnica de la época. La indignación es una emoción barata porque es fácil de provocar, mientras que el compromiso, el amor o la construcción de confianza con un otro es algo que lleva más tiempo", disparó Mengolini. El problema de las ultraderechas no se resuelve en la cancha del algoritmo sino en el territorio comanche del encuentro cotidiano. Frente a la trampa del scrolleo infinito, la periodista insistió en que el progresismo no debe aislarse en la queja ni intentar imitar la brutalidad del enemigo, sino volver a confiar en las formas de organización comunitaria donde el campo popular es históricamente superior.

"En el algoritmo nos llevan ventaja porque es territorio de los enemigos. Hay que dar la pelea en nuestro territorio, que es el cara a cara, porque ahí somos mejores, tenemos razón y el encuentro personal desmonta los prejuicios", sentenció la comunicadora. Para ejemplificar esa transformación, Mengolini apeló a recuerdos personales e historias mínimas, mostrando cómo el vínculo afectivo directo y la convivencia concreta derriban los discursos de odio de manera mucho más eficaz que un hilo de tuits o un debate de tribuna.
El factor humano frente a la tiranía de los algoritmos
El tramo final del conversatorio estuvo atravesado por el debate sobre el futuro del oficio periodístico, la precarización laboral y la irrupción masiva de la Inteligencia Artificial. Dirigiéndose en forma directa a los alumnos avanzados y recién egresados que colmaban la sala, Mengolini marcó una postura ética intransigente frente al uso desmedido de herramientas automáticas para la redacción y el análisis de la realidad.
Sostuvo que el valor irrenunciable del periodismo radica en la mirada propia, en el criterio subjetivo y en el compromiso de poner el cuerpo. Frente a la automatización del sentido, la tarea colectiva exige no entregar los dones humanos a la velocidad de la máquina. "Colegas, no entreguen sus dones a la Inteligencia Artificial. A mí me interesa la mirada propia de las personas sobre las cosas; lo que nos mantiene vivos y revolucionarios no sale de un robot: es con la piel de gallina que se hacen las cosas que importan", apeló Mengolini ante un auditorio que aplaudió la definición.
Por su parte, Tereschuk reforzó la idea de que la politización no puede quedar reducida al "paco descartable" de los espasmos digitales ni a la ilusión de participar dando un "me gusta" desde el aislamiento. Para el politólogo, el camino requiere volver a inventar espacios de pertenencia que le den sentido al involucramiento cotidiano. Es necesario reconstruir la imaginación política no para refugiarse en la melancolía de viejas glorias, sino para armar herramientas nuevas que atiendan el dolor del de al lado, organicen el descontento y devuelvan la esperanza a una comunidad que se niega a resignarse.
Cuando la jornada llegó a su fin tras dos horas de debate sostenido, los organizadores entregaron presentes a los invitados y los estudiantes inmortalizaron el momento en una foto grupal. Afuera, la noche santafesina devolvía a los asistentes a la rutina de un fin de semana ordinario, pero con la temperatura cambiada: con la certeza compartida de que para reconstruir la imaginación política no hace falta esperar salvadores ni fórmulas enlatadas, sino seguir juntándose a discutir, a poner el cuerpo y a defender la palabra viva.










