Alejandro Horowicz, “Los cuatro peronismos” y el presente político

El primer peronismo: Argentina gana un nuevo sujeto político, que se abre camino copando la Plaza de Mayo y que descubre el mundo de las vacaciones, la universidad y los derechos. Segundo peronismo: la resistencia, el vandorismo y el tirano prófugo, lo que los libelos de historia académica oficial llaman “el empate social”. Tercer peronismo: la jotapé, la fuerza dinámica parida por los años de proscripción y enrevesada por el retorno del líder. Cuarto peronismo: muerte de Perón, el Rodrigazo, noche y niebla y los despojos que se arrastraron hasta el 83.

La escuálida enumeración evoca las líneas de un apunte para rendir examen, un ayudamemoria. Casi desde su publicación, hace 30 años, Los cuatro peronismos de Alejandro Horowicz han sido continuamente reeditados, volviéndose una referencia –uno de los cuatro o cinco libros imprescindibles– para comprender el peronismo, tanto para el público universitario como para el neófito de la historia. Para sacarse de encima la ceniza de las lecturas acartonadas, Horowicz combina el estilo de su pluma –con fuertes marcas de oralidad, énfasis, retruécanos y apelaciones directas a la atención del lector– un nivel de detalle de archivista obsesivo –que contempla desde los fondos financieros de bancos provinciales en una coyuntura determinada hasta las historias intelectuales de figuras de segundo plano– y una capacidad de reflexión teórica que se expresa en fórmulas breves que impactan y que tienen como premisa la legibilidad. Por ejemplo, en una paráfrasis: la historia argentina puede resumirse a la historia de la lucha por el reparto de la renta agraria.

“Si vos tomas el episodio central, la crisis política que el kirchnerismo tiene que remontar, que es precisamente el 2008, la 125, es exactamente una disputa por los excedentes de la renta. Al mismo tiempo, podés decir que cuando discuten por las retenciones, cuando discuten por la devaluación, al mismo tiempo de lo que discuten de es de la renta. Si el dólar para las exportaciones en lugar de estar a 8 pesos estuviera 14, unos varios miles de millones de dólares estarían en el Banco Central y no en los silos de los exportadores”.

Autor de Las dictaduras argentinas y los dos volúmenes de El país que estalló, en Los cuatro peronismos la teoría y el análisis históricos ascienden para ser leídos por el gran público. Horowicz narra la historia argentina con cierta fría violencia. Luce como un autor distante, pero produce una lectura efervescente. Hay algo del escritor trágico en el modo en que hace discurrir los hechos. Por los 30 años de su obra y por el nuevo escenario político, entrevistamos a Horowicz en Pausa en el Aire, por radioeme.com y FM 96.3.

“Yo vengo de una casa de izquierda, pero que de ninguna manera era gorila. Cuando el peronismo cae, en el barrio donde yo vivía, que era un barrio de clase media, la gente sale a festejar, bailaba en la calle. Por supuesto, yo quería salir a bailar con mis vecinos. Mi papá me dijo ‘Nosotros no tenemos nada que festejar, los trabajadores la van a pasar mal’. Ese día, o al día siguiente, había pilas de libros y revistas que se quemaban. Yo miro horrorizado y le digo a mi papá ‘Papá, están quemando libros’ y él me dice ‘No preguntes nunca cuando queman libros qué libros se están quemando. Sabé que los que queman libros son tataranietos de hijos de puta’. Para mi papá, que rara vez usaba semejante fórmula, eso no era poco decir. Cuando ya era un poco más grande, con mi amiguitos del Hebraica se suscitaban las discusiones políticas de la época. Mis ocho, nueve amiguitos eran todos furibundamente gorilas, el peronismo era nazismo. Yo asombrado escuchaba y trataba de replicar eso. Entonces, una vez después de una discusión muy dura y muy ardua vuelvo a mi casa y le pregunto a mi papá ‘Papá, ¿el peronismo es nazismo? ¿Perón es nazi?’. Entonces mi papá me dice, y esta es la clave: ‘¿Qué me estás preguntando Alejandro, sobre las lecturas juveniles del Coronel Perón o sobre la naturaleza de su movimiento?’. Yo existencialmente arranco de una casa donde era muy difícil ser gorila. Segunda cuestión, en los años 70, si bien el gorilismo existía, no tenía esa densidad ni esas características y para mí el problema era un marxismo no gorila. Una idea del socialismo que entendiera al peronismo como uno de los momentos en que la clase obrera cobra conciencia de sí y para sí. Esto es, la carta de ciudadanía política de los trabajadores en la democracia parlamentaria. En la caja de instrumentos que tengo para conformar esas lecturas tiene un papel central un hombre que jugó un papel central en toda mi vida intelectual que es León Rozitchner. Yo me formo con él en sus grupos de estudio, leo con él a Marx y con él voy viendo este proceso”.

Edhasa reeditó en este año –una vez más y van…– el libro que, al momento de su publicación, prefiguraba la emergencia del menemismo (el cual generara, después del 89, un prólogo que, ahora, es parte sustantiva del texto: “La democracia de la derrota”). Junto a la edición aniversario de Los cuatro peronismos, editorial Octubre publicó una colección de textos –diversos ensayos y una entrevista– titulada Qué queda de Los cuatro peronismos. Horacio González y Eduardo Grüner son entrevistados para referirse a la importancia del texto original, mientras que autores como Felipe Pigna, Elsa Drucaroff, Luis Chitarroni o Carlos Abalo, entre otros, aportan sus perspectivas.

En uno de estos artículos, el de Camila Arbuet, se refiere a una frase de Horowicz: “El kirchnerismo tiene la música del tercer peronismo y la letra del cuarto” 

“En la gestualidad del kirchnerismo, en los planteos, hay mucho de esa música de la JP, hay mucho del plateo del lugar de la juventud, hay un intento, más bien fallido, de reproducir esa situación. Digo fallido porque un fenómeno como la JP sólo se puede comprender a la luz de una larga y trabajosa oposición y no a la luz de la construcción política desde el poder. La idea de que se puede construir un movimiento desde arriba para abajo es un fallido. No conozco ningún movimiento que, una vez que se produce la conquista del poder, no junte a todos los arribistas imaginables. Entre otras cosas, porque es el camino de llegar arriba. Entonces, no se juntan necesariamente los mejores, sino los más habilidosos para trepar. Y eso se nota, eso se ve. Mientras que en el otro sentido, cuando se está en la adversidad, solamente aquellos que tienen razones muy potentes son los que están dispuestos a hacer el esfuerzo requerido para que otra cosa suceda”.

–Eso es toda una afirmación sobre el presente del peronismo: desde 1983 que no está en la situación de no tener ni la provincia de Buenos Aires, ni la ciudad, ni el país.

–Después de la elección donde Scioli conserva una pequeñísima delantera, tras haber perdido la provincia de Buenos Aires, la respuesta que permite que la brecha sea tan pequeña, como finalmente quedó, no es un mérito de la dirección política ni del gobierno, es un mérito de abajo hacia arriba, de aquellos que, apesadumbrados, preocupados, angustiados, se lanzan a las calles a cambiar la relación de fuerzas. Y los que se lanzan no son funcionarios o dirigentes, son de abajo, son aquellos que comprenden de que el riesgo que un gobierno como Macri se constituya es un peligro nacional.

–¿No te parece que es un fenómeno político más enigmático el radicalismo? ¿Cómo se sostiene un partido nacional que no termina un gobierno desde el tiempo de Alvear?

–En realidad, la idea de que existe la clase media es un error de traducción. Marx habla de la clase del medio, no de la clase media. Es lo que no es ni una cosa ni la otra. En una estructura relativamente gelatinosa, como la sociedad argentina, la movilidad social fue un fenómeno de larga data, y que durante mucho tiempo se prolongó, y en las aspiraciones de la clase media, que se referencia tradicionalmente en la clase dominante, a la que mira como ejemplo y a la que se esfuerza denodadamente por integrar, se produjo un fenómeno raro, en estos últimos años, yo diría que desde el 83, fundamentalmente, por el cual se consideran de clase media un conjunto de sectores que son más pobres que la clase media, en una dirección, y mucho más ricos que la clase media, en la otra dirección. Yo diría que esto es el fenómeno enigmático de verdad, y yo podría intentar explicarlo en dos líneas. Por qué los más pobres aspiran a ser de clase media, es obvio. Pero lo que no es tan obvio es por qué los integrantes de las clases dominantes se plantean como de clase media. Y acá viene la cuestión: porque no se quieren hacer responsables de nada. Hace un rato muy largo que la clase dominante de la sociedad argentina no es una clase dirigente. No se propone organizar una respuesta nacional para el conjunto de la sociedad, sino que básicamente no le interesa ninguna otra cosa que hacer caja, hacer caja ya, y rápido, y el resto son absolutamente cuestiones que la tienen sin cuidado. Si algo expresa el macrismo, aparte de ser el mundo de los gerentes, es la falta, la pérdida completa de la autonomía de la política y la transformación de la política en el interés directo, instantáneo, de caja del bloque de clases dominantes.

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Si algo significó el menemismo es esa tradición, y si bien es cierto que es imposible volver a los 90, entre otras cosas porque el mundo de los 90 no existe más, y las posibilidades de los 90 tampoco, hay algo que sí tiene que ver con lo que podríamos denominar el menemismo residual. Ese menemismo residual, esa voluntad de defender el propioculismo de todas maneras, es el que le da cierta forma de sobrevivencia al radicalismo. Pero cuidado, es una sobrevivencia marginal. La alianza con Macri no es una  alianza de cualquier término: es una alianza que consiste en la renuncia a la política. Los que votan a Macri transforman su ciudadanía en vecindad. Y los vecinos discuten de la humedad, de la medianera, de la calle rota, de trivialidades. La gran política es algo que no le interesa al vecino. Eso se lo cede a aquellos que, en su condición de expertos, van a resolver mejor. Y fíjate cómo es la cuestión: reducir la democracia al nombre del que decide, es un poco pobre.

–Pero hay cierto riesgo. Una cosa es usar un partido, como el peronismo en tiempos del menemismo, y otra cosa es poner los gerentes propios. Hay mayor exposición.

–Yo creo que sí, y aparte les da una vulnerabilidad fenomenal. Es cierto que ellos han logrado ganar la mayoría. Pero al mismo tiempo es una mayoría que en el único lugar donde se puede juntar es en una urna. Si se sopla fuerte, esa mayoría se vuela. Y la mitad de los que lo votaron a Macri, a la primera crisis… vas a descubrir que no los votó nadie.

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