Cielo Razzo: rock and funk de barrio

Foto: Not Momma​

“Una historia larga nos une con Santa Fe, fue la primera ciudad a la que viajamos para tocar y que, siendo de afuera, nos recibió siempre con un público que cantaba nuestras canciones”, contaba Pablo “Polilla” Pino en la previa del show que Cielo Razzo dio el sábado en el Molino Marconetti. Así y todo, la llegada de la banda se dio unos días antes del recital porque tanto Polilla como Cristian “Narvy” Narváez viajaron en la semana para atender a los medios, firmar discos y charlar con la gente a pesar de haber tenido en simultáneo una racha de trámites de seguro por un robo de auto. Las ganas de volver a tocar y en un lugar distinto al de las últimas veces, nuevas canciones y el volver a encontrarse con amigos («Luli y Balta de Los Cohibas, EL Negro Rodrigo González, el Osi…”, enumeró Polilla) se sumaron para hacer efectiva la semana del quinteto por la capital.

La noche fue abierta por Supimos, una banda joven que con esfuerzo notorio en la parte compositiva presentó un set de canciones de rock con buena cantidad de matices sonoros a cargo de Federico Trepa haciendo bajos y coros, Lucio Barreto a la batería, Joel Murua en la guitarra y coros y Agustín Castella como voz principal. Con el reloj arremangado hasta las 23.00, las no pocas latas de porrón crujían al salto de los cánticos pidiendo por la salida de los rosarinos, algo que ya no pasa tanto como en épocas en las que el rock era un género más preponderante en el mainstream. Divididos, Ciro, Indio Solari (y Skay, claro), algunos de los más viejos que reciben esta forma de arengas comparten el listado con pocas bandas jóvenes (aunque ya lleven 23 años formados…) como los Cielo Razzo.

Un horizonte lila y negro con una flor metalizada se desplegó atrás de la batería de Javi Robledo, y en compañía del nombre de la banda hicieron de background a un escenario que mayormente estuvo musicalizado por canciones de Tierra Nueva (2015), que por nuevo no fue menos cantado que los discos repasados en temas como «Luminoso», «Alma en tregua» o «Miradas» (todos clásicos presentes en Marea, uno de los más hiteros, de 2005).

El latido enérgico de los parches, el groove del bajo y la guitarra del otro miembro fundador Nano Aime siempre imprimiéndole el espíritu de fogón a una banda que se caracteriza conscientemente por ser cancionera. El trabajo de Diego “Pájaro” Almirón merece un renglón aparte: el guitarrista que toda banda de rock necesita haciendo solos y colando yeites con furia, actitud e identidad propia que hasta se puso al hombro –junto con Robledo– reversiones propias que traspolaron el sonido desde el rocanrol de barrio hasta, digamos, un funky de barrio. Por último, Pino se hace cargo de su condición de hombre que va al frente, atajando y mostrando las banderas (otra de las tradiciones que la banda no deja perder) que le tiran, jugando con el público y cantando durante todo el show con desfachatez implacable.

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