Crónica de una jornada histórica, gestada y ganada en las calles por las mujeres de todo el país.

En la víspera del debate y de la votación final, aún con todas las ansiedades a flor de piel, con los interminables poroteos pasando de mano en mano, con las especulaciones y operaciones, una sensación, que luego fue una certeza, recorría a gran parte del movimiento de mujeres en el país: pase lo que pase, esto es todo ganancia.

Es ganancia el debate público, la palabra “aborto” en todos los medios de comunicación, las y los políticos, funcionarios, referentes, artistas y figuras públicas teniendo que pronunciarse sobre el tema. Pero el mayor capital que tiene esta gesta histórica son, sin dudas, las pibas. Niñas, adolescentes y jóvenes. “La revolución de las hijas”, se escuchaba en la calle y en la Cámara de Diputados. Y eso es, la revolución de las hijas del pañuelo verde, de las nietas del pañuelo blanco.

Las adolescentes, junto con sus compañeros varones, arrancaron la semana tomando escuelas en Buenos Aires, y llenando de pañuelos verdes las mochilas que circulaban por todo el país, aún con las recriminaciones y sanciones que muchas sufrieron en sus colegios confesionales. No les importó. Sabían que era el momento de poner el cuerpo, de arriesgar, de hacerse escuchar.

Desde gran parte del país llegaron al Congreso las pibas, llenas de pinturas de labio y purpurinas violetas y verdes. Las santafesinas no fueron la excepción. A las 5 de la mañana del miércoles 13 de junio, tres colectivos repletos de mujeres salieron desde la ciudad rumbo a Buenos Aires. Las militantes de siempre y las de ahora, rumbo al centro del poder, ese que luego harían temblar.

Plaza partida

Al momento de iniciarse la sesión dentro del Congreso, el sector asignado para la marea verde ya tenía mucho movimiento: gran parte de la Avenida Rivadavia se iba colmando, mientras los bombos sonaban y los choris, hamburguesas y bondiolas humeaban en las parrillas.

Del otro lado de la plaza, sobre Avenida Hipólito Yrigoyen, el panorama era bastante distinto. Entre carteles que anunciaban la desaparición de las personas con síndrome de down y alertando a los padres que sus hijas de 13 años iban a abortar sin que se enteraran, el sector identificado con el slogan “salvemos las dos vidas”, reunía un puñado de adherentes, imágenes muy diferentes a las de las Marchas por la Vida, donde el poder de movilización de las iglesias católicas y evangélicas había sido muy grande.

El cancionero, de ambos lados, no decepcionó y además coincidieron en algunas melodías, como el Bella Ciao, canto partisano italiano contra el fascismo, popularizado hoy por La Casa de Papel. Del lado verde, la letra decía: “Hoy las mujeres, gritamos fuerte, Macri chau, Macri chau, Macri, chau, chau, chau. Contra el Estado y el patriarcado, queremos aborto legal”. Mientra que del lado celeste, el insólito coro sentenciaba: “Puede ser Messi o Mascherano y vos lo querés matar, tar, tar… Puede ser Messi o Mascherano, y vos lo querés matar”.

A medida que avanzaba la tarde, el sector pro aborto legal fue colmándose rápidamente, llenando no sólo Rivadavia sino gran parte de Callao y sus calles adyacentes. Para media tarde ya era muy difícil caminar por la zona y el panorama fue en aumento llegada la noche. Ahí, sobre Callao y a dos cuadras del Congreso, se encontraba el escenario, donde se siguieron y vitorearon los discursos que adentro daban Victoria Donda y Araceli Ferreyra, donde se bailó, saltó y cantó con Tonolec, Eruca Sativa, Jimena Barón, Miss Bolivia y La Delio Valdez, entre otros.

Del otro lado de la plaza, Viviana Canosa conducía el evento mientras un médico hacía ecografías en vivo sobre el escenario. Llegada la noche, la manifestación anti aborto se extendía por tres cuadras sobre Avenida Entre Ríos y apenas un puñado frente a la plaza. Banderas argentinas, globos rosados, pastores evangélicos dirigiendo un rezo -con imposición de manos al Congreso-, Bandera Vecinal -el partido neonazi de Alejandro Biondini y el único partido con presencia en el lugar- y Mariana Rodriguez Varela -la activista del feto de plástico-, completaban la escena.

Pura tensión

Mientras el debate seguía en el recinto, en el Salón de los Pasos Perdidos, donde se encontraba la prensa, la información iba y venía constantemente. “Se sumó uno a favor”, “parece que este no llega, es un voto menos”, “están llamando y ofreciendo cosas a los indecisos”. Para todos los gustos, para todos lados.

En ese microclima de periodistas, asesores y legisladores, donde la gran “grieta” se cerraba mientras otras hacia el interior de cada partido se iban profundizando, comenzaba a filtrarse lo que pasaba afuera: “Hay un millón de personas en la calle pidiendo por esta ley”. Ese dato fue decisivo.

Fue una noche y una madrugada cruda en Buenos Aires, pero la marea verde se las ingenió: carpas, bolsas de dormir, mantas y algún que otro fogón, ayudaron a pasar las horas que, por momentos, no pasaban más.

El momento

Para las 5 de la mañana, el panorama no pintaba bien para que la media sanción fuera finalmente votada. Los números no daban, los porotos se caían. En las redes, las referentes y figuras públicas que se pusieron la militancia de la ley al hombro, alentaban a la militancia a manifestarse, vía Twitter y en la calle.

Con la mañana ya encima, el aire se cortaba con un cuchillo dentro de Pasos Perdidos. Los teléfonos no paraban, las y los asesores iban y venían. Hasta que una señal dentro del recinto desató una medida euforia: diputados y diputadas que estaban a favor se levantaron de sus butacas para agradecer con abrazos a otros dos legisladores: se trataba de los pampeanos Melina Delú y Ariel Rauschenberger, los dos del Bloque Justicialista, que iban a votar en contra y, minutos antes, anunciaron que habían cambiado su postura y acompañarían la legalización.

Un murmullo comenzó a levantarse en el salón, periodistas y militantes de la Campaña se buscaban para abrazarse, las primeras lágrimas comenzaban a aparecer y el “que sea ley” ya parecía estar un poco más cerca.

La calle de los derechos

Llegar hasta la esquina de Callao y Rivadavia donde estaba la pantalla gigante, no era tarea fácil. El frío de la mañana porteña se sentía poco, era una masa compacta de mujeres y varones de todas las edades, sectores, provincias, partidos y el resto de las diversidades existentes.

Los discursos de cierre de Silvia Lospennato, con la emoción a flor de piel dando los nombres de las gestoras de la Campaña por el Derecho al Aborto, Legal, Seguro y Gratuito, y Agustín Rossi, con la referencia a Silvia Suppo y Ana María Acevedo, cosecharon gritos y aplausos en una calle que ya no soportaba la ansiedad.

Cuando el momento de la votación finalmente llegó, un instante de silencio ganó el aire. Fue la calma antes del estallido de felicidad. Con los votos afirmativos arriba, ya nadie siguió mirando. “Aborto legal, en el hospital”, se gritó hasta que ardieron las gargantas, mientras se saltaba y el llanto ganaba a la multitud, mientras los abrazos con amigas y desconocidas se multiplicaban, mientras se tomaba conciencia de que el poder popular feminista había logrado uno de sus hitos.

Se va a caer

La revolución de las mujeres ya no es una utopía, es esto: es la persistencia, la militancia, la insistencia para que la igualdad de derechos, para que la autonomía sobre el propio cuerpo y la propia vida, sean una realidad.

Con el correr de las horas queda cada vez más claro que, en la previa, esta media sanción no salía, pero eso no detuvo a nadie. Armadas de pañuelos verdes, de estrategias, de sororidad, las mujeres argentinas estamos a un paso de la ley que supimos construir. Falta el Senado, pero ya nada parece imposible. Queda mucho todavía, pero esta marea feminista, verde, violeta y multicolor, ya es imparable.

¿Escuchan ese ruido allá afuera? Es el patriarcado cayendo. Que sea ley.

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