Es una de las referentes del movimiento de mujeres de Santa Fe. En una larga charla con Pausa, nos cuenta su historia.

“Me encantó que en el pañuelazo del Puente Colgante no me conociera nadie”, dice Mabel Busaniche, entre risas. Una de las referentes más grande del movimiento de mujeres de Santa Fe encuentra en ese anonimato parte de la fuerza de esta oleada feminista: la gran participación de las jóvenes. “Y en Buenos Aires, el día de la media sanción, me sacaron tantas fotos…era un dinosaurio entre tantas jóvenes”.

Mabel, que cumple 73 años en pocos días, nos recibe en su casa con dos pañuelos verdes sobre la silla. “Este es el que uso siempre, es el primero, que siempre se pierde y lo vuelvo a encontrar”, dice mientras muestra ese pedazo de tela que, a diferencia de los pañuelos de hoy, es más parecido a una chalina y tiene unas cuentitas de madera en los flecos de los extremos. Un trabajo muy artesanal que, 13 años atrás, se podía hacer para cubrir la demanda de las fundadoras de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, pero que hoy sería difícil de realizar para cubrir las ansias de las nuevas generación por portar ese símbolo de lucha y liberación.

Buscando la mejor luz para hacer las fotos que ilustran esta entrevista, Mabel nos muestra su casa y sus tesoros: recuerdos milenarios que trajo de Perú y una habitación colmada de libros, documentos y cartas. “Estamos organizando el material que tenía Pepe de los Sacerdotes para el Tercer Mundo, porque tengo la casa en venta y no me puedo llevar todo esto”, cuenta, recordando por primera vez en la tarde a José “Pepe” Serra, ex cura que formó parte de ese movimiento, su esposo y padre de sus dos hijes, quien murió hace dos años. “Pero esa biblioteca de ahí no, es mi biblioteca feminista, esa no se toca”.

De la biblioteca del rincón, y de la mesa donde se acumulan papeles, Mabel nos muestra unos cuadernillos que armó durante su trabajo en el exilio: cómics donde se reinterpretaban los textos bíblicos, despojando algunas historias de sus ribetes milagrosos, acercándolas a la vida de la gente común.

Una iglesia para los pobres, con los pies en la tierra, lejos de ese Vaticano con cúpulas de oro y estructuras de poder capitalistas y misóginas. Religión y feminismo, una combinación extraña que Mabel conoce muy bien.

—¿De dónde sale esta Mabel militante?

—Me crié en un ambiente de muchas posibilidades, donde todo lo que quería lo podía tener. Fui al colegio del Calvario en su mejor época. Yo era muy rebelde, pero había unas monjas muy interesantes y estaba el padre Catena, que hacían de las rebeldes un cierto liderazgo y tenían una perspectiva muy cristiana del amor al más necesitado.

Al finalizar el secundario, Mabel decidió tomarse un año sabático en Europa, pero un llamado desde el Calvario, la hizo volver. “Una monja me llamó para que sea maestra en el colegio y Catena para trabajar en el barrio. Pero no me dió el cuero para eso, así que me quedé dando clases y fui catequista laica durante 10 años. Ahí me empieza a picar eso de querer cambiar la Iglesia, entonces me meto en Acción Católica”.

Eran los años posteriores al Concilio Vaticano II, un momento en el cual la Iglesia Católica pareció encaminarse a una renovación que, finalmente, no se dio, pero desde el cual nació el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), con una fuerte impronta y participación política y social.

En ese contexto, Mabel comenzó su militancia juvenil en Acción Católica y rápidamente llegó a las instancias superiores. “A fines de los años 60 me metí en el sindicato docente con todo, desde el Magisterio Católico, donde Pepe era el asesor. Ahí nos conocimos”.

Bautismo chileno

Por su trabajo y militancia, Mabel consiguió una beca de Cristianos por el Socialismo para estudiar cuatro meses en Chile, junto a una compañera. Llegó a Santiago el 7 de septiembre de 1973. “El 11 estaba saliendo para el día de la apertura del encuentro y me agarra el golpe en la calle. Estuve escondida, cubriéndome porque pasaban los aviones, no sabía cómo volver a la casa porque no conocía nada. Era un escenario como el de la inundación acá, toda la gente caminando por las calles sin saber a dónde ir”.

En la casa donde se alojaba había otros tres latinoamericanos, de los cuales uno no volvió nunca más después de ese día. “Yo siento que fue mi primera experiencia grande de politización. Y de miedo. Muy fuerte. No sabíamos qué hacer. Los vecinos sacaban las mesas afuera, festejaban el golpe y que Allende estaba muerto. Nuestras familias se enteraron después de 15 días de que estábamos vivos”.

Foto: Gabriela Carvalho.

Mabel va relatando sus recuerdos y hace silencios, dice que hacia mucho que no pensaba en Chile, en esos días. En las salidas de noche a buscar comida, en que conoció a los Parra antes del golpe, en los cadáveres al costado de las rutas, en la osadía de burlar la guardia de la embajada para hacer entrar compañeros. “Ahí me di cuenta de que podía hacer cualquier cosa. Chile fue un bautismo de compromiso total para mi”.

El amor y el exilio

La vuelta a la Argentina fue por poco tiempo, pero de mucha intensidad. Mabel despuntó su vicio por el teatro y el canto formando parte del elenco de Doña Disparate y Bambuco, una obra del universo de María Elena Walsh. “Estuvimos en varios teatros en Buenos Aires. Yo viví ahí y Pepe, que iba todas las semanas a Capital por sus cosas, pasaba siempre a verme. Mi madre no entendía nada”, cuenta entre risas.

“Cuando volví a Argentina, el Pepe me estaba esperando. Fue muy simpático… porque sin hablar nada, ya nos habíamos mandado tantas cartas y cosas…”. Serra todavía era cura, pero su amor por Mabel fue más fuerte.

—¿Ahí blanquearon?

—Sí, y a los seis meses nos casamos. Antes de eso le mandó al Vaticano la nota para pedir el estado laical. Él me decía: “¿Vos querés que te echen? Decí que estas con el socialismo”. Entonces escribió una nota diciendo eso y a los tres meses le llegó la respuesta, no lo querían más. Por mi familia yo me tenía que casar, era demasiado sino, pobres viejos…encima nos casamos en Salta, de acá salieron dos colectivos con gente, se paró la universidad -donde Pepe era rector-, de todo. Nos casamos en octubre del 74 y en marzo del 75 ya nos fuimos a Lima.

Entre esos meses, Mabel recuerda que estuvieron escondiéndose en diferentes ciudades del país porque a Pepe lo buscaban. Cada uno por su lado, ella ya embarazada, se fueron a Perú. “Y ahí conocí el feminismo”, dice con una sonrisa amplia.

Locura feminista

En 1975 se realizó en México la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, donde los estados, en el ámbito de Naciones Unidas, comenzaron a pensar en políticas y acciones tendientes a garantizar los derechos de las mujeres. “Ahí empezaron a llegar fondos a la organización en la que yo estaba trabajando pero en la parte de teología. Yo las miraba medio de costado, decía ‘eso es para las que no les pasa nada en la vida, si yo estoy bien con mi marido’, tenía esa idea sobre el tema”.

Pero una serie de hechos le hicieron cambiar sus perspectiva sobre lo que estaba comenzando a suceder. “Se hace en Perú el segundo Encuentro Feminista Latinoamericano, y yo voy porque me pidieron que ayudara. Y me encontré con algo tan extraño… había muchas europeas, muy feministas, con sus hijos encima, subidas en los árboles sacando fotos, todas libres, hacía mucho calor así que hacían topless, y yo decía ‘¿Qué pasa? ¿qué locura es ésta?’. Terminé compartiendo cabaña con dos parejas de lesbianas. Todo eso era muy desconocido para mi, muy nuevo, impactante”.

Foto: Gabriela Carvalho.

Perú fue todo descubrimiento para Mabel y las cholas, con su feminismo popular, tuvieron mucho que ver con eso. “Un día voy a una barriada y me empiezan a mostrar cómo trabajaban con las mujeres. Entre otras cosas, me muestran una pequeña casillita donde había una cama, una mesita de luz y una caja de primeros auxilios. Me dicen: ‘Acá nosotras traemos a las que las maltratan. Les damos un silbato a cada una y cuando a la noche uno suena, sabemos quién es y vamos a sacarla de ahí’. Eso me hizo un click, dije por acá va la historia”.

Feminismo local

En el 85 la familia Serra-Busaniche volvió a Argentina y fundó Acción Educativa, desde allí comenzaron a caminar los barrios de la ciudad siempre ligados a la educación popular. “En Argentina recién se empezó a hablar de género en los 90, antes nada. Nosotros metimos una lámina, para trabajar con las mujeres de los barrios los roles y fue un escándalo. Yo tenía miedo de que el feminismo que naciera acá fuera muy burgués. En la foto del primer Encuentro Nacional de Mujeres, que se hace en Buenos Aires, eran todas mujeres con tapados de piel”.

En el segundo encuentro, que se realizó en Córdoba, Mabel se encuentra con una compañera de Buenos Aires y juntas comienzan a organizar la formación de mujeres populares para llegar al encuentro del año siguiente en Mendoza. “Hicimos desde Santa Fe una búsqueda de ONGs que trabajan en educación popular, de Córdoba, Chaco, Mendoza. Formamos la mesa de Mujeres de Confluencia, 21 educadoras con la meta de trabajar en los barrios con mujeres y llegar al ENM. Entonces a Mendoza llevamos a las mujeres que estábamos alfabetizando. Fue una experiencias increíble, para nosotras y para ellas”.

La lucha hoy

Como tantas otras feministas que estuvieron en el comienzo de los encuentros, en las estrategias para la aprobación de leyes como la de Salud Sexual y Procreación Responsable, en la lucha por la Educación Sexual Integral, en el comienzo de la Campaña por el derecho al aborto, Mabel dice que ni en sueños hubiera imaginado la instancia en la que el tema está hoy, en el Congreso y en la sociedad.

Su testimonio de implementación de la ESI en la provincia, donde fundó  -junto a Fernanda Pagura- el equipo que hoy continúa ese trabajo, la llevó a ser parte de este momento histórico dando cuenta en el Senado de la experiencia santafesina. “La educación, que ahora todos dicen que es lo que salva esta situación, no es mágica. La educación puede romper el andamiaje del status quo, pero hay que darle continuidad, y esta gestión ha desmantelado el equipo a nivel nacional, sin eso falta lo nodal”.

Mabel recuerda el momento en el que comenzaron junto a Pagura a recorrer las escuelas de la provincia capacitando a las y los docentes. “La forma en que nos recibían en las escuelas era muy fea, había un rechazo muy grande por parte de la docencia, provocábamos malestar. Lo mismo en las capacitaciones con directivos y supervisores. Era muy desafiante, porque siempre la educación en este sentido fue biologicista, la daban los profesores de biología y, en primavera, porque las hormonas se alborotaban, decían, llamaban a un médico para que les enseñe a cuidarse y listo”.

—¿Y se ven cambios después de 10 años?

—Si, hoy en las escuelas es otro el humor, la aceptación, piden un poco más la ESI. A mi me pasaba que en las charlas hablaba de violencia y veía las caras de algunas docentes que mostraban que eso les estaba pasando a ellas, que eran violentadas. Entonces me acercaba y hablábamos. Esas cosas ahora ya no pasan, estas mujeres ya tienen más herramientas, saben a dónde recurrir, hay protocolos para atender estas situaciones. Y se ha avanzado mucho también en el cambio hacia el interior de las docentes, que sienten que les cambió también la vida, que es lo que pasa cuando te metes en esto de la perspectiva de género, te cambia a vos y vas más allá de que tenés que dar ESI, pasa a tener que ver con una transformación personal.

Mabel no arriesga un resultado de la votación del 8, pero avisa: “Las feministas siempre hemos estado en la implementación de las leyes, así que si se gana hay que meterse en el Estado, aunque sea como apoyo, monitoreando, bancando a quienes se la jueguen”.

Foto: Gabriela Carvalho.

En su lectura de este proceso y de las proyecciones hacia adelante, Mabel es contundente: “Este siglo es el siglo de las mujeres. Pero también es un siglo donde las dialécticas van a volver duro con nosotras… La cultura patriarcal no se cambia con un siglo, y más con este sistema capitalista, donde los varones están absolutamente desfasados sin los poderes que tenían, entonces tienen que matar. Pero vamos hacia eso, es un momento histórico muy interesante para las jóvenes, donde tendrán que ver cómo concebir un movimiento de masas pero con organización, creo que ese es el desafío”.

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