Dijeron que si la violación provenía de un padre, hermano o tío no era algo tan violento. Dijeron que a las mujeres embarazadas hay que regalarles plantas. Dijeron que ni siquiera habían leído el proyecto. Dijeron que agradecían a la Iglesia porque eran católicos, apostólicos y romanos. Dijeron que a las mujeres había que comprenderlas y acompañarlas, “pero de ahí a libre, gratuito… no, querido”.

Durante casi 15 horas estos fueron los “argumentos” que los 38 senadores y senadoras que votaron en contra de aprobar el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo esgrimieron para fundamentar que hoy nada cambie en el país, para no dar respuestas a una realidad que les grita en la cara aunque no la quieran ver: cada minuto y medio una mujer se realiza un aborto en Argentina; en la clandestinidad, con riesgos y estigmatizada.

Quienes se embanderaron de ese nacionalismo rancio y facista, con Bandera Vecinal a la cabeza, y dijeron estar luchando por “salvar las dos vidas”, se fueron del Congreso sonriendo, celebrando, tirando fuegos artificiales. Sabemos quienes son, porque son pocos. Se fueron sonriendo a dormir y mañana seguirán su vida. Acá termina su militancia hasta la próxima lucha por la conquista de derechos a la que deban salir a oponerse.

Del lado verde de la plaza, el resultado de la votación llegó sin mayores sorpresas. Millones de niñas, adolescentes y jóvenes, mujeres de todas las edades, clases sociales y provincias, llegaron a Buenos Aires este histórico 8 de agosto sabiendo el resultado. Eso no detuvo a nadie, al contrario. La calle fue una fiesta feminista, de fogón y porrón, de purpurina y mates, de choripan y vino.

Querían que las locas del pañuelo verde -nietas de esas otras locas del pañuelo blanco- se dejen de joder y la terminen. La pifiaron. Aún si la ley hubiera salido, estas local no se calman más, no se calman nada.

“Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, cantan las pibas en la calle y es una exacta descripción para este proceso histórico, que va mucho más allá de lo que se vivió hoy en el Senado, pero que fue una muestra clara de eso. Esos señores feudales, esas señoras bañadas en agua bendita, tienen miedo. Miedo a las mujeres sin miedo, a las mujeres que gozan, que ya no piden permiso ni perdón ni por favor. Miedo a las mujeres tomando las riendas de sus vidas, de sus cuerpos, de la historia.

Hoy perdimos la oportunidad de amanecer en un país más justo e igualitario, como en aquella madrugada del 15 de julio de 2010. Hoy las mujeres seguirán abortando, muchas con temor a represalias, con miedo a morir; pero muchas otras, también, lo harán con las socorristas al lado, en hospitales y centros de salud con profesionales que las acompañarán, con amigas o familia con quienes ahora pueden contar y contarles.

Si algo si cambió en esta Argentina de hoy, es eso: el aborto ya no es un tabú, es en muchos casos un símbolo de libertad, y así comienza a entenderse y sentirse. Libertad de decidir, de planificar, de elegir como vivir.

Las millones de pibas y mujeres en las calles, no muestran ninguna imagen de derrota. Entre bailes, brillos y abrazos, acá no se rinde nadie. Las calles son nuestras, también lo será todo lo demás.

Fotos: Mauricio Centurión y Juan Bordas

 

Sin comentarios

Enviar comentario