Leo Mattioli, mítica voz de la cumbia santafesina, en agosto cumpliría 48 años.

Apenas entrada la década del 80 había un pibe de barrio Centenario al que se lo reconocía por cantar subido a los árboles, que interpretaba “Pinocho malherido” llorando, que terminó el primario e hizo apenas una semana del secundario porque prefería trabajar. Se cuenta también que paseaba por las esquinas del barrio con su guitarra, que alguna vez se la sacaron y se la partieron en pedazos, pero que insistió llevándola hasta cuando caía internado, siendo ya ídolo.

Leonardo Guillermo se crió con María Isabel, su mamá, sus hermanas Laura y Marta y con las deudas que había dejado papá, ese que íbamos a conocer años después en sus canciones: “Muchas veces maldije/A Dios por haberme arrancado/Desde muy chico a mi papito”. Es dificilísimo, sino imposible, decir cosas sobre la música de Leo sin hablar de los momentos importantes de su vida. Él lo repetía en cada entrevista: su música era testimonial, “son mis vivencias”.

A los 15 jugaba al romance con mujeres de 40, cuando tenía 18 tuvo un accidente de tránsito mientras trabajaba por la que tuvieron que “vaciarlo” para operarle la pelvis. A los 20 ya era padre y frontman de Grupo Trinidad, a los 27 se decidió a largarse como solista y tuvo un segundo accidente gravísimo, que lo dejó en terapia intensiva unas semanas y en rehabilitación unos meses: “Cuando me dijeron que no iba a caminar más, me dije ‘qué no voy a levantarme’ y al otro día me paré y fui hasta la cocina”. Pisando los 30 ya planificaba su retiro, que llegó forzosamente apenas ocho años después con su muerte en la habitación 311 del Hotel Gala de Necochea, siendo uno de los músicos más populares del momento en el país.

Llegar al corazón

“Yo vivo del amor”, decía él. Su modelo fue el del romanticismo de la vieja escuela, no por nada surgió de Trinidad, el grupo insignia de la cumbia romántica y hasta erótica, por qué no. Sería injusto tratar de aplicarle los filtros del 2020 a lo publicado hace 20 años por un hombre criado hace 50, no podemos pedir una corrección retroactiva a artistas que ya no están. No da.

Dicho esto: alrededor suyo se consolidó un aura de idolatría, ese sentimiento inexplicable que todes sentimos alguna vez. Si tuviéramos que arriesgar razones, tanto su familia, como sus músicos y su público pueden coincidir en que entregó todo de sí, puso su cuerpo, expuso su vida, colaboró con cantantes que recién estaban surgiendo, hasta produjo discos “sin pedir nada a cambio”.

Si podemos decir que la música fue su vehículo, podemos decir también que su familia fue el motor y las cosas que le pasaron en la vida, su combustible: “Está todo dicho sobre lo mío, no tengo más a qué cantarle (…) Ya le canté a mis hijos, a mi viejo, a mi vieja, a mis amantes, a mis seres queridos.” Esto lo dijo mientras presentaba Ese soy yo (2001), su segundo disco solista de estudio.

En esa misma época su adicción a la morfina se disparaba junto con sus dolores de cadera y su fama. Esos dos palos fuertísimos, el promedio de cinco atados de pucho diarios (que dijo haber moderado a dos, sin intención de dejar) y los casi diez shows por noche lo consumieron rapidísimo, como a cualquiera: “Llegué a tocar 40 días sin parar haciendo giras por todos lados. Y así quede, con golpes de presión, estrés y todas esas cosas”.

Contigo me gusta

En el primer disco que Leo grabó para Trinidad (La gran tentación, 1994), se complica un poco reconocer su voz. La tradición del grupo implicaba, aparte de las letras románticas, un estilo que combinaba largos pasajes de acordeones y guitarras, mientras que el tumbao del bajo apuraba al cantante para que ningún verso quede afuera. Este sonido, más fiel a la cumbia centroamericana y a la conga, se mantuvo todavía en Un ratito (1996).

Grupo Trinidad ensayando en un patio, canta Leo Mattioli.
Leo ensayando con Grupo Trinidad, donde cantó entre 1992 y 1999. Al lado suyo, el bajista y fundador de Trinidad, Mario Álvarez.

Ya en Más románticos que nunca (1997), un León de 25 años logra marcar su pulso y conversar mano a mano con el acordeón: el disco abre con “Tu mujer en mis manos” y “Conmigo te gustó”, canciones que bailamos (quienes nacimos en los 90) al mismo tiempo que jugábamos a la escondida en los cumpleañitos.

El apellido Mattioli ganaba peso y, de ahí, iba a ser todo para arriba.

Un poco menos apurado, más dulce y susurrado, Leo ya tenía su personalidad como intérprete de las letras que, en ese momento, escribía casi exclusivamente Juan Claudio Mikucauskas, que tocaba el octapad. Los discos seguían saliendo y Trinidad estaba cada vez más a la medida de su cantante, que imprimía la garantía del éxito y llevó al grupo a jugar en primera.

Ese es el secreto

Buscando en YouTube es común encontrar a muchos grupos de cumbia ensayando de forma muy casera, en cocheras o patios. Tiene que ver con el espíritu con el que se forman; a veces como consecuencia de un asado familiar o de amigos, las circunstancias amateurs no significan una mala calidad: Grupo Cali o Trinidad mismo son prueba de esto, en vivo sonaban espectacularmente. Pero cuando Leo se hizo solista no se manejó así.

Despido de representantes ventajeros mediante, la familia Mattioli fue la conductora de la empresa. Más precisamente Marina Rosas, la madre de sus seis hijos, se encargó de llevar su agenda y en poco tiempo pudieron construir su casa propia (“La diseñé yo a mano, en un papel, pieza por pieza”, se enorgullecía Leo) y más: su propio estudio de grabación en casa.

“Un homenaje al cielo” (2000) es uno de los discos más conocidos de su etapa solista.

Amén de esto, en toda su trayectoria solista (que coincidieron con los años más difíciles de su vida, los últimos) quería hacer de todo, aunque el cuerpo no le dé: versionó a Sandro (con la bendición del Gitano), acompañó de la mano en sus inicios a Dalila, Karina, Mario Luis y tantos otros. En 2010 quiso formar una orquesta cordobesa para explorar el cuarteto, quería aprender a tocar el arpa y ponerse a “estudiar” para escribir un libro con historias de amor. Dos semanas antes de morir, entrevistado por Kuarteto.com, dijo: “Yo estoy dispuesto, a donde sea que les caiga bien, a subirme a un escenario o a grabar con cualquiera”, con una humildad que desarma a quien sea. Unas imágenes previas a su último show lo muestran recibiendo a El Polaco, al que le ofrecía su número de teléfono.

También era celoso de su obra, y lo bien que hacía, cuando tenía que elegir dónde hacer prensa y dónde no: “Cuando llevaban a lo de Tinelli grupos bailanteros, lo rechacé, porque ahí se burlan de todos, ¿cómo no se iban a burlar de mi? y eso que yo soy re fanático, no me pierdo un programa. Pero es parte de su show y lo entiendo. Los temas que compongo y que canto son historias mías, y me daría no sé qué que me den vuelta la letra o que se burlen”, dijo en Gente en 2008.

Gracias por volver

Su primer disco, Un homenaje al cielo (2000), salió inmediatamente después de aquel accidente en el que dos de sus amigos y compañeros que lo habían seguido desde Trinidad, Sergio Reyes (tecladista) y Darío Bevegni (acordeonista), murieron. El cuarto pasajero era Mikucauskas.

La cercanía con la muerte, el dolor que llevaba en su cuerpo y más adentro también, lo dejaron en jaque en el proceso previo al disco: “Había decidido dejarme morir. Estaba en tratamiento médico, pero no me podía mover. Ya nadie podía hacer nada por mí. No escuchaba a la gente. Por ahí me hablaban, pero no les daba bola. Se juntó todo, el cansancio, el estrés, la depresión, los calmantes que no podía dejar de tomar. Un día, llegué a un punto límite. Estaba solo, sucio, tirado en la cama, y de pronto vi las fotos de mis viejos y de mis hijos. Y lloré. Fue como que me reventó la llaga que tenía adentro. Entonces dije: ‘Si mañana me levanto bien, cambia mi vida’. Me levante bien, gracias a Dios, y volví de la muerte, porque si me levantaba mal, hoy no estaba con ustedes. Voy a empezar de nuevo”, contó en una entrevista en Paparazzi en el 2000. Lo canta literal en “Me preocupa sin tí”: “A veces ni mi rostro tengo ganas de afeitar/Este oficio de cantante no sé cuánto va a durarme”.

Los 42 minutos 19 segundos de este álbum son fuera de serie, premonitorio nivel testamento. Parece como si hubiera anotado todo lo que vio mientras flotaba en el limbo del coma post choque en la ruta. En “Le pido a Dios”, se expone la cumbia romántica que no trata sobre parejas mejor hecha hasta el momento: hablándole al Barba para que no lo aleje tan temprano de sus hijos (como le pasó a él con su papá). La cuarta canción, “Es imposible volar al cielo”, en tributo a Reyes y Bevegni, también toca la fibra: “Es domingo y estás/Llorando bajo la cruz/Recordándolo a aquel/Que amabas tanto y hoy no está”.

Leo Mattioli cumpliría este 13 de agosto apenas 48 años. No sabemos si su salud lo hubiera dejado seguir actuando o si a esta altura estaríamos hablando de un artista retirado, como él mismo decía estar planeando. Lo sabido es su escalada mediática, la timidez almorzando con Mirtha y el beboteo a Susana; que crió a su hijo arriba de los escenarios aunque le cantaba que no se cuelgue con la guitarra (de contradicciones estamos hechos, vieron).

En estos días seguramente va a ser tendencia en redes, se pasará el capítulo alusivo de Vidas paralelas o habrá algún homenaje en Pasión de sábado. ¿Conoceremos alguna anécdota inédita suya? A lo mejor alguna foto. Lo seguro es que en algún momento, por él, por ella o porque sí, una sensación nos va a invadir, capaz algo como un impulso incontenible de tirar al aire un «ay, amor».

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