Un nuevo sistema de partidos parece instalarse. La UCR se disuelve en un partido de derecha, que es el macrismo y que se presenta como tal sin disfraz alguno. El justicialismo renace otra vez, con un nuevo mito para un nuevo tiempo.

Néstor Kirchner solía repetir que el sistema de partidos políticos de Argentina tenía que ordenarse sobre el espectro de derecha e izquierda, conservadurismo y progresismo, si se quiere, antes que por la oposición tradicional entre peronismo y radicalismo. La elección que acaba de pasar termina de dar prueba de esa transformación. El sistema político nacido en 1983 es hoy completamente otro y, puede decirse, recién con esta nueva crisis general y su saldo en votos cuaja un nuevo modelo de referencias partidarias.

Casi el 90% de los votos se centrifugó por una opción más a la izquierda y otra más a la derecha. La primera es mayoritariamente justicialista, pero contiene importantes fracciones progresistas. La segunda es macrista, el rótulo en el cual se disolvió la UCR. El resto apenas sirve para dar testimonio de cómo el conflicto por qué capitalismo y qué Estado debe tener la Argentina tiene cada vez más claras y definidas las trincheras. Siendo ambos extractivos de granos y minerales, la diferencia específica se traza entre un modelo puramente rentístico (financiero, rural y de servicios) de subordinación a Estados Unidos o un modelo de apoyo a la producción industrial y el consumo interno con articulaciones internacionales multipolares, que mira sin temor hacia China o Rusia y que busca alianzas del río Bravo para el sur.

Se desvanece en el aire

La declinación de la Unión Cívica Radical después del 2001 parece no tener fin. Su última postulación relevante ocurrió en 2011, cuando Ricardo Alfonsín obtuvo el 11% de los votos y un tercer puesto en las presidenciales. Su vice era el actual vaciador del Banco Nación, Javier González Fraga. En 2015 fueron a interna en Cambiemos, de manera testimonial. Ernesto Sanz lideró esa fórmula destinada a perder contra Mauricio Macri. El bloguero y vaciador del Banco Central, Lucas Llach, era el precandidato a vice.

En 2019, la UCR no llevó a nadie a las presidenciales y tuvo que tragarse a Micky Pichetto, un peronista, de candidato a vice. Sostuvo las gobernaciones y capitales de Jujuy y Mendoza, retuvo Corrientes en 2017, pero perdió siete capitales: por orden de importancia, Córdoba, Santa Fe, Paraná, Neuquén, Santa Rosa, Viedma, Río Gallegos. Casi todas quedaron en manos del justicialismo.

La retracción contrasta con el resultado de PRO en sus ciudades importantes. Pese a perder varios distritos del Conurbano, y retener otros tantos, ganó por goleada en la Ciudad de Buenos Aires, y triunfó otra vez en Mar del Plata, La Plata y Bahía Blanca.

¿Está disolviéndose la UCR dentro de Cambiemos? La respuesta a esa pregunta ya se dio en 2015, ahora arranca un nuevo capítulo a partir de la interna que sufre cualquier partido derrotado. La caracterización histórica de la UCR se ajusta hoy mucho mejor a los rasgos que asumen como propios los seguidores de Mauricio Macri. El partido de clases medias aspiracionales, profesionales liberales y campesinos prósperos es hoy Cambiemos, que además es mucho más que eso.

Soy de derecha

Hasta 2019, la presentación de propuestas neoliberales y coloniales siempre necesitó de una máscara para incautos; los postulados de la mano dura eran comunes a parte de los justicialistas y radicales, no tanto el abierto cuestionamiento y repudio a las políticas de memoria, verdad y justicia; el rechazo a los pobres y sus organizaciones eran moneda corriente en la conversación privada, no en la superficie del discurso público. En estas elecciones la derecha hizo su campaña sin ningún tipo de bozal, vergüenza, disimulo o disfraz. El 40% que votó Cambiemos –más todavía el 32% de las primarias– eligió, por primera vez en la historia de la democracia argentina, a un partido bien de derecha, clasista, conservador, celeste.

El radicalismo se ha disuelto en esa corriente, que es mucho más que un nuevo avatar antiperonista. La suma de las opciones de la ultra derecha, anarcocapitalista o católico militar, muestra que el 43% del electorado argentino cree firmemente en que hay un enemigo interno a eliminar, el mayor obstáculo del destino de la patria, cuyo fenotipo se resume en el término “choriplanero”.

El corte clasista también es un eco de la (no tan) nueva estructura económica transgénica. El macrismo gana donde la renta triunfa y pierde donde el trabajo y la producción industrial están colapsadas. No hay que equivocarse con la victoria en los centros urbanos: Santa Fe, Córdoba y la Capital Federal son el centro nervioso de la vida rural y de la timba financiera. La franja amarilla que atraviesa al país, mirada con más precisión, se ajusta sólo a los departamentos de la producción agropecuaria, incluyendo los del interior de Buenos Aires. Y la Ciudad de Buenos Aires se revela por lo que nunca dejó de ser: el puerto de un país cuyas mayores exportaciones relativas son granos y carnes, la ciudad cuyo mayor evento empresarial anual es hacer pasear vacas y toros delante de una recoleta concurrencia que se disfraza con ropa Cardón para abuchear presidentes populares y vitorear ajustadores, sean dictadores o demócratas.

En 1989 fue el salariazo y la revolución productiva, en 2015 la pobreza cero, la unión de los argentinos y la revolución de la alegría. En 2019 fueron los gritos de “Este es nuestro país”, dejando en claro que la patria nunca es el otro y que está en perpetua disputa “el alma de los argentinos”, al decir de Marcos Peña.

El pobre, animalito negro e inferior, holgazán o criminal, representa el fracaso de toda la sociedad. Con ese apotegma como base se explica por qué después de la más formidable crisis, el macrismo retiene semejante caudal de votos. La herencia de despilfarro fue demasiada, el peso de mantener a los vagos es un lastre que no permite avanzar, las dificultades económicas son un mal perenne de una nueva edición de la república perdida, la seguridad urbana se tramita a puro Chocobar.

Partido kirchnerista

El segmento más significativo de los discursos de la victoria del Frente de Todos quedó en boca de CFK: “Por favor, les voy a pedir a todos los integrantes del campo popular que nunca más se rompa la unidad”, dijo la estratega del triunfo.

Nunca el justicialismo logró una candidatura con tanto consenso interno, nunca el justicialismo tramitó una sucesión de liderazgos como lo hizo en 2019. Esas dos novedades en la historia institucional del partido deben subrayarse. ¿Quiere decir que de ahora en más esos cambios internos seguirán teniendo la misma fluidez y orden? No necesariamente. Para el caso, el justicialismo de la democracia, derrotado en 1983, tuvo luego sus modernas internas presidenciales –Cafiero versus Menem–, que nunca se volvieron a repetir.

Tras la muerte de Perón, el justicialismo como partido fue un estallido de liderazgos, convulsionado en una perpetua fragmentación. El Grupo de los 8, que devino en la Alianza con De la Rúa, las elecciones de 2003 –una interna a cielo abierto–, el resquebrajamiento posterior al conflicto por el reparto de la renta agraria y la conformación del Frente Renovador dan prueba de las continuas rupturas.

Volvió el Jefe de Gabinete de Néstor, acompañado de Cristina. Volvió el gobernador bonaerense de Néstor, Felipe Solá; ganó en Buenos Aires el ministro más cristinista de todos, Axel Kicillof. Volvió Sergio Massa al redil, hasta Ginés González García volvió de su retiro. De cierto modo volvió Aníbal Ibarra, pero derrotado y en forma de Matías Lammens. Parece que vuelve Florencio Randazzo, volvió la transversalidad con el radical Leandro Santoro a la cabeza. Volvieron los buenos blogueros K de antaño, ya viejos jóvenes de la política, ahora como responsables integrales de la campaña en su estética y su discurso.

Como en 2003, como en 2007, como en 2011, una cosa es el justicialismo de provincias y otra es el justicialismo nacional. Cada provincia tiene su justicialismo vernáculo, con sus propias tradiciones, virtudes y defectos. Pero la articulación nacional corre por otro carril. Y el único carril victorioso para ese justicialismo nacional, desde 2003 a hoy, se llama kirchnerismo. El justicialismo nacional es hoy kirchnerismo, el partido de centro izquierda que su fundador prefiguró, la representación efectiva de trabajadores y empresarios que se conocen entre sí, asalariados y pobres urbanos, Derechos Humanos y Ministerio de Vivienda, Lula Livre y promesa de protocolo para el aborto legal.

Un signo, una marca que sólo se reveló en un momento y un lugar. El domingo, en el búnker capitalino del Frente de Todos, mientras los candidatos festejaban la victoria nacional y bonaerense, la figura central en la pantalla del fondo, arriba, en el centro, era el rostro del Néstor Kirchner. Nunca en la noche del 27 de octubre apareció allí Perón o Evita. Se cantó la marcha, claro, pero la efigie que miraba, desde la altura, era la de Néstor, en el día de la victoria, en el día de su muerte, en el día de la vuelta. El justicialismo de la victoria tiene nuevo mito y nuevo conductor celestial, el peronismo hoy se llama kirchnerismo y eso no quiere decir, ni de lejos, que se le está bajando el precio.

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