Producir para cambiar la realidad

Integrantes del taller Los Señaladores muestran su libro de tela Yo veo por el Jaaukanigás, que fue presentado en agosto.

Los Señaladores es un taller de serigrafía que trabaja con inserción social en Villa Hipódromo.

—En Villa Hipódromo pasan cosas mejores que las que leemos en los noticieros.

Afuera está nublado y la tierra mojada se adivina más allá del portón abierto, donde el viento mece una cortina blanca con estampados artesanales. Las chicas endulzan el mate y la mesa de trabajo –marcada con pintura naranja, verde y amarilla– simula el fuego de la ronda donde se cuentan las historias. Sentados alrededor, Los Señaladores asienten ante la frase de su compañero, Jonatan Córdoba.

Jonatan, serigrafista y vecino del barrio, fue uno de los precursores del Taller Escuela de Serigrafía y Diseño Los Señaladores, que surgió formalmente en 2016. Lo acompañó en la iniciativa Martín Moschen, diseñador gráfico. Hoy ambos son capacitadores, y enseñan la técnica serigráfica a pibes y pibas de Villa Hipódromo. Lo que en un principio fue un proyecto personal de Jonatan –estampar indumentaria para clubes y negocios– se convirtió en una experiencia de enseñanza, aprendizaje y elaboración colectiva. La cochera de la casa de sus padres, en el corazón del barrio, se transformó en taller. “Decidimos poner las herramientas a disposición de quienes quieran aprender, y ahí están, para todos los chicos del barrio” explica el joven.

En el taller aprenden y producen cerca de 30 jóvenes, de entre 17 y 38 años. Con el trabajo se comparten los mates, las tortafritas, las risas, las preguntas. A veces llegan pedidos que generan debates, como cuando les encargaron el estampado de unos pañuelos verdes y apareció la discusión sobre el aborto. Las chicas dicen que no se terminaron de poner de acuerdo sobre si aborto sí o no, pero que en ese momento surgió la idea de hacer una charla sobre educación sexual. “Muchos no sabían las enfermedades, nos enteramos ese día”, dicen Aixa Córdoba y Karen Carabajal, integrantes de Los Señaladores. 

También nacen proyectos. Romina Celiz y Leila Luraschi, por ejemplo, conformaron un emprendimiento cooperativo de costura: Telón de Sueños. “A través del Ingenia presentamos un proyecto de costura y confeccionamos almohadones que imprimimos en el mismo taller. Aprendí serigrafía, diseño y costura, y le fui enseñando a otras chicas”, cuenta Romina, que vende lo que produce en ferias. “Muchos jóvenes que estaban en la calle hoy están en el taller y tienen la posibilidad de aprender lo que es el diseño y la serigrafía”, indica.

Roxana Morel, otra integrante, fue una de las primeras alumnas del taller escuela. Hoy tiene un emprendimiento de serigrafía en su casa. “Mi papá me fabricó la máquina para hacer estampas, y hoy trabajo vendiendo globos personalizados en Facebook. Mi marido también está sin trabajo, así que soy el sostén de mi casa. El taller es un despeje y una salida laboral”, afirma la joven.

El taller comenzó en 2016, a partir de una iniciativa solidaria de un joven del barrio.

Nueva Oportunidad

El taller Los Señaladores es parte del programa Nueva Oportunidad, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. Quince de sus integrantes son becarios. Mientras se debate en la Legislatura la posibilidad de convertir a esa política en una ley que trascienda los gobiernos, Jonatan reclama: “Pedimos a los legisladores que aprueben los proyectos de ley que se van a presentar para que el Nueva Oportunidad siga estando como una política de Estado, que deje de ser una decisión política del gobierno de turno”.

Los Señaladores resaltan el valor del Nueva Oportunidad más allá del cobro de la beca. “Yo lo jodí a Jona como un año: le decía ‘cuando haya cupo, anotame’. Pero no era por la beca, era por el aprendizaje. Las veía a las chicas que imprimían remeras y me interesaba saber el proceso de trabajo” recuerda sonriente Débora Benítez. “Es también por la posibilidad del encuentro” resalta Martín, y cuenta que la próxima instalación eléctrica del taller la realizarán jóvenes que aprenden electricidad en otro barrio, también en el marco del “Nueva”. El anclaje con un programa de gobierno les permite acceder a insumos, a una beca de transporte, y a la posibilidad de tejer redes con vecinos de otros barrios. Por eso hoy reclaman la continuidad a través de una ley.

Cambiar la realidad

Villa Hipódromo está en la margen oeste de la avenida Blas Parera, a la altura del club hípico. Barrio de familias trabajadoras, sus calles angostas forman la geografía del oeste de la ciudad, donde hay que rebuscársela para vivir. En el trabajo diario junto al pulpo serigráfico comenzaron a aflorar las preocupaciones de los jóvenes, y también a imaginarse soluciones posibles.

—Nos sentamos un día a hablar entre todos por la basura que había en la esquina –recuerda Aixa.

“Veíamos la basura y pasábamos porque como lo veíamos todos los días era lo normal. Hasta que un día dijimos ‘esto no puede ser normal’, como tantos otros problemas que nos pasan cotidianamente”, reflexiona Jonatan. Fue el principio de una molestia que se convirtió en acción. “Hablamos con la Municipalidad y con la empresa recolectora. Eso llevó al reclamo de que se hagan otras obras en el barrio” cuenta el joven. Así, por ejemplo, lograron la instalación de un sistema de luz segura para la zona.

“Después hay problemas, como en todos lados, con el tema de la inseguridad, el narcotráfico, la droga”, refieren. “Es la realidad y existe, pero la forma que tenemos es esta: nos encontramos e intentamos cambiar la realidad, hablar con la gente. Falta trabajo, y muchos no encuentran otra salida rápida, y bueno: ‘voy a robar y capaz que como con eso’. No hay que justificarlo, porque no es así. Pero habría que llegar y preguntarles por qué lo hacen”, reflexionan.

La pertenencia a un territorio concreto se convierte en acción cotidiana: cestos de basura para las esquinas, señaladores con los nombres de las calles, fiesta del barrio para compartir con los vecinos. La anécdotas se suceden: el historial de cómo empezaron a cambiar el mundo más inmediato.

—Un Día del Niño salimos a avisarle a los vecinos que ese día íbamos a cortar la calle. Estuvimos como dos o tres días pensando los juegos. Las chicas hicieron tortas, otro grupo hizo la leche. Después colgamos banderines. Fue un trabajo colectivo –describe Jonatan.

—O ese día que hicimos los pollos con todos los vecinos –agrega Aixa entre risas.

—Antes no nos hablábamos pero ese día comimos juntos –asiente su compañero–. Son cosas buenas que pasan, y que nacen de este lugar. La idea es encontrarse con el otro.

El libro

En agosto, Los Señaladores presentaron su primer libro: Yo veo por el Jaaukanigás. Es un texto impreso sobre tela que cosieron las compañeras de Telón de Sueños, e ilustró Ignacio Carranza

El sitio Ramsar Jaaukanigás se ubica en el departamento General Obligado; es un humedal de importancia internacional que contiene cursos de agua con una importante biodiversidad. En su fauna y su flora se inspiraron los jóvenes del taller para diseñar el libro, con dibujos de la fauna autóctona y versos breves, destinados a las primeras infancias.

“Fue una experiencia maravillosa porque implicó que los chicos aprendan de biología, de medioambiente, de ecosistemas. Están informados e interesados en transmitir a sus hijos otros modos de vincularse con la naturaleza, como un patrimonio al que hay que proteger”, expresa Martín.

“Para nosotros fue un desafío, por el nivel de calidad que tenía que tener la impresión. Queremos estar en el mercado y tenemos que ofrecer productos acordes a la competencia” argumenta Jonatan, quien coordinó las impresiones que realizaron sus compañeros. “La idea es generar productos que puedan competir en góndola. Queremos producir y vender” agrega Moschén. El libro puede conseguirse en la librería Del Otro Lado Libros.

Ejemplares del libro de tela «Yo veo por el Jaaukanigás», que se consigue en Del otro lado libros.

Señales

La charla va terminando y a la pregunta por el nombre, Los Señaladores se ríen con complicidad. “Por los señaladores que faltan en las esquinas”, dice Martín, y explica: “Fue un chiste, deriva un poco de Los Simuladores, y quedó. Aparte, si te ponés a pensar, este barrio siempre es señalado desde afuera. Entonces Los Señaladores es la gente del barrio que quiere poner sus propias señales”.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí