A Daniel, Ana, Aldo, Ioia y en ellos a todos los vecinos, talleristas y alumnos que conformaron una realidad que hoy parece un sueño.

Para que se ubique el mundo mundial: Chalet, San Lorenzo y El Arenal son como un triángulo de tierra, arena y aguas servidas entre el Río Salado y un muro invisible pero más sólido que la muralla China y que separa al Este digno y catastrado y el Oeste NBI de la ciudad de Santa Fe, a la vera de la cruz de siempre, de la cruz también invisible que te marca por una acumulación variable pero infamante de exclusiones: a la mayoría por pobre, a muches otres por negres, a algunos por putos o tortas y a todes por portación de barrio.

Ir a laburar y rosquear a Chalet era cosa de lunes a viernes; lo del muro invisible era artística de la radio que armamos con vecinos y pibxs del barrio (¡y aún existe!); lo de la portación de barrio orillero un drama para el Seba Ferreyra que siempre tenía que armar grupos de estudio cruzando Zavalla hacia el Este porque la mugre, el cocoliche y la Banda del Pasillo; lo de puto un gaste alevoso y cotidiano para Nicolás que aprendía con 14 años que marica, pobre y de Santa Rosa era como una acumulación dramática que te dejaba en las comedias de mierda que asolaban la tele y los teatros de revistas: faltaba negro y judío y la carcajada sería estruendosa, las tenías a todas pibe. Pero Nico era rubio y todavía no sabía bien qué creer o a quién querer.

El hecho es que –en síntesis injusta y apretada porque esto no presume de periodismo testimonial– la defensa contra el Salado estaba mocha en el tramo noroeste, que la guita estuvo y se fue, que ni Obeid ni Reutemann hicieron lo que había que hacer para evitar aquel “estrago culposo”.  Que el agua inundó todo el cordón oeste y cruzó el muro invisible para mojarle las patas a los santafesinos con casas lindas y de material consistente, pero sepultó a miles, mató a centenas y dejó en claro que la solidaridad (esa que se materializa en colchones, frazadas, ropa de abrigo, subsidios y fideos secos) es algo que aflora en situaciones excepcionales, inundáticas, terremóticas o pandémicas. Pero que generosidad como componente genético nacional y políticas de estado y justicia social son otras cosas.

Si no lo vieron, si no estuvieron y aún cuando se conduelan y horroricen con las cientos de buenas crónicas y terribles fotos publicadas les cuento que el punto más bajo del Oeste, el último lugar del que el agua se retiró dejando un revuelto de árboles, basura, ratas y juguetes embarrados fue Chalet. Ese barrio y esa Vecinal donde hacíamos de talleristas Dina, Luciano, Yaka y el Trompa González, Vanina y Javier; donde dejaban todo Daniel, Ana, Aldo, la Ioia, Guchi, el Colo, el Nono y Elvira, Coquito y Colotto.

Coquito y Colotto dormían en el entrepiso de la Vecinal, sus esposas e hijos como el resto del barrio: en los techos. Le hacían guardia a la imponente masa de agua sucia que crecía sin parar y mucho más mientras dormían sobre las mesas del apoyo escolar y con los equipos de la radio que habíamos inaugurado en el 2000. “Se me mojó el culo o el pie, no sé qué primero. Hay que sacar esto de acá o perdemos todo”. Que locura, ¿qué carajo era salvarse ahí? Las casas estaban perdidas, los muebles, la heladera, la ropa, las fotos, los compacts de Trinidad, Cali o Los Palmeras, las herramientas, media vecinal (desde el piso hasta casi dos metros maso) y Coco hablaba de salvar la radio. Eso había, miedo, bronca, llanto contenido o desatado, impotencia y perplejidad, cuadrillas para defender lo poco seco y a flote, pero también brazos para remar y sacar gente al bulevar, para reponer el comedero cuando el agua dio changüí y repartir tupperwares y ollas en los techos. Pero también alegría para bailar con algún cumbiazo pasado por agua, para festejar cada cosa que se ponía a salvo como si supiéramos que cada tornillo, cada papel, cada cacerola, cada pelota de vóley, cada micrófono iban a conformar el esqueleto sobre el que íbamos a volver no todos y más pobres, pero mejores (como ahora y para más de un tercio de les argentines, como siempre).

Y habrá que decir que éstas tragedias en toda escala siempre tienen un momento de tensión crítica, emocional y que se expresa entre la observación de pequeñas conductas y el refranero de la resiliencia heroica. Alguien dijo o publicó en 2003 eso de que “de estas inundaciones saldremos planificando una ciudad para todes”… ¿“los santafesinos demostramos que somos derechos y humanos” o algo por el estilo? No podría recordarlo pero creo que no. Sí recuerdo uno de los tantos viajes en bondi desde Santo Tomé hasta el final del Puente Carretero y este diálogo entre dos pobres pero secos y limpitos, de dorapa y agarrados de la ganchera donde cuelgan los que no tienen con qué pero curten un racismo a prueba de toda realidad material autopercibida: “Viste que les van a dar un subsidio a los negros de Chalet y el Fonavi Centenario para arreglar y construir las casas… ¿y a mí que me rompí el culo para poner ladrillo sobre ladrillo? Pagando mis impuestos, porque éstos no pagaban antes y ahora ¡imagínate! ¡Si vivieron toda la vida en ranchos con cuneta al frente! ¿Para qué?”

Luego había que masticar el ahogo, bajarse y caminar hasta la bajada de Maxiconsumo, subir a la canoa y remar hasta la vecinal o hasta donde hubiera que ir para dar una mano, tiempo suficiente para asimilar semejante botón de muestra, de odio de clase hacia adentro de la propia clase, de odio desclasado; tiempo suficiente para sopesar si hay un ser nacional capaz de autodefinirse por dos o tres valores, dos o tres mitos unificadores o al menos un puñado de fetiches que no sean el fulbo, el asado y el mate.

En los cinco interminables meses que finalmente pasaron entre fines de mayo de 2003 (cuando el agua comenzó a bajar desde del noroeste) y la vuelta a algo que se parecía a un barrio, a una casa o una Vecinal como la que tuvimos, hubo de todo. Masacre en Puente Avellaneda y Duhalde adelantando elecciones; primarias y un ballotage donde no ganó pero sí un tipo que luego supo como Néstor Kirchner; un gobernador irresponsable y luego senador (hasta hoy inclusive, una parábola patética y extraordinaria que merecería nota aparte) que recorría en moto las defensas perforadas y quedó impune, pese al fallo de la causa, como Carlos Reutemann; un intendente sepultado políticamente que debió haber sido el tercer condenado en la causa penal pero falleció hace dos años sintiéndose un chivo expiatorio; pero mucho más importante: cientos de familias del cordón oeste volvieron obstinada y previsiblemente a reconstruir sus vidas en una zona insegura para siempre. Que se inundaba más de medio metro con lluvias como pasaría en 2007, con los Comités de Crisis y planificación urbana durando lo que la conciencia solidaria del desastre, una año o menos. Seco el barro, repintados los frentes y “pagado” el perjuicio material, a otra cosa.

En un cuento memorable de su infancia filo peronista con padre gorila, Osvaldo Soriano remata un puñado de líneas maravillosas con un “no volví a creer en Perón pero entiendo muy bien porqué otros necesitan hacerlo”. Yo sigo siendo peronista, nunca volví al barrio y a la vecinal de la que me fui en 2007 pero entendí y entiendo porqué muchos (la negra Cabral, Aldo Godoy, el Nono Salaberry, Pamela Sandoval y su familia, la Ioia y Valeria, los Theules, los Saracio de la entusiasta y aguerrida Alba, Paola Díaz y sus niñas que hoy serán adolescentes y la Gringa entre muches otres) necesitaron volver y tal vez sigan allí peleándola con las mismas de siempre, o volviendo para visitar amigos y parientes, sostener instituciones de militancia social o simplemente sufriéndolo a la distancia; porque el barrio y el Oeste en general están prácticamente iguales que antes de 2003, con desagües tapados o inexistentes, basurales a cielo abierto, balas perdidas y ecosistemas miserables incluidos.

Y no sólo los entiendo, los admiro como los verdaderos héroes de aquella atrocidad planificada por un puñado de irresponsables con cargo y carnet, y lo siento como se siente aquello en lo que se dejaron varios años de vida bien invertidos, que se añoran para siempre. Porque para ellos el coronavirus es otra más sobre lo mismo de siempre y porque en ellos está –sin refranes ni sesudas proyectivas filosóficas– lo que debiera impulsarnos a seguir, a no cesar en fracasar cada vez mejor, soñando y militando por un mundo mejor para siempre.

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