El dolor de un padre: un puente entre los derechos humanos y la Policía

    Walter Saucedo es policía y su hijo Lautaro fue víctima de gatillo fácil. La cruzada de un padre que quiere ser “un puente entre la sociedad civil y las fuerzas de seguridad”.

    Walter es el papá de Lautaro Saucedo y ha emprendido una cruzada impensada: convertirse en “un puente” entre los organismos de derechos humanos y las fuerzas de seguridad. Lautaro fue víctima de gatillo fácil y el caso irá a juicio en mayo de 2022. “Soy una persona que trabaja como policía, me mataron un hijo y lo mataron en un caso de gatillo fácil. Soy ese nexo que nunca antes se había podido lograr”, cuenta Walter en diálogo con Pausa.

    El 29 de octubre de 2019, el policía Francisco “Tronqui” Olivares asesinó por la espalda a Lautaro Saucedo, de 17 años, en barrio Guadalupe. A sangre fría, sin dar la voz de alto ni identificarse como oficial, en el marco de un servicio de custodia informal e ilegal que brindaba para la empresa Logística del Paraná SRL, Olivares disparó e hirió de muerte a Lautaro.

    El joven había intentado quitarle una bolsa a una señora mayor. La señora se resistió y Lautaro no concretó el delito. Cuando se estaba yendo, la mujer lo llamó y le regaló un dinero. La escena, que se puede ver en los videos de las cámaras de seguridad de un domicilio, parece más una travesura que un hecho delictivo. No hay violencia, ninguna persona resultó dañada ni privada de sus pertenencias.

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    Cuando el chico se alejó, Olivares le disparó a una distancia de 40 metros y la bala impactó en la espalda del adolescente. Lautaro moriría minutos después, desangrado. Cuando el cuerpo yacía en el piso, el uniformado intentó plantar falsa evidencia. Esto fue advertido por los testigos. A partir de aquel día, el policía fue privado de su libertad y hoy espera juicio para mayo de 2022.

    Para Walter, la situación es doblemente dolorosa: además de la terrible pena de perder a uno de sus hijos, existe el agravante de que un colega suyo fue quien lo asesinó. Este caso, a diferencia de otros, es paradigmático porque quién exige justicia también es policía, al igual que el asesino. Walter, a partir de la tragedia que le tocó vivir, tuvo un acercamiento con los organismos de Derechos Humanos. Para él, él es “un puente que estaba roto, entre la parte civil y las fuerzas de seguridad. Porque soy una persona que trabaja como policía, me mataron un hijo y lo mataron en un caso de gatillo fácil. Soy ese nexo que nunca antes se había podido lograr”.

    —¿Podrías explicar en qué consiste ser un puente entre los organismos de derechos humanos y las fuerzas de seguridad?

    —Las primeras personas que se acercaron fueron la Secretaría de Derechos Humanos, acá en Santa Fe. Y ahí dije, bueno, se ve que no es así, que «los derechos humanos solamente están para los delincuentes». Porque yo no era ningún delincuente y mi hijo tampoco era ningún delincuente. Simplemente se le cruzó una estupidez por la cabeza, trató de hacerla, porque no la hizo, y se cruzó con un asesino. Un asesino puede estar uniformado, puede ser un médico, un abogado o cualquier civil. Es un asesino, punto. La única víctima de toda esta situación es mi hijo, que está muerto. Y yo como padre no pude agarrar y decirle, «che por qué hiciste esto». ¿Por qué soy un puente? Porque no había sucedido antes. Porque los uniformados piensan que los derechos humanos son para los delincuentes. Yo estoy para romper este paradigma.

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    —¿Cómo lográs convivir con el dolor de perder a tu hijo y mantenerte firme en el pedido de justicia?

    —Primero porque creo en la Justicia. Si no fuese así, seguramente hubiera actuado de la misma forma en que actuó Olivares: una decisión arbitraria y sin medir consecuencias. Siempre me he mantenido en los parámetros legales. Confío en la Justicia. Aunque por ahí hay ciertas cosas que la desdibujan, pero bueno, más allá de ser un auxiliar de la Justicia, creo en ella más allá de todo lo que la pueda opacar. Luego, creo en Dios. Me aferro mucho a Dios. Y creo que hay un motivo especial de lo sucedido. Y aunque no lo sepa, confío en que Dios es bueno, justo y sabe por qué hace las cosas. Algo que en su debido momento me será revelado. Además tengo el apoyo de la familia, que es muy importante. Pero mi verdadero calvario aparece cuando me acuesto, las pesadillas, y ahí está la contención familiar que realmente ve algo que la mayoría de las personas no ve ni va a ver. Que es realmente la parte oscura, cuando mi parte emocional sale de forma inconsciente.

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