Estamos en tiempos de promesas, acá tiramos un tema acaso menor, pero electoralmente polémico: qué hacemos con las razas agresivas que amenazan, mutilan y matan a niñes y mayores de edad.

Es tiempo de elecciones y la ciudadanía puede aspirar a que los representantes recojan sus reclamos. Aquí hay uno muy módico, razonable, aunque es sabido que puede ser polémico. Tiene los condimentos que la época demanda: proximidad vecinal, indignación y, ha de admitirse, una pizca de punitivismo.

No se trata de la reforma agraria o la reducción de la semana laboral a cuatro días, pero puede generar una polvareda aun mayor, más que nada en una importante cantidad de personas que defienden el legítimo afecto por sus mascotas. El punto es que los seres humanos y sus animales no pueden convivir en una misma comunidad con los perros de raza pitbull y rottweilers. Pitbulls y rottweilers tienen que ser prohibidos.

Varias razas de perros declinaron su existencia en nuestra comunidad por simple decisión del mercado de mascotas. Clásico pichicho familiar, el pekinés poblaba los zaguanes en los barrios. Ni rastro hay hoy de los pekineses. El dóberman, negro y ninja, era sinónimo de perro de seguridad. Hoy apenas se ven algunos. El siberiano de ojos celestes, pobrecito, se puso de moda en los 90 hasta que la empatía triunfó y se dejó de torturar a esos animales preparados para la tundra, no para el verano de 40ºC. Es decir, no se aboga aquí por una matanza masiva y en plaza pública de pitbulls y rottweilers, claro está, sino por una resolución de largo plazo que no puede dar ni el control público por regulación ni la confianza en el cuidado privado.

Afecto y confusión

Tenemos afecto por nuestras mascotas. Esa emoción, en algún punto, obnubila ciertos rasgos evidentes en un tema de salud pública y convivencia comunitaria, como este.

Aun cuando se afirme que no hay nada de genético en esas dos razas de perros –en el resultado de una experimentación genética de selección y eugenesia de varias generaciones, que genera pesadillas evolutivas como el quebradizo salchicha– y que la agresividad de un pitbull o un rottweiler puede ser la misma, o menor, que la de un caniche o un beagle, hay una diferencia taxativa. El pitbull te muerde, traba la mandíbula, te zamarrea y te mata, el caniche te tarasconea tres veces, después le duele la boquita y luego llora.

Démosle la razón a un argumento: los animales no son agresivos de por sí, su conducta es completamente, 100%, resultado de los cuidados que los dueños le hayan dado, o su falta. Respecto de este tema, la posición es débil desde la perspectiva de la vida en comunidad. No sólo la crianza puede fallar, involuntaria e imperceptiblemente, sino que, encima, los perros pueden criarse agresivos adrede.

Esta perspectiva tampoco considera la degeneración en los animales, propia de la edad: un perro de conducta amable puede devenir agresivo. Pero, además, incluso si se tratara del mejor animal del mundo, sigue sin ser lo mismo un rottweiler y un beagle. Si se falló sin querer en la crianza del beagle, o se lo crió para que sea agresivo, o se puso violento e irreconocible con la edad, para el resto de la comunidad humana y animal –pitbulls y rottweilers también gustan de despedazar a otros perros– no representa un peligro mayor.

(¿Conoce usted un dueño de pitbull o rottweiler que haya comprado un animal esa raza por otra razón que no sea su porte, musculatura, mandíbula y parada? Es decir: ¿conoce usted un dueño de un perro de estas razas que no lo haya elegido porque, justamente, es agresivo? Más todavía: ¿por qué seguimos comprando animales de raza en lugar de adoptar perros de cruza?).

Un caniche no es un pitbull y un beagle no es un rottweiler. Por eso podemos poseer legalmente, con registro y control, una carabina de aire comprimido y no una metralleta militar. El potencial daño depende del usuario del arma. Sin embargo, no se confía en que cualquiera pueda tener cualquier arma. Se traza un límite en función de su letalidad: una escopeta de caza, sí y con registro, un cañón de misil antiaéreo, no, jamás. Y en los países donde estas diferencias son borroneadas por un concepto suicida de libertad y propiedad privada, se produce una incomparable epidemia de violencia armada, como en Estados Unidos.

Epidemia de mordidas

El sábado 24 de junio, en barrio Santa Rosa de Lima, un pitbull suelto mordió a una nena y se masticó a su hermana, una beba de 18 meses, que fue rescatada por su abuela, que recibió mordidas en el rostro. Al momento de publicar este texto, la beba está internada en el Hospital de Niños y la mujer está desfigurada. El perro ya había atacado a su dueña, que tiene de recuerdo un corte con 18 puntos. La beba tiene heridas hasta en los pulmones. “Si no la soltaba se la comía, intenté protegerla”, declaró la sacrificada abuela.

Todos los años la misma estúpida noticia, más de una vez al año. Siempre las mismas razas. Ya está largamente probado por la estadística: pitbulls y rottweilers muerden más y matan más.

Baste una mención. El Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) estableció que entre 1979 y 1998 hubo en ese país 238 muertes por mordeduras, el 50% provocadas por pitbulls y rottweilers, que juntos no representan ni el 6% de los perros. Esa cifra se agravó: entre 2005 y 2019, y sólo a partir de recopilación de noticias publicadas, se registraron 521 muertes por mordedura de perros en Estados Unidos, el 76% producidas por esas dos razas.

En 2011, los Annals of Surgery, la más importante revista de medicina del mundo, junto con el British Journal of Medicine, expresaron los datos de forma más lacónica: en Estados Unidos, los pitbulls matan una persona cada 14 días y lesionan a dos personas por día, especialmente niños. Y dicen “Estas razas deben ser reguladas en la misma manera que otras especies peligrosas, como los leopardos”.

¿Le quedan dudas? Vaya y charle con un médico de guardia, a ver qué le dice.

No más frivolidad

Un subterfugio para la sobrevida de estas razas son las regulaciones, generalmente municipales, en las que se cataloga a los animales potencialmente peligrosos, se los registra y a sus dueños, o se impone el uso obligatorio de bozal en la calle. Todas medidas inútiles e inaplicables.

En primer lugar, son inútiles porque buena parte de las mordidas a humanos y animales, letales o no, se producen en ámbitos familiares, entre conocidos. El registro y la orden de bozal sirven ahí de poco. En segundo lugar, el control municipal de uso de bozal es imposible de volver efectivo o, en todo caso, es profundamente desproporcionado desde una perspectiva de costos: ¿cuántos agentes hay que disponer para perseguir a los perreros que no usan bozal o correa?

Se pasea, entonces, orondo, sin problemas, desafiante, el dueño de un pitbull o un rottweiler, por el bulevar. El perro te mira la beba, que le sonríe desde el cochecito, inocente, al pichicho, mientras a vos te tiemblan las piernas delante del otro infeliz que lleva una metralleta de repetición viviente, atada con una correíta, a la vista de todos.

Es prohibición, entonces, en el Concejo Municipal o, tanto mejor, en la Legislatura y para toda la provincia. La venta o regalo de los pitbulls y rottweilers debe ser prohibida; aquellos que están vivos deben ser castrados obligatoriamente, como piso mínimo. No se puede vivir en comunidad con esas razas, tanto como no convivimos con leopardos ni con personas que salgan armadas con metralletas por la calle.

El pekinés envejecía muy feo y enfermizo, el dóberman se taraba rápidamente, el siberiano gemía por una estepa helada que nunca conoció. Por cambio de moda o por piedad, por motivos mucho más banales y mercantiles que la muerte o desfiguración de decenas de niños, esas tres razas no tienen ni remotamente la popularidad de ataño y casi no están más entre nosotros. Que un liberalismo idiota y un animalismo conceptualmente flojo no nos haga lamentar, como sucede todos los años y más de una vez en el año, una nueva internación de una nenita en el Alassia, masticada por ese pitbull tan buenito que, mirá como te lame, como te da besitos toda su vida, hasta matarte.

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