Foto: Télam

Tras inventar una monstruosidad como herencia, Javier Milei no tuvo ningún prurito en hacer lo que hay que hacer: delimitar un adversario y enfrentarlo, sin miedo, con shock y con represión. Repitió hasta el cansancio la fórmula de Margaret Thatcher: no hay otra alternativa. ¿Aguantará su desparpajo los efectos de la motosierra?

Javier Milei le dio una lección al futuro (y también al gobierno saliente): hacer política es elegir un enemigo, y hacerle frente. No se construye poder queriendo quedar bien con todo el mundo. Milei fue explícito y su amenaza cae hoy sobre todos los empleados públicos y las empresas que dependen del Estado. Habrá un ajuste feroz, como consecuencia de una herencia que es compleja, pero que ni de lejos se acerca a la de 1989 o 2001, mucho menos al revoleo de cifras puramente hipotéticas que tiró.

La militancia aplaudió al líder libertario. De cierto modo, late ahí algo de la pandemia. Milei será el ajuste para quienes pudieron cumplir con la cuarentena sin problemas porque tenían todos los meses un depósito bancario con el sueldo estatal. Hoy hay sensación de revancha, lástima que sea suicida.

Cero factos

El gobierno saliente deja una inflación de 140%, una importante deuda en pesos en el Banco Central, que puede ser renegociada permanentemente y desinflada en años y sin consecuencia, poco más de 6% de desocupación, cerca de 45% de pobreza, un dólar oficial que ronda los $400 y uno blue que anda por $1000, un salario promedio en dólares cercano a 340 (en blue), las dos deudas externas (con privados y con el FMI) renegociadas, con una quita importante en el primer caso.

Es una herencia lo suficientemente complicada como para no necesitar inventar monstruos. Sin embargo, el presidente eligió inventar una serie incomprobable de datos para agrandar la crisis. Llegó al extremo de calcular cuál sería hoy el salario en dólares si hubiera continuado la Convertibilidad. Se olvidó del corralito, del 18,3% de desocupación y una pobreza superior al 70% (medida con la vara actual del Indec) que pulverizaron a la criatura menemista.

Foto: Télam.

Como sea, Milei repitió otra vez los siguientes datos inventados:

Primero, el más morboso: Argentina hubiera tenido 30 mil muertos de coronavirus si no se hubiera inmiscuido el Estado. No se puede observar quién hubiera tenido para pagar vacunas o para comprar respiradores o para construir hospitales. De hecho, las empresas productoras de vacunas sólo podían venderle a los Estados nacionales. Fuera de eso, Argentina terminó la pandemia con menos muertos que Perú, Brasil o el Reino Unido, por mencionar tres paraísos liberales durante los tiempos del Covid.

Argentina en el siglo XIX fue la primera potencia mundial. Es muy falso. Una pequeñísima elite –que en todos los textos históricos es llamada "oligarquía terrateniente"– la juntaba tanto en pala que "tiraba manteca al techo" (de esa época es el dicho). El resto comía tierra. El país tenía un desarrollo apenas pastoril, sin ningún tipo de industria básica. Acero, petróleo y energía fueron todos impulsados por el Estado.

Los modelos de economías dirigidas por el Estado han fracasado en todo el mundo. Que vaya a decirle eso a China cuando ruegue porque le habiliten el swap.

El gobierno saliente dejó "plantada" una inflación de un 15.000% anual. La inflación es de 140%. Depende exclusivamente de lo que haga el gobierno entrante si sube o baja. El resto es pura hipótesis.

La economía no crece desde 2011. El PBI en 2011 fue de 710.782 millones de dólares, subió a 721.487 millones en 2015, gracias a CFK. Ahí lo agarró Macri y lo bajó a 693.224 en 2019. Ahí lo agarró Fernández y lo llevó a 735.428 millones en el segundo trimestre de 2023. La economía crece, siempre y cuando no haya ajuste liberal. Todo dato duro.

El trabajo privado registrado no crece y se mantiene en seis millones. Lo mismo: con CFK, entre 2011 y 2015 unas 3671 personas por mes conseguían un trabajo privado; con Macri unas 4867 personas por mes lo perdían; con Fernández, unas 7511 por mes, en promedio, consiguieron un laburo privado en blanco. Todo dato duro.

Argentina se ha vuelto un baño de sangre. El país tiene de los menores índices de homicidio por habitante del mundo. La tasa de homicidios de 4,2 personas cada 100.000 habitantes en 2022, último dato. Es una cifra bajísima. Junto con Chile y Bolivia, está entre las tres mejores de Sudamérica. Está muy por abajo de Uruguay, que suele presentarse como modelo de tranquilidad, pero que posee una tasa de 11,1 homicidios cada 100.000 personas. Ni que hablar de Brasil, con una tasa 22,3. Estados Unidos tiene una tasa de 6,5. Y la tendencia en los últimos años es a la baja.

La comparación entre 1989 y 2001 con este 2023 es delirante. 

En mayo de 1989, cuando se desataron los saqueos –primero, en Rosario, luego en el Gran Buenos Aires y Tucumán, Córdoba y Mendoza– la inflación de ese sólo mes fue de 78,5% y la interanual fue de 764%. El pico nos resulta inimaginable: en marzo de 1990 la inflación interanual fue de 20.265%. Es una cifra real que incluso supera el 15.000% que fabuló el presidente en su discurso.

Para llegar al estallido de 2001 hicieron falta tres años consecutivos en recesión y una tasa de desempleo de dos dígitos fija desde el 12,1% de 1994. 

La lista puede seguir. Como sea, hay acierto estratégico en lo que Milei dice. Toda esa sarta de cifras revoleadas al aire será repetida una y otra vez en los medios afines, replicada luego en las redes como fragmentos y finalmente verbalizada por sus seguidores. Vivimos en el mundo de la información antifáctica. Mejor dicho: los datos son los que a mi se me cantan, incluso si van en contra de mi propia experiencia vital. Podés vivir en un lugar seguro, pero tener miedo a salir a la calle, y quizá a tu negocio le va bien, pero todo está mal.

Es que unir los hilos entre lo que pasa entre la propia biografía y el transcurso de la historia política requiere de un esfuerzo. Pueden estar los restaurantes llenos mientras se dice al mismo tiempo "estamos peor que en 2001". Más esfuerzo requiere aun transmitir esa experiencia. Esta elección, entre otras cosas, debe su resultado a que la amenaza del 2001 quedó demasiado lejos en el pasado.

No importa, ahora la vamos refrescar.

Foto: Télam.

There is no alternative

Margaret Thatcher, la primera dirigente neoliberal elegida por los votos (porque el primero fue el dictador chileno Augusto Pinochet), acuño una frase que hoy fue la más repetida (unas cinco veces) en el discurso de Javier Milei: No hay alternativa. Se agrega: tampoco hay alternativa al ajuste de shock

El enemigo está claro, las herramientas también. Esa es otra lección para el gobierno saliente, que le escapó temeroso al conflicto y al que se le tomó el pulso con la reculada de la estatización de Vicentín. Milei fue explícito: "Un ajuste ordenado que caiga sobre toda la fuerza sobre el Estado y no sobre el sector privado".

(Respecto del sector público como dinamizador del privado en la obra pública, de la dependencia de los privados respecto de los subsidios a las tarifas y de qué van a hacer todas las familias con hijos en edad de estudiar cuando la universidad entre en crisis, andá a saber).

La herramienta es la represión y la amenaza. "El que corta la calle no cobra", dice Milei, después de un largo párrafo sobre la recuperación de las fuerzas de seguridad, que debe leerse como el retorno de la doctrina Chocobar-Nahuel.

Es también una lección para el gobierno saliente y para el futuro. La ultraderecha no tiene pruritos en usar las fuerzas represivas en algunos casos sí y en otros no. Indica la potencia y potestad del Estado. "Aquellos que quieran usar la violencia o la extorsión utilizará todos los resortes del Estado. No vamos a claudicar, no vamos a retroceder, no nos vamos a rendir".

Nos van a cagar a palos.

Sí puede ser de otra forma

Bueno, a tomar nota. A tomar nota de esta época, de cómo una vez más vamos a hundirnos en el sufrimiento, como si fuéramos culpables de haber endeudado y fugado la riqueza, como si los trabajadores tuvieran el cargo de haber perdido su poder adquisitivo.

Miente Milei cuando dice "Prefiero decirles una verdad incómoda antes que una mentira confortable". No tienen por qué ser los trabajadores los que paguen el ajuste; sí hay y hubo otras formas exitosas de salir de situaciones peores que esta. Así lo hizo Portugal (mientras que nosotros seguimos la receta griega), así sucedió en aquellos 12 años a comienzos de siglo, que cada día parecen más lejanos.

Pero, al mismo tiempo, dice una verdad en esa frase Milei: el futuro sufrimiento está todo expuesto. En la cara nos dice que nos va a despedazar. El enfrentamiento es total y no hay cuartel.

Milei está en el pico de su popularidad, pero interpreta mal al 44% que no lo votó. Ese electorado jamás estará de su lado: ¡está tan convencido de su rechazo que le puso la boleta al ministro del 140% de inflación!

El desparpajo funciona cuando viene luego bonanza, sino se vuelve gesto patético. Una cosa es Néstor Kirchner tirándose sobre la multitud a comienzos de siglo, mientras las industrias reabren, el comercio mejora y los salarios recuperan poder adquisitivo. Otra cosa es montar shows de gritos y amenazas creyendo que la gracia va a seguir durando cuando se pudra todo.

A tomar nota, entonces, de esta época. Y a partir de eso, diseñar cómo dar vuelta la taba en 2025, para volver en 2027 y entonces, sí, sin blanduras, arrancar cabezas como racimos de uva en época de vendimia. 

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