
Durante la primera jornada testimonial del juicio Laguna Paiva II testificaron los sobrevivientes a los secuestros y al abandono de persona que sufrieron en 1980 en Esperanza, por parte de grupos de tareas de la Policía Provincial. Todos son de la familia Páez-Medina; cinco tenían entre 6 y 14 años.
En la primera jornada testimonial del juicio Laguna Paiva II se escucharon los testimonios de María Ceferina Páez, de sus hijas María Susana y Ramona Beatriz y de sus hijos Mario, Ramón y Miguel Santiago Medina, que tenían entre 6 y 14 años cuando la patota del D2 secuestró a sus padres. Los imputados son el ex juez Víctor Hermes Brusa y los ex policías Eduardo Enrique Riuli, Oscar Cayetano Valdez y Antonio Parvelotti. Luis Medina, esposo de María Ceferina, falleció antes del juicio Laguna Paiva I.
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Ante el tribunal, María Ceferina Páez relata lo que vivió. El 8 de febrero de 1980 vivía en Esperanza con su marido, Luis Medina, que trabajaba en el campo como alambrador, y sus cinco hijos: Ramona Beatriz, María Susana, Mario, Ramón y Miguel Santiago. Era obrera en la curtiembre Meiners. Todos los días iba a la fábrica en bicicleta. Esa madrugada, mientras se alistaba la ropa de trabajo, golpearon la puerta de su casa. Eran aproximadamente las 4:30 de la madrugada. Afuera, dos hombres le preguntaron si era la hermana de Arnaldo Catalino Páez. Ella asintió. Le dijeron que la tenía que llevar. Luego entraron a su casa más de diez personas, algunas vestidas con uniforme y otras de civil, que portaban armas largas. Ella les pidió que no asusten a los chicos. La llevaron a la comisaría de Esperanza y de allí a Santa Fe; al llegar alguien les dijo “cómo van a traer a esta perra con la cabeza destapada”. Entonces le vendaron los ojos. La llevaron a una estancia que queda cerca de Cululú para buscar una máquina de escribir que había sido de Catalino; no la encontraron. La llevaron de nuevo a Santa Fe, donde la ubicaron en un calabozo sucio con coágulos de sangre. Pidió agua, no le dieron. Tuvo que tomar su propia orina. Recuerda que, en algún momento, la llevaron por un camino de tierra a un lugar que no puede reconocer. “Qué hacía tu hermano, hija de perra”, le preguntaban. Cada noche la sacaban de la pieza donde estaba, la llevaban a un calabozo y escuchaba cómo torturaban gente. Después, limpiaban la habitación y la llevaban de nuevo.
“Crueldad era lo que hacían”, dice María Ceferina.
La liberaron el 9 de octubre de 1981.
En 2013 fue a visitar a su familia a Laguna Paiva. A metros de la casa de su hermano Catalino, reconoció a uno de los hombres que aquella madrugada le preguntó si era hermana de Catalino Páez: alto, de tez blanca. Le preguntó a su sobrino Mario Ángel Páez, que estaba en la vereda, quién era. Era Eduardo Riuli.
En forma simultánea a su secuestro, secuestraron también a su marido Luis Medina en su lugar de trabajo.
“Mis hijos quedaron solos. No hubo nadie que los cuide”, dice la mujer.
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Ante el tribunal, María Susana Medina relata lo que vivió. El 8 de febrero de 1980 tenía 12 años. Vivía con sus mamá, su papá y sus cuatro hermanos: Ramona Beatriz, Mario, Ramón y Miguel Santiago. Dice que se despertó a las 4:30 de la madrugada y que vio hombres armados en su casa. Dice que escuchó a su mamá pedirles que no asusten a sus hijos. No recuerda que hayan mostrado una orden de detención ni de allanamiento. Después de que se llevaron a su mamá, cuenta, acomodaron la cama de los padres y se acostaron ahí. Recuerda que quedaron todos juntos. En los días siguientes, ella y su hermana cocinaron, lavaron la ropa, se hicieron cargo de la casa. Además iban a la escuela. María Susana empezó a trabajar de niñera. Dice que iba a la Comisaría de Esperanza a preguntar por su mamá. En esos días, a su hermano Mario lo operaron de apendicitis. También en esos días, personas de civil merodeaban la casa. Sobre todo de noche. Lo sabe porque una vez su hermana estaba fumando en la puerta y ellos pasaron después preguntándole si fumaba. Era la gente que se había llevado a su madre. Cuando los veía, les preguntaba adónde la habían llevado. Un día esos mismos hombres la subieron a un Falcon y la llevaron a Santa Fe. La mantuvieron en un departamento y luego la llevaron por distintas comisarías. No reconoció a quienes la secuestraron; solo escuchó un nombre: Héctor. Cuatro días después, la dejaron en una garita de colectivos para que vuelva a Esperanza.
Así pasaron dos meses. En abril ya estaban en la localidad de Huanqueros, en la casa de su tía Marciana Páez. Había un cura que organizaba ayudas sociales, el padre Humberto. María Susana recuerda que ella y sus hermanos comían en el comedor de la iglesia.
María Susana Medina espera: “Que se haga justicia por todo lo que nos hicieron”.
Un testimonio que quiere ser escuchado: el de las infancias abandonadas por la dictadura
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Ante el tribunal, Ramón Medina relata lo que vivió. El 8 de febrero de 1980 tenía 8 años. Vivía en Esperanza con sus padres y sus hermanos. Vio que varios hombres, algunos con armas, revolvían toda su casa. Él no sabía qué pasaba en ese momento. El hombre, sentado frente al tribunal, afirma que un niño solo percibe el amor, el odio o el terror. Dice que durante un tiempo le quedó el miedo de que alguien entre a su casa con armas. Dice que hoy es un hombre, que tiene una familia. Pero que recordar esto lo destruye. Dice que quedaron a la deriva, desamparados. Que fue como un infierno para ellos. Que antes de esa madrugada, siempre estaban con su mamá. Y que nadie reemplaza a una mamá. Que solo quería ver a su mamá y a su papá. Solo a los tres meses los llevaron a verlos donde estaban detenidos. Dice que sus padres eran trabajadores y que les cayó algo muy feo: el abandono.
Ramón Medina espera: “Que se haga justicia”.
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Ante el tribunal, Miguel Santiago Medina relata lo que vivió. El 8 de febrero de 1980 tenía 6 años. Se levantó y vio su casa revuelta. Vio cómo rompían colchones y muebles. Dice que a su mamá se la llevaron y que no volvió más. Que quedaron solos, que la casa quedó destruida y que quedaron sin saber qué hacer. Recuerda que Ramón lloraba y que sus hermanas también, pero que ellas disimulaban como podían. Los días que siguieron fueron iguales: no había explicaciones, no sabían qué hacer. A los poquitos días Mario se enfermó, las hermanas tuvieron que hacerse cargo. Él y Ramón pasaron algunos días en una institución para niños, no recuerda quién los llevo, pero a los pocos días volvieron a la casa y siguieron solos. La querella le pregunta en qué situación los llevaron a esa institución. Responde que los llevaron porque no tenían con quién estar. La querella le pregunta por quién se sintió cuidado. Responde que por sus hermanos. Dice que la poca intervención que recuerda son cajas con frutas que alguien, tal vez de la municipalidad, les llevaba. Dice que quedarse solos fue el comienzo de la pesadilla. Recuerda haber visitado a su madre donde estaba detenida. Que le llevaron los cigarrillos que fumaba: Jockey. Que los recibió Perizzotti (fallecido en 2019). Y que cuando Perizotti vio los cigarrillos les dijo “su mamá no fuma más, guárdenlos para su hermana mayor, que fuma”. Cuando recuerda el día que vio a su mamá en libertad, la palabra “hermosa” queda flotando en el aire. Dice que son afortunados por poder contarlo, porque muchas personas no pueden hacerlo.
Miguel Santiago Medina espera: “Que esto se sepa, que no quede escondido. Que la Justicia tome una determinación que sea justa”.
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Ante el tribunal, Ramona Beatriz Medina relata lo que vivió. El 8 de febrero de 1980 tenía 14 años. Estaba en su casa cuando secuestraron a su madre. Le dice al tribunal que tiene problemas de memoria pero que no se olvida de lo que vivieron. Que después de que se llevaron a su mamá, quedaron tres o cuatro meses en la casa. Que a los pocos días Mario empezó a levantar fiebre y fueron los cinco al médico. Ahí el médico preguntó por los padres y ellos les dijeron que su mamá no estaba y que no sabían dónde estaba. Que después les llevaron alimentos, pero nada más. Ellos esperaban que su mamá o su papá vuelvan. Que fue la tía Elba Medina la que los llevó a Santa Fe a visitar a su mamá. Recuerda un paredón blanco y una ventana. Que en ese lugar estaban también su papá, el tío Tata (como le decían a Catalino Páez) y el tío Miguel. Que entre los hijos hablaban y decían que los veían tristes. Que ellos les decían que estaban bien y que se porten bien; a ella le decían que cuide a sus hermanos. Que había un señor al que sintió que se le tenía miedo, que los miraba, que se llamaba Perizzotti, que los hizo pasar a un escritorio y que les preguntó cosas. Recuerda unas lapiceras con hilos de plástico que su papá les regaló. Cuando le preguntan si Arnaldo Catalino Páez tenía hijos, responde que sí, que los primos. Que todos los primos sufrieron, pero que el primo que más sufrió fue Mario. Mario Ángel Páez.
A Ramona Beatriz se la escucha a través de una pantalla, sin posibilidades de repreguntas. Su testimonio es la grabación del testimonio que ya dio en el juicio Laguna Paiva I. Ramona Beatriz Medina no puede prestar declaración en este juicio por problemas de salud.
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Ante el tribunal, Mario Medina relata lo que vivió. El 8 de febrero de 1980 tenía 11 años. Se despertó por los ruidos en la puerta. Eran las 4:30. Su mamá se estaba por ir a trabajar. Él y sus hermanos se asustaron porque entraron unos hombres con armas. Eran más de diez personas, pero solo una hablaba. Revisaron toda la casa, cortaron los colchones. Mario le cuenta al Tribunal que les dijeron que a su mamá se la llevaban y que iba a volver. La mamá también les dijo que ya volvía. Mario recuerda que Ramón se le prendió a la pierna para que no se la lleven. Que Miguel le dijo que le traiga masitas de chocolate. “Cosas de chico”, dice Mario. Ella llegó a decirles que les dejaba plata en el ropero y que llamen a una tía. Días después, Mario tuvo apendicitis. Dice que les llevaban comida, no sabe si de la Municipalidad. Dice que siempre había gente afuera de la casa, de civil. En el tiempo en que él estuvo internado por la apendicitis, a Ramón y a Miguel los llevaron a un centro de día. Les dijeron que ya eran grandes y que no los podían dar en adopción.
Después, dice Mario, empezaron a entender que sus padres estaban presos en serio. Fueron a ver a su mamá y ahí estaban también su papá y sus tíos Miguel y Catalino. De las visitas le quedó grabado el sonido de la cerradura del portón. Dice que su casa actual también tiene un portón, pero que no tiene cerradura porque, muchos años después, sigue sin poder escuchar ese ruido. Sus tíos, su padre, eran hombres que se destacaban, dice, pero que estando presos estaban muy mal. La mamá estaba hecha pedazos, él lo notaba, pero ella intentaba transmitirles que estaba bien. Dice que sentía que les habían robado a su mamá y a su papá. Cuando le preguntan por la familia de Catalino Páez, su tío, responde que Mario, el hijo de Catalino, trabajaba en una ladrillería, que lo golpearon, que le pegaron a su madre, la tía Juana, esposa de Catalino, hermana de su padre.
Primero liberaron a su papá. Él llegó a la casa donde estaban, en Huanqueros. Al poquito tiempo liberaron también a su mamá.
Ese día, dice Mario, la vio cruzando la calle, caminando hacia la casa de su tía. “Estábamos jugando en la vereda y ves algo y creés que no es. Fue uno de los días más felices de mi vida. Nunca corrí tan fuerte. Yo la vi a mami y era correr hacia la libertad. Si ella estaba, no iba a haber más hambre ni golpes. Cuando mami salió, el mundo iba a cambiar para nosotros. Yo entendí que era libre, que no iba a haber más policía, nada. Mami era amor, era todo. Salimos corriendo: cuando tuvimos a mami, tuvimos todo lo que nos faltaba”.
A Mario se lo ve y se lo escucha a través de una pantalla, sin posibilidades de repreguntas. Su testimonio es la grabación de lo que ya contó en el juicio Laguna Paiva I. Mario Medina falleció en 2023.
*En este artículo no se reprodujeron hechos de abuso sexual por parte de la patota, que existieron, para resguardar a las víctimas.









