Miles de personas marcharon este martes en Santa Fe para reclamar el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario. Pero detrás del reclamo concreto, una certeza compartida: la universidad pública es mucho más que una institución, es identidad, es historia compartida y la esperanza de que el saber puede cambiar una vida, y eso también se defiende en las calles.
Las universidades nacionales de todo el país volvieron a salir a las calles este martes 12 de mayo porque hay un pueblo que no se resigna a perder un pedazo importante de su identidad y orgullo nacional. Santa Fe no fue la excepción.
Desde la cabecera oeste del Puente Colgante, una movilización de más de cuatro cuadras, y que cubría de forma bastante compacta el bulevar y su veredas, caminó rumbo al Rectorado de la Universidad Nacional del Litoral para gritarle al gobierno de Milei algunas verdades.
Muchas de esas verdades (históricas, presupuestarias y de derechos) fueron dichas y leídas en el documento central de la jornada. Pero hay otras verdades, que no se ponen en documentos, pero que se hacen cartel, bandera y carne en quienes salen a defenderlas.
Cuando preguntamos qué moviliza a salir a la calle en esta jornada, casi todos hablan de eso que está en el documento central: cumplimiento de la Ley de Financiamiento, mejores sueldos para las y los docentes, mejoras en infraestructura. Y cuando se hace la repregunta aparece eso que es la Universidad Pública, la educación pública, como refugio, como identidad, como sentido, como comunidad.
“La Universidad me dio la vida”, dice Franco, de 32 años, estudiante a punto de recibirse de Arquitectura. “Primero me dio mi carrera, algo que realmente me apasiona; me dio identidad, un sentido de propósito para con la sociedad. Y por eso me da ganas de devolver a la sociedad el haber estudiado en la universidad una carrera que amo, que amé y que seguiré amando. Son momentos donde hay que salir a la calle y defender lo que uno cree”.

Para Cecilia, de 49, “la Universidad significa apertura, poder abrir tu cabeza para un montón de cosas que el mercado no te prepara”. Y también cree que estar hoy en la calle va más allá de pedir por la aplicación de una ley, “me moviliza todo el contexto, la falta de derechos, el retroceso en un montón de políticas culturales, económicas, educativas”, agrega.
Desde la primera marcha, aquel 23 de abril de 2024, a cuatro meses de iniciado el gobierno de Javier Milei, estas movilizaciones siempre parecieron ser por mucho más que por las universidades nacionales. Cada convocatoria se siente como una válvula de escape a tanto atropello en tantos órdenes de nuestras vidas y para los que no siempre estamos encontrando las forma de manifestarnos, de hacer, finalmente, causa común más allá de los individualismos y partidismos. Por eso la Universidad Pública se defiende, porque nos encuentra, nos iguala, nos da un sentido.
“Gracias a la Universidad Pública los hijos de los obreros llegaron a la Universidad”, dice retomando ese sentido Daniela, de 49 años. “Y sin Universidad no hay hospitales”, agrega, dándole una vuelta más de sentido al reclamo que hoy la sacó a la calle. “Soy psicopedagoga, trabajo en un hospital. La educación pública para mí es todo”.
Daniela defiende la universidad porque le dio una profesión, una vocación de servicio público. Lo mismo dice Elisa, de 68, también trabajadora de la salud pública. “En mi familia, mis hijos, todos estudiamos en la Universidad Pública. Es un deber moral defenderla”.

A pocos metros de ellas, con una campera de Colón y un bombo murguero colgando, Mariano de 18 años dice que está ahí porque le “parece muy injusto que quieran quitar la Universidad, todos necesitamos estudiar, todos necesitamos trabajar”.
Mariano está terminando la secundaria y es vendedor ambulante. Cuenta que con su hermano hacen torta asada rellena de paleta y queso, de salame y queso. “Y con eso vamos para adelante, pero está muy difícil, yo busco trabajo”. Mariano hoy no tiene ninguna vinculación con la Universidad, pero sabe que la necesita porque quiere algo más para su vida. Eso que decía Daniela antes, de los hijos de los obreros. Esa posibilidad, ese derecho.
Y vaya si ese derecho es parte de nuestra identidad, que hasta Candelaria, de 11 años, y alumna de la escuela de la UNL, dice que “lo más lindo que tiene ir a la escuela pública es la igualdad, que todos, aunque tengas mucha plata o no, podemos ir y compartir”. Candelaria dice esto rodeada de sus amigas Ana, Julia y Sonia. Todas están ahí porque les parece “injusto que venga una persona a sacarnos nuestros derechos sin ninguna razón, por eso hay que defender la universidad pública”. Y Candelaria remata: “Es injusto que vengan y saquen plata, roben y después se hagan los boludos”. 11 años.

Mientras empezaba a sonar el himno, Benjamín, de 20 años, estudiante de Ingeniería en Materiales de la FIQ, dice que defender la Universidad Pública es algo que “nos compete a todos los que nos favorecemos de ella”. Y en la repregunta por el sentido más cotidiano y humano, dice sin dudar: “La Universidad Pública son mis amigos, son mis profesores, es todo lo que viví hasta hoy”.
Ni esta cronista ni la gran mayoría de las miles de personas que marcharon este martes pudimos escuchar completa la lectura del documento, pero de alguna forma la locutora se las ingenió para que el cierre sonara fuerte y claro: “Cuidemos lo que Argentina hace bien: universidad pública siempre”.














