Roberto Doldán estuvo 47 años buscando a su hermana, Graciela, cuyos restos fueron identificados a principios de mayo en La Perla. Reconstruyó, de a pedazos, la historia de Monina, de su militancia y desaparición.

Por Lucía Lucero 

A Roberto Doldán le devolvieron tres vértebras del cuerpo de su hermana. Trae consigo una carpeta, apretada fuerte junto al pecho. En su interior se encuentra una foja del expediente judicial, el informe pericial del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF)  y el informe de genética. El pasado viernes 8 de mayo fue citado por la justicia cordobesa para comunicarle que habían encontrado los restos de Graciela “Monina” Doldán en una fosa común ubicada en la “Loma del Torito”, a 7 km del Ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio “La Perla”. En diálogo con Pausa, habló sobre el hallazgo y sobre estos 47 años de búsqueda y espera. 

Roberto es el menor de cinco hermanos. Su padre Roberto Raúl era militante radical y su madre, Irma Lidia fue maestra del colegio Nuestra Señora del Calvario. Creció en el seno de una familia ultra católica: “si prestás atención a nuestros nombres, los cinco nos llamamos María” dice sonriendo. “Graciela María de los Milagros, Beatriz María Dolores del Huerto, Susana María Natividad, José María Domingo y yo, Roberto Pedro María”, enumera.   

Monina Doldán
Foto de Monina enviada por Graciela Geuna a Roberto Doldán.

Su hermana lo apodaba cariñosamente “Isidorito”, por Isidoro Cañones, uno de los míticos personajes de la historieta argentina. Se llevaban 10 años de diferencia. 

No quiere fotografiarse para la nota. “Ya te habrás dado cuenta que soy medio chúcaro” bromea. Afirma que él no es central en esta historia, ni siquiera Monina, habla de una lucha colectiva: “Las y los querellantes de La Perla estamos actuando de una manera conjunta en esta búsqueda. Por eso queremos ser muy cautelosos con estos hallazgos, queremos bregar por los 2500 que puede haber en ese lugar y por los 30.000. Nos propusimos como bandera buscar hasta encontrar el último”, afirmó. 

La memoria de todos nosotros

Roberto pide perdón por no acordarse algunas partes de la historia de Graciela. “No sé si es la negación o qué, pero no tengo demasiados recuerdos de mi hermana. La imagen que conservo con mayor nitidez es que ella me protegía”, indicó. También relató que Monina preservó a su familia por seguridad y que hay mucho de su militancia que se fue enterando por otros testimonios. Explicó que esa fue una de las consecuencias del terrorismo de Estado: “la figura del desaparecido incorpora que la historia se reconstruya por pedazos, pido disculpas por cualquier inconsistencia”, expresó.  

“Desde chica Monina fue líder en cualquier grupo que integró. Empezó su militancia en Acción Católica, en los barrios populares junto al padre Catena. Me acuerdo que desde el Calvario, la llamaban permanentemente a mi mamá, porque quilombo que había, Monina siempre estaba poniendo la cara por las demás, en defensa de lo que consideraba justo y aunque no tuviera nada que ver”, comentó.  

“Era una persona austera, basada en los preceptos religiosos progresistas de la Populorum Progressio y las encíclicas que cambiaron el pensamiento de esa época y que incidieron luego en su paso a la acción directa. Y no hablo de Montoneros, sino de la organización en los trabajos barriales, de la opción por los pobres”, evocó Roberto. 

“No encontré mucho más en mi recuerdo. Tenía 25 años cuando la mataron, me había casado y me había venido a estudiar arquitectura a Rosario. La última vez que la ví, vino a visitarme y la llevamos con Liliana, mi ex esposa, a tomar un tren a Buenos Aires”, rememoró y luego de una pausa agregó: “Me contó Graciela Geuna, una de las sobrevivientes y querellantes de La Perla, que cuando estaban en cautiverio Monina los cuidaba. Era la más grande, la mayoría de los que estaban secuestrados tenían entre 22 y 23 años. La gorda les decía: “quédense tranquilos que de acá uno va a salir vivo, ese va a ser la memoria de todos nosotros”.”

Un duelo sin cuerpo

Casi no hay fotos de Monina “por su prematura clandestinidad, lo último que se sacaba era una foto. No tenemos fotografías familiares. La única que quedó fue una que tenían mis padres en un portarretrato al lado de su cama, la que está haciendo dedo” comentó el hermano menor de los Doldán.

Graciela "Monina" Doldán
Graciela "Monina" Doldán.

“Mi papá era radical, militante y con un principio democrático muy fuerte, discutía a menudo con Monina respecto a la lucha armada. Mi hermana solía aparecer un 24 de diciembre a las doce de la noche, en un auto con alguien que la esperaba. Saludaba a la familia, discutía un ratito con mi viejo y se rajaba, se cuidaba de que hubiera una ratonera en casa para las fiestas”, relató. 

Robertó indicó que a la búsqueda de su hermana la empezaron sus padres, que viajaban desesperados a Buenos Aires y se quedaban horas esperando afuera de los destacamentos de Policía, intentando averiguar algún dato sobre el paradero de su hija. 

“Mi mamá me dijo una vez: una vamos a soportar, dos no. La búsqueda y la angustia, le provocaron mucho estrés. Todos los días miraba el diario para ver si Monina había caído en algún enfrentamiento en la calle”, expresó. 

Luego llegó la confirmación de su asesinato “Nos enteramos por el lado de los mismos genocidas que mi hermana estaba muerta. Al parecer Monina logró quebrar a los militares que les tocó estar ese día frente al pelotón de fusilamiento. El milico que ella abrazó y del cual se despidió, se largó a llorar después de matarla y no quiso volver a participar de un operativo”. 

“Fueron años muy difíciles, de mucho silencio, era el tema familiar que nunca se tocaba. Y siempre con la duda, porque eso es lo que genera la figura de la desaparición forzada: la incertidumbre. Me acuerdo que nos decían que a la mitad los vieron paseando por Europa. Fue un duelo sin cuerpo, sin poder enterrar a nadie. En cualquiera de las religiones y culturas del mundo el cierre de la vida, es con un rito final, a nosotros nos faltó eso”. 

Una tarea para siempre

“Cuando mis padres empezaron a buscar los restos de Monina, tenían pocas expectativas de encontrarla. Querían saber dónde la habían matado, querían que alguien les dijera aunque sea una esquina, una calle, un sitio para ir a llevarle una flor. Antes de morir nos dejaron un mandato familiar, nos dijeron: Ustedes tienen una tarea para siempre”.

“Me acuerdo de mi hija Lucila, habrá tenido 10 o 12 años, nos decía: ¿Qué pasa acá? ¿Cuál es el secreto que no cuentan? Acá hay algo de lo que no se habla”. 

 “Mi hermana más grande, Pelusa, continuó la búsqueda cuando mis padres murieron. Ella le contó la historia a mis hijos, cuando con mis hermanos todavía no éramos capaces de pronunciar una palabra sobre el tema. Realizó el seguimiento documental de los pocos indicios que teníamos, luego nos sumamos a esa búsqueda y después lo hicieron mis hijos, demoramos casi 10 años en reconstruir los hechos. Mis hijos Lucas, Lucila y Mercedes levantaron las banderas de lo reivindicativo. Mis hermanas fallecieron. Cada vez que se moría una pensaba: "qué lástima, no lo vamos a llegar a ver en vida", declaró.

“Cuando me enteré del hallazgo de los restos de mi hermana me quebré, me quedé en shock, es un proceso que aún estoy transitando. Como dice Paula Mónaco Felipe, que encontró a sus padres en estas nuevas identificaciones, es una alegría nueva, no del todo definible. Durante estos años viví el dolor desde la permanente ausencia. Como hermano siempre apoyé su modo de vida, su militancia y su liderazgo. En diez meses de cautiverio y tortura Graciela no entregó a nadie, no traicionó a nadie. Estando en un lugar que podría haberlo hecho y hasta salvado su vida te diría”. 

“Me faltaba el cierre, soy un privilegiado por haberla encontrado. Puedo decir que hoy se cierra algo y se abre otra etapa. Es un proceso sanador para mis hijos y para toda la familia” concluyó. 

El genocidio planificado

Los restos óseos que se hallaron en la fosa común son desprendimientos de los cuerpos. La Justicia determinó que, ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a nuestro país en 1979, los militares removieron los cuerpos con una pala mecánica para esconderlos. Roberto se sorprende por los avances científicos y tecnológicos con respecto al ADN en la última década, “ahora con un pedacito, por más pequeño que sea, alcanza para hacer la comparación con los datos del Banco Nacional de Datos Genéticos”, comentó.

El informe pericial de identificación del Equipo Argentino de Antropología Forense, afirma que “los restos encontrados pertenecen a un segmento de columna compuesto por tres vértebras torácicas, articuladas entre sí.” El dictamen genético de comparación realizado con las muestras que habían dejado sus hermanos José y Beatriz Dolores del Huerto, arrojó un resultado de compatibilidad superior al 99,99%.  

El hermano menor de Monina consultó al EAAF, sorprendido, cómo pudo ser posible que se hayan conservado estos fragmentos, de manera excepcional: “me respondieron que puede ser por múltiples factores: de suelo, de clima, de humedad; es aleatorio, a veces encuentran un esqueleto completo y tienen dificultades para extraer el ADN y acá con unos pocos huesitos pudieron hacerlo”, exclamó. 

“Esta fosa común da dimensión del genocidio planificado. Aún habiendo encontrado los restos no confiesan dónde los llevaron”. El hermano de Monina señaló que los fragmentos óseos que se hallaron pertenecen a distintos años: 1976, 1977 y 1978. “Este es un punto de partida para seguir buscando”, agregó. 

Las excavaciones de 2004 y 2005 estuvieron a tan sólo 20 metros. Con los avances tecnológicos y satelitales, entre septiembre y noviembre de 2025, el Equipo Argentino de Antropología Forense detectó un movimiento de tierra inusual y concentró la búsqueda en ese lugar. La certeza provenía de que el traslado, como se le dice al recorrido del camión desde el centro clandestino hasta el lugar de fusilamiento, no podía ser de más de 5 o 7 km a la redonda. De esta forma llegaron a lo que hoy se denomina “Zona B, trinchera 14”, este lugar donde se halló la fosa común en la que ya se identificaron a 29 personas, en la “Loma del Torito”, camino a Malagueño, en la guarnición militar de La Calera.

Las excavaciones se enmarcan en la causa de “Averiguación de Enterramientos Clandestinos en autos Pérez Esquivel Adolfo y Martínez María Elba s/Presentación” (Expte. Nº 9.693) ” presentada en 1998, con el objetivo de localizar fosas comunes y restos óseos de personas víctimas de desaparición forzada durante la última dictadura cívico militar y eclesiástica en nuestro país. 

Palabras para Monina

Ana Iliovich es sobreviviente de La Perla, fue compañera de celda de Monina, en un escrito que le envió a Roberto apenas se confirmó el hallazgo, relató que entre las dos tenían infinitas conversaciones: “A veces con los ojos vendados entre susurros, a veces mirándonos, a veces hablando del espanto de ser testigos de esa muerte, ese horror cotidiano, otras riéndonos con humor negro y ácido para corroer la realidad que nos desvivía”. Ana repite lo mismo que dicen otros sobrevivientes que conocieron a Monina, “Ella era más grande y nos cuidaba, nos suavizaba el dolor con comentarios llenos de ternura“. 

María Lucila Doldán es sobrina de Monina. Actualmente reside en Estados Unidos y es Antropóloga, desde el primer momento estuvo en contacto con el equipo del EAAF y fue la traductora de estos procedimientos con el resto de su familia. En la conferencia de prensa del martes pasado, donde se dieron a conocer los nombres de las 17 nuevas identificaciones de La Perla, Lucila estuvo presente a través de unas palabras. “Me preguntaba cómo expresar, cómo dar cuenta de la dimensión y el alcance de estos crímenes, la inconmensurabilidad del daño, la multiplicación de víctimas en las generaciones por venir. Mientras siga habiendo desaparecidos, permanecemos y nos multiplicamos en nuestra condición de víctimas, los familiares directos hacia arriba, padres, abuelos, hermanos, pero también la descendencia, mis hijos y los hijos de mis hijos y así hasta el infinito” sostuvo. 

“Dado que mi padre era cercano a Monina y su militancia, lo viví como haber sido criada en el centro del miedo, un miedo que además era innombrable” manifestó. “La aparición de Monina, la restitución de sus restos, aunque sea en fragmentos, retazos (de la misma forma en que hemos reconstruido su memoria, y muchos hijos su identidad) es un antídoto contra ese miedo, un triunfo de la verdad y una evidencia dura increíblemente necesaria de la crueldad y el horror de la dictadura, en estos tiempos de renovado negacionismo” finalizó. 

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