Una modesta proposición para superar el problema de la mujer

mujeres ni una menos
Foto: Gabriela Carvalho

Por Germán Ulrich

Una modesta proposición para superar el problema de la mujer, es decir, las marcadas diferencias que existen entre los géneros y así recobrar la paz social que hubo en otros tiempos, para beneficio de todos.

Es un asunto de gran importancia, y que sin dudas provoca preocupación y tristeza, observar cómo ha crecido el antagonismo entre sectores sociales -hombres por un lado, mujeres por el otro-, con la consiguiente escalada del desorden que en ciertas fechas gana las calles y atiborra espacios en la televisión, la radio, las redes y los diarios. Diferencias que, además de entristecer, ofenden la integridad y la inteligencia de todo hombre de bien, sometido como debe estar a la custodia de las sagradas tradiciones que nos permitieron llegar hasta donde estamos.

Como es claro, y por lo tanto es ociosa cualquier tediosa explicación, existe un consenso extendido entre la inmensa mayoría de los integrantes  de los poderes del Estado acerca de la necesidad de arribar a una solución que restablezca el equilibrio perdido y lograr de esa forma una ansiada y duradera concordia.

A nadie escapa que esas posiciones enfrentadas causan en los hechos serios perjuicios a la Nación, pues sus manifestaciones atentan contra el supremo ejercicio de la libertad. Libertad de circulación, en este caso. Dicho en otras palabras, toda persona útil del cuerpo social debe estar en su sitio y no congregándose en calles o paseos públicos, y menos aún en días laborables. Como es sabido, a este país se lo saca adelante tra-ba-jan-do.

Y no es menor el detalle que en esas movilizaciones, protagonizadas en su abrumadora mayoría por mujeres (justo es señalarlo), se suele atentar contra la nunca suficientemente bien defendida propiedad privada, también la pública, incluso con pintadas en paredes de nuestros más sagrados templos. 

Trataré de ir aquí al fondo del problema, con la intención de clarificar los alcances de mi propuesta. Las manifestaciones más ruidosas son reacciones a los asesinatos de mujeres, llamados también femicidios, aun por algunos -no todos, claro- integrantes del Poder Judicial. Las cifras difieren según el organismo que elabore la estadística, pero oscila desde un crimen cada 44 horas hasta uno cada 31 horas. Ambos números son, por llamarlos de alguna manera, incómodos.

Pero no todo termina allí. Años atrás esas reuniones sucedieron con el objetivo de conseguir un aval legal a la realización de interrupciones voluntarias y gratuitas de embarazos. Lo lograron. Eso representó una nueva carga para las arcas del Estado. Además de sumar más impuestos a los ciudadanos de provecho, violentó la práctica tradicional, cuando la gente responsable pagaba el precio en clínicas confiables y discretas ante el accidente que pudiera afectar a una joven decente. También se habla de abusos sexuales, acosos callejeros, abusos y acosos laborales, acosos y abusos de toda índole y color. Para hablar, los sectores más radicales de uno de esos fuerzas antagonistas son mandados a hacer. Pero dejemos para otro momento los reproches. Aquí se propone una solución que cortaría de cuajo con todos esos motivos, valederos o no, para la protesta y el reclamo.

La propuesta que vengo a ofrecer, además de remediar el problema de fondo, terminaría con unos conceptos que han ensanchado la brecha de los bandos adversarios. 

Se desecharía así a términos como patriarcado, machismo y feminismo, que se sitúan entre los más polémicos. Alguien propuso como idea que lo que no se nombra no existe, y considero que sería aconsejable valerse de esa línea de pensamiento para acercarse a un acuerdo. Hay quienes piensan que el patriarcado en sí no es ni bueno ni malo, pero que visiones interesadas lo han transformado en sinónimo de males aborrecibles. El machismo, dicen, otro tanto: ¿dónde quedó la amable admisión de un gesto galante y protector, propio de caballeros hechos y derechos? Y siguen con el feminismo: ¿qué decir de semejante signo de discordia?

Esos mismos argumentan que en las últimas décadas ha habido una corriente que bien podría achacarse a ideas o ideologías que pretendieron representar los intereses de las mujeres. Esas aguas trajeron cambios que, bien mirados, nos han arrastrado hasta las actuales divisorias. La iguadad entre los sexos comenzó a sonar posible, como si fuese posible igualar lo desigual. Pero los oídos bien entrenados no se dejaron engañar, por más que una melodía dulce ocultara la mentira amarga. Entonces ocurrió lo previsible y lógico: el hombre que antes se encargaba de todo debió comenzar a cuidarse de ser desplazado de los puestos y de las cortes, de las gerencias y de las trincheras donde todo se decide. ¿Puede un hombre ser jefe de familia si en su labor debe responder a un ser que viste polleras? No. Lo dice la Historia. Colón fue hombre, como lo fueron Marco Polo, Napoleón y Atila.

Como fuere, y después de mucha meditación, he aquí la propuesta: matar a la hembra. No a todas, claro, pero casi. Admito que dicho así suena fuerte, pero cualquier persona honrada reconocerá que eso es precisamente lo que está sucediendo en este momento. Y si no, pensemos en el revuelo que provoca el asesinato de una mujer, ya sea cada 31 horas o cada 44. Si el crimen se implementara bajo el cobijo de un instrumento legal, luego de un consenso amplio, podríamos pasar a otra cosa, sin tener que soportar cortes de calles ni interminables informes televisivos. Se me objetará que se trata de una iniciativa extrema, pero he pensado en todo: si sucede de todas formas, ¿por qué no provocar un parteaguas que permita seguir adelante?

Sé que habrá reparos, como por ejemplo que las mujeres son necesarias para la subsistencia de la especie y para la realización de ciertas tareas específicas. Muy bien. También está contemplado. Se puede apelar a voluntarias que deseen ser buenas madres y operarias, sumisas con el esposo y el patrón. Solo es cuestión de organización. Para eso se necesita un cálculo preciso de los brazos y los vientres necesarios para que la rueda siga girando. Las ventajas son obvias: los hogares volverán a su más deseable constitución, con esposas hacendosas y madres amorosas; la economía se verá revitalizada con mujeres que amen coser, bordar, cuidar enfermos, ayudar a otras mujeres en la limpieza. De hecho, habrá lugar para tareas recreativas, dependiendo de la belleza o el talento de las interesadas.

Para quien todavía tenga sus dudas, aconsejo que mi propuesta sea estudiada con mente abierta. 

El título de este trabajo no es fruto de mi imaginación, sino una inspiración en el ensayo de Jonathan Swift, que en 1729 propuso una solución al problema de los miles de niños que no podían ser mantenidos por sus padres y que, a la vez, representaban una carga para Irlanda: que esos infantes de un año o más, bien alimentados y saludables, fueran ofrecidos como un alimento nutritivo, delicioso y completo a quienes pudieran pagar su carne. La propuesta de Swift no fue tenida en cuenta y, al menos en esos años, el problema de los niños no se solucionó. Quizás esta que pongo en consideración tenga mejor suerte. Sería lo mismo que estamos haciendo, pero a mayor velocidad.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí