El centro de la ciudad de Santa Fe se vio desbordado por una marcha multitudinaria que llevó como bandera los nombres de todas las mujeres que nos faltan. La convocatoria de la Asamblea Ni Una Menos fue la más masiva de los últimos años.
"Me defraudó, yo lo crié de una forma y él se hizo de otra". Viviana, la mamá de Barrelier, le pide perdón a todo un país desde las cámaras de los móviles. Barrelier es el asesino de Agostina Vega, la adolescente de 14 años que no sólo perdió la vida, si no también su privacidad. Hace días que la prensa carroñera y la pacata ciudadanía digital no hacen más que repasar todo lo que Agostina, la mamá de Agostina y la mamá del asesino hicieron mal. Ni cuando nos matan nos eximen de la culpa. La que pide perdón por el tendal de horrores que Barrelier perpetró sobre el cuerpo de Agostina (y, aparentemente, de otras antes que ella) es la mamá. Barrelier no. Barrelier hace silencio. Porque el silencio está monopolizado por el patriarcado.
"¿Saben dónde estaba la madre? No descuartizando a nadie. Digo, por si andan mal de foco", escribe en sus redes sociales Charo López. Su tono border es bien recibido: estamos cansadas de tener que explicar siempre lo mismo. De lo que no estamos cansadas es de marchar.
Este 3 de junio nos encontró en un nuevo Ni Una Menos, con nuevos rostros en los carteles y nuevos nombres que son consignas. Siempre sucede y no deja de suceder. Desde aquel primer Ni Una Menos en 2015 sucedió al menos 3205 veces (y probablemente muchas, muchas más). Solo entre el 1 de enero y el 24 de mayo de 2026 se registraron 99 víctimas fatales de violencia de género: 83 femicidios directos, 8 femicidios vinculados, 4 travesticidios o transfemicidios y 4 casos de instigación al suicidio.
Es decir, tenemos 99 nuevos femicidas. Cada 31 horas este país gesta un asesino de mujeres, lesbianas, travestis y trans. La lógica indica que para el varón promedio argentino, es más probable tener un amigo femicida que un amigo que juegue en la Selección de Scaloni. Si a esa cifra le sumamos los casos de violencia de género, abuso sexual, acoso, violencia económica y demás, la estadística se vuelve alarmante. Este año, ese fue el principal eje de discusión: ¿qué están haciendo? No las madres, no las amigas. Los varones. Los que no matan, no violan, no acosan ni abusan, pero no parecen dispuestos a moverse mucho más que eso.

En Santa Fe, la convocatoria fue masiva. Más de cinco cuadras de marcha, con organizaciones sociales y movimientos barriales, con partidos políticos y agrupaciones de todo tipo, y con una enorme cantidad de gente suelta que cada vez ocupa más un espacio del que debe apropiarse. Hay una especie de subcultura de las marchas. Para quienes siempre vamos, podemos detectar con claridad quien va por primera vez, quien está ahí sin encuadrarse. Hay carteles pintados a mano, hay equipos de mate, hay grupos de amigas y amigos, hay infancias, hay de todo. Mientras que la "calle virtual" nos quiere hacer creer que el feminismo se pasó tres pueblos y que no fuimos estratégicas con nuestras demandas, las plazas de todo el país dicen lo contrario.
Hay un segundo factor remarcable: la columna que siempre moviliza muchísimas mujeres es la que corresponde a los movimientos de la economía popular como la UTEP y las compañeras de la CCC o La Poderosa. Esas mujeres sufren la violencia sobre sus cuerpos, sus vidas y sus existencias que todas sufrimos. Pero, además, son el epicentro de los ataques constantes de un modelo económico que pretende destruirlas poco a poco. Y como si eso fuera poco, también son las que se cargan la responsabilidad de sostener sus hogares, sus comedores, sus merenderos, sus barrios. El Estado las ha abandonado, pero la Plaza no. Siempre están. Siempre van. A ellas no parecen resultarle excesivos los reclamos. Ni a ellas, ni a los familiares de las víctimas, ni a las sobrevivientes.
Hace 11 años, el movimiento de mujeres de este país comenzó una larga marcha. Una que, cada tanto, encuentra en las plazas un punto de reparo, un breve momento de reposo. Una que, todavía, no nos hizo pasar todos los pueblos suficientes.














