A 37 años de su irrupción en la política a través del voto popular, Cristina decidió no pelearse más con quienes nos prestan el país para vivir como argentinos. ¿Cualquier peronismo le gana Milei? Y si le gana… ¿para qué?

La operación Nisman (que aún provoca temblores residuales), la pésima campaña 2015, que contuvo los errores que se repetirían hasta el día de hoy, las más de una docena de causas impulsadas por el macrismo contra ella y sus hijos, el fallido estruendoso del Frente de Todos, uncido por ella y conducido por nadie, la exitosa campaña de deshumanización a la que se le atoró una bala en setiembre de 2022, el encapsulamiento impotente de La Cámpora, la salud de Florencia, la derrota de un candidato avalado por el establishment ante un exitoso sociópata y finalmente la condena con reclusión domiciliaria. Todo eso.

En la vida, el periodismo y la política, la disyuntiva nunca fue ni es “honestidad o nada”. Siempre se puede impostar patrióticamente una farsa, pero situémonos en el primer término y seamos honestos: este es un verdadero derrotero, los eslabones de una derrota continua, cuanti y cualitativa, maquillada por algunos hitos coyunturales, protagonizada por uno de los mejores cuadros políticos argentinos no de los últimos sino de todos sus años. Esa, sobre la cual todos tienen todo que decir, con o sin rigor histórico, con o sin fuentes, con buena o mala leche, pero casi siempre con la intención de “hacer un aporte esclarecedor a la causa nacional y popular” o producir títulos para rankear alto en Google.

Y como toda respuesta depende de una buena pregunta, hagamos varias: ¿Por qué Cristina debería ser la misma de antes, la de siempre y para siempre? ¿Acaso porque farmea resiliencia cuando baila en el balcón y arenga con una sonrisa a sus feligreses? ¿Porque si no se derrumbaría el último punto de acumulación de las expectativas populares, o al menos peronistas? Con encuestas en la mano o contando gente desde un dron, ¿alguien sabe si esto sigue siendo así?

Hablando de traumas individuales y colectivos, este es el país en el que cuesta horrores soltar, emanciparse del origen, separarse a tiempo para tomarse en serio esto de que “poder decir adiós es crecer”. Y que nadie venga conque crecer no sirve si supone perder. Porque el peronismo unido ya fue vencido, porque el candidato ungido por Cristina ya perdió, porque Cristina no puede ser candidata y –aún si lograse participar de una primaria– no puede asumir ni gobernar. 

Un kirchnerista valiente, de los que ostentan su filiación aunque le bajen el precio, un compañero que pasa todos los días por San José 1111 y mete selfie, contesta sin contestar algunas de las preguntas del párrafo anterior: “Si el peronismo, y Cristina digamos todo, no pudo ofrecer algo más desafiante (no digamos revolucionario, porque no es cualquier cosa) que Scioli, Alberto Fernández y Massa en los últimos 11 años, el problema es qué peronismo nos ha quedado”. Y qué Cristina, por supuesto.

Ese mismo militante nos recuerda que la elección de Alberto en 2019 no fue sólo un modo de captar votos moderados, de reconciliarse con un peronismo antikirchnerista herido por el huracán de la década ganada, sino un ajuste de estrategia frente a los mismos poderes contra los que ahora no quiere pelear; el primer ajuste. Es decir la primera decisión de Cristina tratando de hacer confluir sus necesidades y urgencias personales, las de su electorado y las de los millones que esperan que la oposición muestre algo más que ferocidad y desesperación por candidaturas ejecutivas y listas parlamentarias.

La perseguida por sus aciertos, la injustamente condenada, la que lo dio todo y pide casi lo mismo a cambio, necesita que esa confluencia siga viva en slogans tales como “La suerte de Cristina es la suerte de su pueblo” o “Nada sin Cristina”. Nada y nadie, sin ella ni su orga más fiel y menos útil, La Cámpora. Hoy Cristina padece los efectos de la impotencia de su propia fuerza política a la hora de defenderla en la gestión y en el llano. Una fuerza en reducción electoral, repleta de operadores locuaces pero ñatos y que nunca tuvieron una estrategia eficaz para influir en la justicia federal y establecer pactos con ninguna de las formaciones de la Corte Suprema que custodia intereses de casta. Y esto incluye al mercedino próspero (al igual que Juan Bautista Mahiques) que hoy suena como el candidato kirchnerista puro que no tiene la imagen negativa de Massa, pero tampoco votos. Wado de Pedro, el de la renuncia patriótica que torpedeó al Frente de Todos, hace exactamente 5 años. ¿Wado es Cristina? ¿Retiene sus votos? ¿Cuántos? ¿Algún acierto político, táctico o estratégico, para medirlo?

La historia de la última década del kirchnerismo es la de una fuerza derrotada y resistente, que no pierde más votos y peso real y simbólico porque se corporiza y resume en Cristina. Demonizada, acosada, encerrada, acotada pero viva y –al igual que el peronismo– persistente. Ella y el peronismo son lo que Feinmann el bueno (José Pablo) gustaba decir: una persistencia argentina. ¿Nada sin Cristina o sin Cristina somos la nada? Nada más que las mezquindades y la furia de la rosca por los cargos, que en este país te salvan de varias cosas: del llano, del anonimato, de la pobreza (no de la mediocridad). ¡Vótame y sálvame! El político elegido es salvado por sus electores, casi nunca al revés. Eso es todo para cada uno de ellos y ellas, y últimamente nada para los demás.

Una “clase” (seres que comparten una serie de atavíos, costumbres, salarios y consumos envidiables) que se despega de la suerte de sus ex pares y vecinos, es una casta al igual que Milei, Bullrich, Rosatti, Galperín o Funes de Rioja. A quienes muchos y muchas dicen enfrentar y hasta combatir, aunque una franja nutrida de electores no le crean. En eso se ha convertido el agrupamiento de políticos profesionales argentino, no sólo por la mala prensa ni por los odiosos oficios de la batalla cultural.

Puede que no estemos discutiendo socialmente nada realmente importante desde hace 40 o 50 años, que no tengamos un balance compartido sobre algunos hitos traumáticos e importantes de nuestra historia, pero esto sí está claro para los más de ocho millones de compatriotas que no concurrieron a votar en ninguna de las tres ejecutivas de 2023 y muchos de los 14,5 millones que creyeron votar contra la casta política votando al último engendro de los dueños de la casta. Mucha gente, demasiada, que expresa el desprecio al orden político vigente, en donde no todos son chorros pero casi todos son casta y no se les cae una idea que parezca nueva y distinta, un fenómeno que no hay encuesta ni certeza que permita prever que ha sido o está en vías de superarse.

Repasemos entonces, Cristina es la fusilada que vive encerrada pero aún condensa expectativas populares y nacionales; tiene una estrategia individual de supervivencia y salvataje de la que depende su familia y una formación política que se desprestigia sola; sus votantes y otros millones necesitan una solución nacional, general, novedosa, algo más que “Peronismo suelto con Cristina atada”; muchos piensan y nadie dice que tal vez la suerte de Cristina y la de su pueblo estén relacionadas pero no dependan de un mismo plan. Magnetto, Yadarola y Bertuzzi lo saben desde hace mucho rato y sonríen complacidos, sin estridencias cuando les cuentan que “la viuda está convencida que perdió con Clarín, por eso cambió la estrategia”. ¿Cambió? Bueno, dejemos algo en pie.

Primero los nombres, después los carteles, después el movimiento y la patria son los que votan

A estas alturas ha de cansar, incluso a los lectores politizados y prendidos, el debate sobre la secuencia ideal para la resurrección del peronismo: si primero el candidato y el proyecto sale solo, o si el candidato rosquea y ordena hacia abajo o las bases tienen que juntar lo que no se junta por arriba, si frente puro o híbrido, con o sin rojos y socialdemócratas o polimorfo y policlasista y finalmente si el proyecto es el del FMI con o sin Ministerio de Trabajo, hidrovía estatal, aborto legal y diversidades. En fin, un menú apasionante de matices que en pocos meses mostrará su diseño definitivo.

El mismo compañero que aporta las mejores frases de esta nota insiste: “Lo más loco es que casi todo el peronismo, incluido Axel y por qué no la Rusa, que dice lo que hay que decir, están esperando que Milei se caiga solo… Mirando desde abajo, votos más, votos menos, desde el piso adonde yacen todos, porque lo que se cayó fue toda la oferta”. La fuerza política más dinámica y elástica en las últimas cinco elecciones nacionales sigue siendo la suma de los que se ausentan y los que votan en blanco.

Repasando lo producido por el vicio más caro y falible de la política nacional (las encuestas y la de Atlas Intel y Bloomberg en particular), Milei ya no emparda imagen negativa y positiva, sino que tiene un diferencial desfavorable de 27 puntos. ¡Pero casi todos están en la misma condición! Con márgenes menos amplios en los casos de tres mujeres tan distintas como mejor posicionadas: Myriam la roja, Cristina la del balcón y Patricia del Arco Iris.

Así las cosas, completamos con otra cita, una que muchos apreciarán, firma el Indio Solari y describe el atolladero en el que está la oferta electoral opositora: “Hoy todos somos gente del pasado y la alucineta es que nadie quiere volver, a ser como antes, no”. Casi todos y todas –como asegura Alejandro Horowicz– comentaristas de la agenda de Milei, con enormes dificultades para hacer política en términos reales. Pero que necesitan esos votos, casi tanto como sus votantes potenciales necesitan que ellos, juntos o revueltos, hagan algo que los saque de este pantano en donde “se hunde la inflación” y con ella la vida de millones.

Reventados o estallados, pero todos peronistas

Hay un peronismo ilustrado, pasional pero también racional (y no son Aldo Duzdevich ni el verborrágico Pablo Semán por cierto), que siempre supo que el peronismo estalló mucho antes del 1 de julio de 1974. Y que ese estallido salpicó casi todas las formaciones políticas existentes hasta el día de hoy. Hay peronismo en todas partes porque hay peronistas en todas partes, una diáspora sin conducción unificada y que flota abrazada a las 20 verdades y La Comunidad Organizada o los salmos de la década ganada, todo pasado. Poco para decir del futuro, que no sea la fe mística de Sergio Massa: “Cualquier candidato del peronismo le va a ganar a Milei”. Para Moreno es cualquiera menos Kiciloff, para Cristina es cualquiera que le garantice centralidad y cargos a La Cámpora, para Axel es él mismo centrifugando todas las patrullas disponibles y yendo por adentro o por afuera. Para el cosecretario general de la CGT Jorge Sola en cambio, hay que alumbrar algo nuevo, incluso al costo de perder.

¿Qué esperar de todo esto? ¿Cómo se sale ordenados de semejante disonancia? Pues con otro artilugio clásico de la fe peronista: “Van a ver que esto se arregla en el verano o cinco minutos antes de la inscripción de listas y frentes”. Todas las notas –y serán cientos de notas– que se publiquen entre el hoy y hasta octubre de 2027, oscilarán entre el tirapostismo sobre los maridajes más y menos pensados y el sobre análisis de qué países podremos esperar de cada artefacto electoral.

Poco leerán sobre el problema de base: que no puede esperarse un candidato sorprendente de este orden político, porque es este orden, esta configuración posneoliberal la que acuñó esta democracia de la derrota (en donde no ganan ni los que votan ni los votados) y la que ha producido y sigue produciendo estos candidatos.

Detengámonos un párrafo a contestar la pregunta: ¿y Axel? Axel no es un inmigrante político sino un fenómeno díscolo de este mismo sistema, y no será señalado por Cristina, no para no cristalizar su techo o porque esté a su derecha (como sí lo estuvieron Scioli, Alberto y Massa), sino porque mide entre 30 y 35 puntos de intención de voto. En ese escenario, la única que puede enfrentarlo por la conducción de lo que sea que resulte el peronismo en adelante, es Cristina. Una disputa entre ellos traumatizaría la base electoral peronista y nadie, ni Cristina, da por sentado que el resultado esté cantado. Por eso le están buscando un o una vice con votos no peronistas a la candidatura testimonial de la ex presidenta.

Finalmente, esto del peronismo estallado no es una invención reciente. En 1974 el atildado escritor Jorge Asís publicaba un libro a la vez testimonial y admonitorio: Los Reventados. Es una novela de militancia peronista, del primer estallido públicamente expuesto y coreografiado en junio de 1973, en el Aeropuerto de Ezeiza. Los reventados de Asís son peronistas o filo peronistas, marginales, oportunistas, ambiciosos, propioculistas ante todo, que medran en los márgenes de la política para beneficiarse del estallido.

Del estallido del peronismo hubo y habrá beneficiarios y ya no importará si son más o menos puros y doctrinarios, ni siquiera sin son peronistas. Porque si peronistas son todos, entonces nadie es peronista o peor aún, es el apotegma ocurrente de otro peronista famoso, Dady Brieva: “yo soy el que más sabe del peronismo, porque el peronismo es lo que yo quiero que sea”. Es decir, cualquier cosa.

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