“Al Perro lo querían todos, era un tipo alegre, entrador”

Mi viejo y mi hermana quisieron salir de la casa en medio de la correntada, había una soga que cruzaba de esquina a esquina. Sé que a mi hermana se le escapó de la mano. Y ahí fue cuando falleció.

 Nicolás Carpes sabe sobre la muerte de su padre, Carlos Carpes (53 años), lo que le pudo relatar su hermana Claudia.

Fue un tema que nunca tocamos con mis hermanos, el tema de mi viejo. Lo queremos recordar como la última vez que lo vimos. Un tipo serio, un tipo que le gustaba el fútbol, estar con los nietos.

Le decían Perro. El Perro Carpes. Al Perro lo querían todos. Era un tipo que te invitaba a comer, iba y te hacía el asado. Para fin de año cortaba la calle, bailaba, era un tipo alegre. Cuando lo conocías te chocaba porque era un tipo serio. Pero después le dabas dos palabras y agarraba viaje. Era un tipo entrador, digamos. Era de esos tipos de antes, ya con la mirada te retaba. Pero un tipo de bien, trabajador.

Carlos trabajaba en el área de mantenimiento de la Facultad de Ingeniería Química de la UNL.

Mi viejo además de trabajar en la Facultad, era pintor. Pintaba casas. Nosotros cuando no teníamos cosas que hacer, íbamos con él. Le gustaba mucho la carpintería. Hacía repisas, les hacía cosas a los nietos. Si no se ponía un taller de bicicletas y les arreglaba las bicis a los chicos del barrio. Un tipo que no se quedaba. Si no hacía algo, él no podía estar.

En la Facultad había entrado a trabajar a los 30 años, por medio del hermano. Igual creo que a él le gustaba mucho más el fútbol que ir al trabajo. Él hizo la colimba en Guadalupe, y le permitían salir para jugar a la pelota.

El viejo era de Unión. Los hizo de Unión a los nietos. Jugó en la Liga Santafesina, para San Lorenzo, para Gimnasia. Jugaba mucho al fútbol. El Perro jugaba de cinco.

 Carlos había crecido en barrio San Lorenzo, donde conoció a la madre de sus hijos. Vivieron un tiempo en Las Flores; en 2003 hacía 16 años que vivían en barrio Roma.

Fue el 29 de abril. A qué hora no sé. Ese día vine como a las siete de la tarde, llegué nadando hasta la esquina y me dijeron los vecinos: «quedate tranquilo, que tu mamá y tu papá están bien». Yo me quedé con eso y me fui al Centenario. Lo único que sabía es que mi papá y mi mamá habían salido, pero no sabía que había fallecido mi viejo. Me enteré a los dos días por la tele.

La casa donde Nicolás vivía con sus hijos también se había inundado. Él se autoevacuó en Santo Tomé.

Estaba en Santo Tomé, en la casa de unos parientes, y me enteré en ese momento. No sabía adónde estaba mi hermano, ni adónde estaban ellos. Para colmo llegué a la cancha de Colón y no podíamos pasar porque estaba todo bajo agua. Era una locura. Le comenté a una gente lo que me había pasado y me cruzaron en canoa. Al llegar acá a Santa Fe, no sabía adónde ir. Al barrio no podía entrar porque estaba todo bajo agua. Después, averiguando, me decían: «tu mamá está con unas parientas tuyas, en María Selva». Y bueno, yendo y viniendo, la engancho a mi hermana y ahí me contó todo.

Carlos tenía 53 años. Tenía arritmia. El agua ya había ocupado su casa, y mientras buscaba un lugar seco en dirección al este, se sintió descompuesto.

Cuando él se descompuso se hundió y el agua lo arrastró, hasta que lo sacó un chico que estaba ahí.

A mi viejo lo tenían en Santa Lucía, porque también el cementerio estaba bajo agua. Nos pedían papeles, y no teníamos nada. No teníamos documentos, si salimos con lo justo.

El día que lo llevamos al Cementerio a mi viejo, me dice la gente de la Provincia: “A tu viejo le vamos a dar un nicho allá abajo». Cuando miro, estaba bajo agua. «Me están tomando el pelo. ¿A nosotros nos agarró una inundación y lo vamos a poner ahí? Ustedes están locos», les dije. Después hablando con una gente ahí, nos dieron otro lugar. Nos dijeron «La Provincia se hace cargo de todo, acá no van a pagar un peso. Tu viejo va a quedar acá de por vida, lo vamos a llevar a un sector que es todo pago». Pero fue una burla decirnos que nos iban a dar ese nicho y estaba bajo agua. Yo me quería pelear con todo el mundo.

No sabíamos nada nosotros. Veíamos que pasaba el agua, pero creíamos que era poca, no creíamos que se iba a inundar todo esto. Después, a los tres o cuatro días, andar en canoa por el barrio era desolador.

Para mí antes de la inundación él sabía que algo iba a pasar. Le decía a mi vieja “Si llegara a pasar algo, yo tengo la llave de la Facultad y nos vamos para allá”. En la casa tenían un entrepiso, y antes de irme de ahí, antes de que viniera toda el agua, les dije: «cualquier cosa suban todo arriba y quédense ahí». «Sí, quedate tranquilo. Andá que tus hijos están solos», me dijo. Así que cuando me dijeron «A tu papá lo vimos salir con tu mamá», yo pensé que habían ido a la Facultad. Después me enteré de que había fallecido. Son momentos que uno no piensa adónde carajo ir.

Los de Santa Lucía nos decían que lo teníamos que llevar al Cementerio. Yo tenía la cabeza puesta en lo de mi viejo, en sacar las cosas de acá. No te podías quedar porque te robaban a la noche. Yo me tenía que hacer cargo de la casa de mi vieja y de mi casa. Fue una locura. Lo que fue el tema de la inundación, sacamos fuerza de dónde no teníamos para levantar heladeras, cosas. Y así fueron pasando los días.

Hubo que comprar todo otra vez, meterse de nuevo en créditos. Más por los chicos, porque ellos eran chicos y tenían su cama, su pieza, su ropero. Y así salir adelante. Uno gracias a Dios tuvo un trabajo, tiene trabajo, y lo pudo apalear a todo eso.

Lo que es asistencia, no. Fue todo a pulmón, sacar las cosas mojadas de mi casa, de la casa de mi vieja. Fue un trabajo durísimo. Volver a empezar de nuevo.

Hoy los hijos de Carlos prefieren recordarlo con las cosas buenas que les dejó.

Somos una familia unida, somos tres hermanos y mi vieja. A él lo recordamos como un buen padre, trabajador. Nunca nos faltó nada. Él siempre tenía su trabajito y nunca nos faltó el pan. Nos mandaba al colegio, con lo poco que nos podía dar. No teníamos mucho, nos alcanzaba para lo justo con lo que ganaba mi viejo.

El tema del fútbol, estudiar y trabajar es lo que él nos inculcó. Tanto a mis hermanos como a mí. Por ahí yo digo: lo que mi viejo no me pudo dar, yo se lo puedo dar a mis hijos. Creo que a mi hermana le pasa lo mismo. Vivimos para nuestros hijos, y mi viejo era lo mismo: vivía para nosotros. Lo recordamos bien a mi viejo. Al Perro.

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15 años | 15 historias

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