Crece la bancada evangélica y cae la representación de la izquierda

Celeste por verde. Dina Rezinovsky es quien le arrebató por un pelito el lugar a Myriam Bregman.

¿Por sus obras los conoceréis? Qué dice del momento político la conformación de un bloque evangélico y la retracción del Frente de Izquierda y de los Trabajadores.

Y pudieron ser más todavía. Crece en la Cámara de Diputados el peso de la bancada evangélica. Hasta el momento, sólo contaba con tres representantes: el neuquino del PRO David Schlereth, la radical correntina Estela Regidor y el salteño Alfredo Olmedo. El mandato del diputado de la campera amarilla finaliza en diciembre, momento en el que asumirán dos nuevos representantes del culto cristiano, Dina Rezinovsky (Juntos por el Cambio, Ciudad de Buenos Aires) y Gabriel Hein (Juntos por el Cambio, Entre Ríos). Quedaron fuera, por muy poco, Gabriel Mraida por la provincia de Buenos Aires y Katherine Barbieri por Misiones.

En el cálculo del reparto de bancas, Rezinovsky es quien le arrebató por un pelito el lugar a Myriam Bregman, del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT). Con el fin del mandato de Néstor Pitrola, el FIT pasará de tres bancas a dos (Nicolás del Caño y Romina del Plá). La «Rusa», una de las mejores espadas argumentativas del FIT, con una gran trayectoria militante en defensa de los Derechos Humanos, quedó afuera ante una funcionaria de segunda línea del Ministerio de Desarrollo Social.

Más que sintetizar el espectro político a través del resultado de sus supuestos extremos, la contraposición más bien apunta a una pregunta: ¿qué se ha hecho y qué se hace como construcción política?

Las izquierdas

El FIT tuvo un éxito simbólico, adueñarse para sí de la denominación «izquierda». Lo cierto es que hay muchas otras izquierdas, haciendo otras cosas. Las dos más importantes son el PC y el PCR. El Partido Comunista, y su Federación Juvenil Comunista, la «Fede», está integrando desde hace años al Frente para la Victoria y, ahora, al Frente de Todos. El Partido Comunista Revolucionario, más conocidos como «los chinos», y la Corriente Clasista y Combativa (CCC) se han sumando también, en estas elecciones, a la Frente de Todos. Poniendo el ojo en un nivel local, vienen haciendo buenas cifras en la Legislatura en su alianza con el diputado provincial Carlos Del Frade.

Recientemente, el FIT padeció de una interna feroz, producto de un fuerte debate interno sobre la estrategia electoral del Frente, propiciado por la línea liderada por Jorge Altamira y Marcelo Ramal. Durante ese debate tuvo lugar un escándalo de espionaje y hackeo, tal como se lee, sufrido por esa fracción interna y apañado, en mayor o menor medida, por el sector que lidera el espacio.

Como sea, el FIT no puede romper su barrera próxima al 3% del electorado. Un porcentaje irrisorio para un espacio político que se arroga la representación de los jóvenes, las mujeres y los trabajadores. El debate sobre una estrategia más electoral o más revolucionaria, jalonado de interminables manifiestos difundidos vía Facebook, muestra, sobre todas las cosas, la incomodidad con la que el FIT existe dentro del sistema político y el electorado realmente existente y la incapacidad para tener una construcción con verdaderas raíces de base.

El FIT se hace fuerte en las comisiones internas de muy pocos establecimientos fabriles y algunos centros de estudiantes. Posee representación gremial también entre estatales, como docentes y salud, no en todas las provincias. Suma organizaciones territoriales cuyo peso y distribución está muy por debajo de la fuerza que ostenta la CCC o los movimientos integrados a la CTEP. La presencia en medios de comunicación del FIT no tiene parangón con sus votantes reales y su construcción política concreta. De movida, hay varios partidos provinciales que tienen mayor representación en el Congreso.

El reverso

La vinculación entre las iglesias evangélicas y los partidos se fortaleció después del debate por la interrupción legal del embarazo. En Sudamérica, esa relación tiene larga data, sobre todo en Brasil, donde primero fueron un apoyo sustantivo para el triunfo de Lula Da Silva y hoy son base de sustentación del gobierno de Jair Bolsonaro. Así como se lee (bis).

En Argentina, la principal organización de estos cultos es la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (Aciera). Su presidente, el pastor Rubén Proietti, estuvo reunido con el presidente Mauricio Macri durante el período que fue de las primarias a las generales. En repetidas oportunidades, Aciera manifestó su posición neutral respecto de la contienda electoral y su rechazo a la conformación de un partido confesional. Juntos por el Cambio le dio un lugar expectante a los evangélicos en el armado de listas y así es como suman una bancada más en el Congreso.

Aciera tiene una definición firme, que es mayoritaria, en contra del aborto y la educación sexual integral. Fueron artífices del voto antiderechos en el Senado, en 2018. Pero existe otra congregación de iglesias evangélicas, los pastores de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas, que sí están a favor de los reclamos que hoy llevan adelante las mujeres y las disidencias. En su reciente documento «Los evangelios, los evangélicos y la agenda pública» sostienen que las posturas que el aborto y la educación sexual son «indicaciones para las comunidades y creyentes y no leyes que hay que aplicar al resto de la sociedad. Son opciones desde la fe, y no un impuesto moralismo fariseo». Las críticas cruzadas entre ambas entidades son potentes.

Sin Vaticano y con una presencia más reticular, las iglesias evangélicas sí tienen una política de bases, mucho más clara y efectiva que la de la del catolicismo y, acaso, la totalidad de los partidos políticos. Son el rescate real más rápido y concreto en las cárceles y son las instituciones de contención más diseminadas y eficaces en los barrios más abandonados. Ofrecen redes cuya solidez muy pocas otras organizaciones pueden brindar.

Quizá a la hora de observar el crecimiento de la representación evangélica y la caída de la izquierda parlamentaria, más que oponer discursos y testimonios –y la valoración que se haga sobre ellos– hay que comparar prácticas concretas sobre y con sujetos concretos. Aquello que alguna vez se conocía como praxis.

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