Esta nota fue escrita con otro título en 2010, poco después de volver de Bolivia, donde Evo Morales acababa de asumir su segundo mandato. Fue publicada ese año en la revista Rojo y Negro dirigida por Luciano Alonso. La encontré hace pocos días, la releí y la resumí para volver a publicarla, aunque más no sea para mitigar esta angustia palpitante de ver cómo la venganza blanca parece imponerse una vez más.

Ni indignos ni mendigos

Lo primero que me llama la atención al entrar a Villazón es la cantidad de imágenes de Evo en todos los tamaños y colores, en todas las paredes, en todas las casas, negocios y puestos ambulantes. La omnipresente figura de Evo que iré asimilando a lo largo del viaje da muestras de un liderazgo casi religioso, con todo lo bueno y lo malo que eso pueda implicar. Veo un chico jugando a la pelota, después de un rato me pide una moneda. Pienso en dos cosas: una es que recién después de estar casi tres horas en Villazón alguien viene a pedirme, la otra es que no tengo recuerdo de haber visto a un chico jugar en Bolivia en ninguna de las tres veces que estuve antes ahí.

500 años después

Mi primer viaje fue a Potosí en el 92, ahí cumplí 15 años mientras se intentaba realizar un encuentro latinoamericano que pretendía contrarrestar los monumentales y obscenos festejos por los cinco siglos de la llegada de Colón. Revuelvo mis papeles hasta encontrar una especie de diploma, en una hoja de muy pobre calidad, donde leo este pretencioso nombre: “Primera conferencia de los Pueblos Latinoamericanos por su Descolonización y la Paz”. Siendo generoso, no creo que la convocatoria latinoamericana haya superado las doscientas personas, que, a lo sumo, lograron alguna repercusión local. Pienso ahora también que ese mínimo espacio de resistencia, no dejaba de ser significativo en los inicios de esa década espantosa y recuerdo que conmovía ver cómo, en la miseria, mineros y campesinos mantenían sus organizaciones y sostenían su lucha con total convicción. Entre varios dirigentes estaba Evo (lo supe mucho después). Supongo que ni el más optimista u ortodoxo hubiera apostado un peso boliviano a que ese grupito que en la cima del Cerro Rico aplaudía proclamas en aymará o quechua, obtendría la victoria que prometían al final de casi todos los discursos, manteniendo viva la palabra del Che en la misma tierra que lo vio morir.

Avatar

Miles de personas en el mundo vieron película Avatar, entre ellos Evo Morales y Eva Liz, su hija. A Evo le gustó mucho y dijo que es una muestra de la resistencia al capitalismo y de la lucha por la defensa de la madre tierra, dos ejes centrales de su posterior discurso de asunción. Fue la tercera película que vio en el cine en toda su vida; la primera fue una biografía de Pelé en la década del 70, la segunda fue Cocalero, un documental sobre él.

Vivir bien

Escuelas, hospitales, rutas y obras en cualquier dirección donde se mire, el nuevo paisaje boliviano es el de un país en construcción, repleto de camiones de carga, llevando y trayendo materiales, albañiles trabajando en casi todos lados. Como si de repente el Estado hubiera despertado de su pesadilla de entelequia inaccesible, absurda y cruel. La pobreza todavía está lejos de terminarse pero no la miseria extrema, el abandono y el hambre. Lo que sí parece terminarse es la resignación, en todas partes hay asambleas y reuniones, entusiasmo. La ropa de las cholas es colorida, pero ahora son colores vivos, no desteñidos y lastimosos como los recordaba. Una chica argentina silba en una plaza “Lamento boliviano” de Los enanitos verdes. Mientras tanto Evo funda un nuevo Estado plurinacional, nacionaliza, reparte, expulsa a la DEA y va por mucho más, como si estuviera empeñado en desmentir para siempre el estribillo de esa canción tan poco feliz.

La TV ataca

Veo el noticiero junto al conserje de un hotel barato en el centro de La Paz. La recepción es también su pieza, detrás del mostrador se ve una cama y en la pared un póster del Real Potosí y otro de Evo. Llevo varios días ahí pero hasta el momento hablamos muy poco. En la tele pasan un informe sobre los preparativos del acto de asunción en Tihuanaco, se detallan y cuestionan insistentemente los costos. El conserje me pregunta tímidamente si simpatizo con Evo, le contesto que sí y parece transformarse, habla animado y orgulloso, me da su teléfono y promete reservarme un cuarto si decido volver para la ceremonia. En el informe de la tele, inesperadamente el testimonio de una chola frente a su puesto de venta callejera contradice rotundamente la línea editorial, ella dice  que piensa asistir al acto porque desde que está Evo puede comprar ropa y calzado para ella y todos sus hijos. En otro canal, otra chola igual, con las mismas trenzas y sombrero, pollera y manta, habla de la exportación de maíz: es la ministra de Desarrollo Productivo.

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