Foto: Mauricio Centurión

Si uno recorta una parcela del mundo, cuando lo que desea se encuentra al alcance de la mano, la vida puede ser hermosa. Estás vos y aquello que soñaste, quizá que creíste soñar y sólo lo sabés ahora que lo estás mirando de frente. Lo tomás en tus manos y te decís: ¿cómo he podido vivir sin esto? Mi vida ha sido un montón de agujeros, de hilachas, de desperdicios. He aquí la plenitud, lo que cierra las incertezas. He aquí el sentido que se escapa todo el tiempo por entre las hendijas de la repetición de la nada que parece regir nuestras vidas.

Recuerdo ahora mismo una pavada, pero que ilustra en forma pálida esto que digo –porque no quiero referirme al amor o cosas así de raras. Veníamos con un par de amigas, una tarde, a la vuelta de la compra de los pasajes para viajar a Nueva York, en 2014. Llegamos a un bar, a dos cuadras de la aerolínea, pedimos unas bebidas, y yo advierto que había perdido mi celular. Suelo andar con las carteras abiertas, bah, no corro el cierre del todo, etc. Entonces me dije: nada de lo que hay en este mundo va a perturbar esta alegría. Ni una queja, ni una lágrima, mañana me compro otro y chau. Claro que volví sobre mis pasos y no lo encontré. Pero me rehusé con firmeza a que esta nadería empañara mi felicidad.

Así fue el abrazo de mi hija el día de las primarias. Ella es característicamente serena. Quizá un poco tímida, pero tiene ideas claras y hermosas que expone sin vacilar. Lleva consigo una gran batería de argumentaciones que desenvuelve con presteza si hace falta. Y no es sentimental. No lo es, a la manera en que lo explica Salinger. Es muy sensible, pero no anda llorisqueando como yo, que lloro porque la protagonista de la película que estoy mirando se desencuentra con un novio, o porque el gatito saltó de cierta manera espectacular o porque la puesta del sol es desaforada. Laura te mira la película de terror sin taparse los ojos, como hago yo, pobre de mí, que odio estas pelis.

Un abrazo es una demostración de afecto que uno reparte con cierta prodigalidad. Amigos, parientes, etc., un encuentro que te motiva el cruzar los cuerpos y acercar los rostros hundiendo la cara en el hombro del otro, por decirlo así. Así me abrazó Laura el día que ganó Macri, llorando. Sólo dos veces en su vida la vi llorar así. Por el temblor, yo supe que ahí había mucho más dolor que el que podía manifestar el llanto. Ella estaba viendo los cuatro años por venir.

El día de las Paso nos juntamos en casa con les amigues de siempre. Habremos comido pizzas, o algo así, y acá se bebe cerveza; quizá alguien toma vino o una gaseosa o simplemente agua. Cuando aparecieron los números en el televisor, todo el mundo, éramos unas diez personas, empezó a gritar y a alzar los brazos, diciendo: no, no puede ser, que es la manera que tenemos de decir que algo es tan bello que resulta increíble.

Ahí estaba el objeto precioso que hizo sentido. El mundo se redujo bruscamente a ese pequeño espacio del living de casa, y se transformó en algo delicado que todes queríamos guardar. De abrazo en abrazo, me tocó abrazar a mi hija. Y de nuevo las lágrimas, y de nuevo el temblor: yo ya sabía que ahí había mucha más alegría que la que el llanto expresaba.

Mientras, el barullo de las bocinas de los que marchaban hacia bulevar para juntarse en el festejo nos hizo abrir las ventanas para saludar a todos los desconocidos que pasaban como si fuéramos miembros del mismo equipo y supiéramos unos de otros desde siempre.

Nos arrastramos desde las Paso hasta anoche con mucha dificultad. El tiempo se había puesto pesado y lento como si el suelo fuera de barro antiguo. Y ocurrió. Pero no fue la misma fiesta.

Como siempre, nos habíamos juntado las mismas personas que la vez anterior. Y hubo choripanes y cerveza, etc. Y todos pegadísimos al televisor. Ella estaba sentada al lado mío. Yo la miré. Tenía unas poquitas lágrimas en sus ojos. Nos agarramos de la mano. Me apretó fuerte y nos sonreímos. Los próximos cuatro años están por venir.

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