Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse; hasta que se acabe la vida, ése es nuestro destino.

Álvaro García Linera

En Colombia matan. En Haití matan. En Brasil matan. En Ecuador matan. En Chile matan. En Bolivia ahora mismísimo están matando.

¿Qué buscan los asesinos? Buscan mierda: dólares. Y buscan aniquilar a los pueblos que reclaman dignidad e igualdad. 

He estado pegada al televisor y a las redes desde hace varios días sin parar. Todos queríamos saber; queríamos saber todo: cómo sigue la lucha en Chile, por qué se acalló lo de Ecuador, y de pronto, lo impensable: golpe en Bolivia.

Una serie vertiginosa de eventos se fueron desarrollando en pocos días. Intentaron disimular que pergeñaban un golpe pidiendo nuevo llamado a elecciones. Pero Evo fue más inteligente y dijo: ok, vamos a nuevos comicios. Y ahí se vio con claridad que lo que querían no era eso, lo que querían era eliminarlo.

Y todavía no nos acostumbramos a las maniobras de los robadores de democracia en nombre de la democracia. No nos cabe tanta hipocresía, tanta mentira. Nos agarran con la guardia baja. Porque, cómo, ¿no se hacían los golpes “porque la cosa económica no marcha” y el pueblo amenaza con levantarse? Lo vimos a Evo presentando la renuncia para impedir lo que Piñera jamás haría: preservar a su pueblo del oprobio y la muerte. “Por Bolivia, por la vida, por la patria”. Dijo “por la vida”. Y los caranchos se desconcertaron un poco, porque pensaron que se iba a quedar como Allende en La Moneda, esperando el zarpazo. Y así hacerles el juego, porque lo quieren muerto. Y los burló. Y se escabulló. Y se vio en esa foto escondido en Cochabamba: tirado en el suelo, sobre una frazada; se ven las paredes que necesitan pintura. Una vieja máquina de coser en el fondo sobre una mesita cochambrosa. Una tela color lavanda, a la manera de las casitas que nos armaba mamá debajo de la mesa, lo cubre. Los pies cruzados. El celu en la mano. Uno de los tres mejores presidentes del mundo entero, oculto en una casita andina.

La juntada de firmas de Atilio Borón. La actitud de Alberto y la del PRO. La UCR despegándose de Cambiemos porque, finalmente, no comen vidrio. Que Gerardo Morales le facilitó las cosas a Trump. Un macrista reconociendo que era un golpe de Estado. El canciller dando asco. Los militares con jerga republicanista avisando, por pedido de la policía rebasada, que van a salir a la calle “para preservar que no haya derramamiento de sangre ni luto”; o sea, a reprimir.  Algunos izquierdistas dando pena pidiendo el sacrificio de Evo. Como si los pueblos necesitaran héroes. Acá no hay héroe; hay militares gritando que consagran las Fuerzas Armadas a Jesucristo y haciendo trizas las wiphalas. Destrozaron la casa de muchos dirigentes, como la del propio Evo y la de García Linera. Que no sé qué la Biblia. Que no sé qué la Constitución. Trump felicitando sarasa. Y Bolsonaro, claro. Y, en las redes, entre los amigos y en la marcha, la tristeza la tristeza la tristeza.

Y de pronto, la esperanza que se enciende. Cientos de bolivianos, en un video, corriendo por las calles al grito de “Ahora sí, guerra civil”. Porque se veían también a los médicos, a los docentes, desafiando a los golpistas. En otro, gritando por su líder: “Evo no está solo, Evo no está solo”.

Allí donde el pueblo es uno, no existe el miedo. Tuve una experiencia de este tipo, podríamos decir, salirme de mí misma. Fue el día del golpe del 76, que conté por ahí. Los soldados apuntando a treinta y dos mujeres con diez niñites menores de dos años, alzados contra el pecho de sus madres. Y no tuvimos miedo. Quizá porque la fuerza de cada una sostenía a las otras, y, al revés. Como cuenta René Char, cierta vez, en un pueblo, llega la Gestapo a buscarlo, los habitantes mienten, y los asesinos se van. Y él, cuando todos los rostros se dirigen hacia el escondite, y lo miran, dice: estuve unido a mis semejantes aquel día, como con mil hilos confiados. Y eso significa: la patria es el otro, la magnífica frase de nuestra Cristina.

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