El mundial de los cuarentones… nostalgia, infancia y el recuerdo de los últimos héroes.

Recién terminaba Manuscritos, el programa de Radio Eme en el que trabajamos con Victoria Bordas (en días de licencia por la llegada de Fermín) y Alan Valsangiácomo. Era viernes, día en el que Francisco Bitar llega al programa para sentarse a parlotear en un espacio que bautizó “Literatura consuelo”. Alan se tomó unos segundos para mimar al aire al protagonista de la columna literaria, mencionó la nota que había salido en Página/12 (“Lo que importa es la cerveza”) en el suplemento Radar, Bitar dijo algo breve sobre el tema y siguió con otra cosa. La “cosa” trataría de los años 90. Alan relacionó esos años con la bandejita de telgopor y el nylon, con lo desechable. Los minutos corrieron hacia el final del programa, se acercaba la hora 16, y la charla de los 90, con un par de poemas leídos por Bitar, daba para seguirla en un bar. De pasada el escritor había nombrado a Los Piojos y también a los Illya Kuryaki and the Valderramas, y Manuscritos terminó al ritmo de Chaco.

La conversación en el programa se había terminado, pero fuera del aire dejé mi función de productor y la charla fue de a tres. Por algo o alguien –no se qué o quién– fuimos a parar al fútbol. Nos dimos cuenta de que empezaba la Copa América, que lo mejor de la Copa pasaría por el horario del juego, por la noche. La imaginación estaba en un sillón, en abrir un vino y ver fútbol en el país más consumidor del mundo, menos de fútbol.

Los 90 seguían flotando en el aire, Alan contó que la noche anterior miró un resumen de Argentina 1-Brasil 0 en el Mundial de Italia (1990), de las patadas a Maradona; y Francisco del grito de su padre en el festejo del gol del “Cani”, y Alan acotó que “esa jugada la habían tirado varias veces y no salía”. Diego, antes de convertirse en el “Dios sucio” –como lo bautizó Galeano–, llegó a los cielos en los 80.

Y nos pusimos a hablar de Diego, del Mundial 86, de lo pibe que éramos todos, de los recuerdos eternos. Y en eso de recordar patadas, me acordé de los coreanos dándole a Maradona como hachero al tronco. Después recordé que en España 82 los italianos también le habían pegado un montón, pero en mi cabeza quedaba más firme el registro de esos coreanos que no se avergonzaban de su violencia.

La charla no salía del color nostalgia. A esa altura alguien había nombrado a Valdano y su corrida como espectador de lujo en el mejor gol de la historia, de Diego y su comentario sobre la posición del muchacho de Las Parejas, y de lo que había dicho Maradona al ídolo del Real Madrid: “Quería pasarte la pelota, pero no encontré hueco”.

Se cruzaban las palabras de los tres, todos queríamos aportar aquellas imágenes del pasado, las fotos eternas que nos dejan esos momentos únicos cuando somos chicos. Y entre tanto recuerdo, llevé a lo más alto de los partidos que vi hasta la fecha, el que jugaron Francia y Brasil por cuartos de final. Ese partidazo se jugó el día anterior a Inglaterra–Argentina. “Fue el mejor partido de mi vida”, les dije. Quizás son esos recuerdos grandiosos que uno tiene de la infancia, para mí no hubo otro partido igual (ni habrá ninguno). Y salieron apellidos de una definición por penales que fue espectacular: Stopyra, Amoros, Bellone y Luis Fernández convirtieron para Francia, Platini desvió su remate. Para Brasil convirtieron Alemao, Zico y Branco. Bats le atajó a Sócrates y Julio César desvió su remate. Fue 1 a 1 en los 90 minutos y alargue, fue victoria francesa en los penales. La televisión mostraba la imagen de una morocha brasileña y un “torcedor” disfrazado de Chaplin, allí estaban parados en las tribunas del estadio Jalisco de Guadalajara, tristes y maquillados por una lágrima tan enorme y real como el partido que terminaban de ver.

De memoria

Estos días grises y fríos de otoño nos acopia en la nostalgia, nos regala viejas imágenes de una niñez redonda y purificamos cuestiones del pasado que nos ayuda a reciclarnos en este presente. Y ahí estábamos, con Burruchaga, México, Valdano, los coreanos, Italia, Diego, los ingleses, Maradona, la mano de Dios, los alemanes, la inoxidable foto del capitán recibiendo la Copa del Mundo y tanta felicidad en un mes. Mucha vida pasó bajo el puente y todavía el recuerdo de aquel junio de 1986 sigue intacto.

Treinta años atrás llegaba la selección Argentina a un país que todavía lloraba los muertos del terremoto de 1985. Debido a esa catástrofe que dejó a miles de muertos en suelo mexicano (nunca fue oficializado el número de personas fallecidas), el Mundial 86 estuvo en riesgo y México quedó al borde de ser excluido como sede. La organización se pudo llevar a cabo y los aztecas pudieron ser anfitriones del máximo evento futbolístico, como ya lo habían sido 16 años antes, en el Mundial del 70, el Mundial donde brilló Pelé. Los mexicanos tuvieron esa suerte de pocos, primero vieron el fútbol total de Brasil con su “O Rei” y en menos de veinte años a “D10s” elevándose en el suelo del Azteca.

La charla de tres tipos que promedian los 40 años ya había terminado, pero en esta cabeza todavía giran imágenes, voces, lecturas, políticas, canciones y discusiones. En ese año se discutía con mucha fuerza la ley de divorcio, que recién sería aprobada el 3 de junio de 1987. La inflación comenzaba a marcarle la luz amarilla a Raúl Alfonsín, los sueldos estaban congelados y de a poco el fantasma de la desocupación se instalaba en la sociedad. Fue el mismo líder de la UCR y presidente en aquellos años de reciente democracia el que había combatido a Bilardo antes de comenzar el Mundial, el que le pidió a Julio Grondona que lo cambie, el que no le tenía nada de fe, como casi todos los que vimos los partidos previos a esa Copa del Mundo.

Mientras tanto Raúl Porcheto había pegado un nuevo éxito musical: “Bailando en la vereda”, el disco Nada Personal de Soda Stereo ya era un golazo, nacía Cosas mías de Los Abuelos de la Nada, Llegando los monos de Sumo y Oktubre de Patricio Rey sus Redonditos de Ricota. La música no se trasladaba con la facilidad de estos tiempos, se escuchaba en un espacio de la casa, entre el viejo vinilo (hoy de moda) o el moderno casette. Ese mismo junio del 86, el sábado 14 se moría Jorge Luis Borges, dos días antes del gol de Pedro Pablo Pasculli a los uruguayos. Sólo sabrá el destino si el escritor murió antes de soportar tanta fiesta callejera, y sabrá alguien –con exactitud suiza– si decía que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular” por provocador nomás o por sanguíneo conservador.

A treinta años de aquel junio maravilloso, el fútbol es tan lindo que seguimos discutiendo qué hubiese pasado si no estaba Maradona, si Bilardo es un técnico que tuvo la suerte de tenerlo a Diego o si fue un gran entrenador con decenas de anécdotas disparatadas.

Y ese Mundial fue tan bonito que a muchos no nos hace declinar ante Google, sólo ponemos en nuestro buscador interno México 86 para que salga 3 a 1 contra Corea, y me acuerdo que lo cagaron a patadas a Diego. 1 a 1 con los italianos, Diego definió desde un ángulo increíble.  2 a 0 a contra Bulgaria, los cabezazos de Valdano y Burruchaga. El gol de Pasculli a los uruguayos, partido duro. La mano de Dios y el mejor gol de la historia. Semifinal contra Bélgica, Diego la deja chiquita otra vez. Final con los alemanes, 2 a 0, 2 a 2, pase de Diego, gol de Burru. Campeones del Mundo. Héroes.

México 86 fue un gran Mundial para nosotros, los argentinos cuarentones, pero también nos representa una hermosa excusa para ir hacia esos lugares de la vida que nos hicieron muy felices.

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