Apuntes sobre la inconveniencia del fin del peronismo

Foto: Mauricio Centurión

Que nadie diga -con un gobierno que colisiona consigo mismo en público y utiliza medios opositores para operar a sus propios funcionarios- que estos asuntos se dan entre compañeres y cuatro paredes peronistas. Sin chicanas ni lugares comunes: el Frente de Todos seguro, pero ¿está en riesgo el peronismo?

El Frente de Todos acaba de estamparse contra «recuperar la vida que queremos» y resulta que el General tiene las manos llenas de cartas y celosos, Eva y Néstor son ejemplos que queman en la memoria -espejos incómodos para el presente- y la potencia de Cristina parece encapsulada dentro del variopinto dispositivo electoral que ella misma activó. La buena filosofía nos enseña que presentar preguntas certeras es casi todo: ¿Está agotado el peronismo? ¿Cuál? ¿Es el kirchnerismo el que se encamina a ser una línea interna testimonial y con más pasado que futuro? ¿Y si todas las anteriores se responden con un sí, qué nos queda para enfrentar al neoliberalismo ultraderechizado? ¿Queremos enfrentarlos? Podríamos firmar aquí e irnos a tomar un liso («pinta», en porteñol) o un cortado en jarrita, pero vamos por el resto.

Lealtad a los leales

Todo texto que habla suscita respuestas, colaboraciones polémicas más o menos felices. Contestemos entonces que cuando hablamos de «agotamiento» no hablamos de «desaparición» (el sueño húmedo de las derechas argentinas desde hace 76 años): lo que está en riesgo a lo sumo es el Frente de Todos como su expresión contemporánea, pero el peronismo es una persistencia histórica esencial del país colonial, evasor y burgués, sin el cual -que no se ofendan Del Caño ni Bregman- nos convertiríamos sin problemas en un protectorado americano. También contestamos al paso que el Frente de Todos es un experimento electoral exitoso pero un fracaso inocultable en la gestión. Si hace dos años nos decían que nos iba a llevar cuatro años definir un sistema de tomas de decisiones que nos permita gobernar en nuestros propios términos (o sea que de gobernar aún no hablemos), hubiésemos dicho que «ni en flato», que a eso Alberto y Cristina lo resolvían en las primeras dos de las 42 reuniones que mantuvieron hasta hoy.

Aseguramos que Alberto es peronista y que Moreno también, y que Massa y que Cristina, y que Daer y que Yaski, y que Bárbaro y que Pigna y que ese es el formato predilecto del general que le explicaba a Cooke (tan peronista como Amelia Podetti y que le pedía desprenderse de oportunistas, tránsfugas y obsecuentes) que «sólo con los buenos no alcanzaba» para volver y ganar. Las citas por derecha las hacen otres, nosotres vamos a recurrir al verdadero intelectual de la izquierda peronista, John William Cooke, muy demodé en este tiempo:

«Si usted no ha hecho un pacto con el Diablo y como me temo, sigue siendo mortal, cuando usted desaparezca también desaparecerá el movimiento peronista, porque no se ha dado ni la estructura ni la ideología capaces de cumplir las tareas en la nueva era que ya estamos viviendo. No soy pesimista en exceso. Veo ese proceso como fatal pero no como inevitable. Fatal si seguimos con un jefe revolucionario y una masa revolucionaria, pero con direcciones conservadoras y apegadas –aunque declaren lo contrario– a los valores y procedimientos de la vieja política».

Asumiendo la ironía del Bebe, Perón era perfectamente humano y mortal pero el peronismo (que a esas alturas era mucho más que Perón y anidaba en el corazón de su pueblo) lo sobrevivió larga y trabajosamente. Es cierto que no produjo la síntesis ideológica y pragmática que reclamaba Cooke, tampoco la que esperaban el Gallego Álvarez, Matera, Cafiero o Menem.

La riquísima correspondencia entre Perón y Cooke revela la dicotomía que mantiene en vilo al movimiento desde 1955 y lo convierte en uno de los pocos espacios en disputa ideológica real y con vocación de poder.

Alguna vez Alberto Fernández nos dijo que la cacería desatada después de su muerte y las luchas entre las distintas líneas internas del movimiento tenía que ver con que «Perón en vida fue un bígamo, tenía un matrimonio por izquierda y otro por derecha y tenía por lo tanto una familia por izquierda y por derecha. El día de su muerte van todos al velatorio y allí se dan cuenta de que todos tenían cartas de amor de Perón, que nunca hizo la sucesión legitimando a alguna de las dos familias para disfrutar de los bienes del peronismo y desde entonces el mismísimo peronismo ha sido lo que vos quieras y así, cada 17 de octubre cada uno saca el Perón que más le conviene, saca la carta con la firma».

Alberto cuenta una anécdota: Una noche nos invitó a comer a un grupo de personas el empresario Eurnekián, y entre los invitados estaba Mariano Grondona. Yo había dejado la jefatura de Gabinete hacía días y allí se hablaba sobre lo que era el kirchnerismo, esta lógica de los empresarios de tildarlos de montoneros y yo dije que eso era una pifia enorme, que el kirchnerismo no era ni siquiera parecido a eso. Y ahí Grondona me para y dice: «¿sabés lo que pasa Alberto? Yo también tengo algo de peronista». Yo entre sorprendido e irritado le digo «esta noche y en mi vida escuché casi cualquier cosa, pero esta afirmación es mucho». Entonces me aclara que «yo soy peronista pero del tercer Perón».

«Perón bígamo», dice Alberto. «Alberto polígamo», infiel a «los que siempre lo vamos a votar» dice Hebe. Un Perón para cada uno asegura el presidente, o como le gusta valorar a Dady Brieva: «yo soy el que más sabe del peronismo, porque el peronismo es lo que yo quiero que sea». Aportemos una interpretación controversial de la teoría de Alberto: Perón no engañaba a nadie, la bigamia entre izquierda y derecha estaba expuesta y generó no pocos cruces verbales y de sangre entre los partidarios del humanismo cristiano capitalista y los del socialismo nacional. No hizo la sucesión porque esa composición diversa, incluso dramáticamente antagónica era exactamente la idea que él tenía del movimiento y tanto su correspondencia con Cooke como la actualización doctrinaria filmada por Getino y Solanas en Puerta de Hierro lo testimonian de sobra.

Cooke acierta en algo que introduce la cita: la cohesión de semejante argamasa civilizatoria dependía de la potencia y de la capacidad de quien tenía en claro la dirección del gobierno y sus fases, que sabía en qué momento activar o neutralizar a cada uno de sus componentes, conjuraba los conflictos y definía los empates. Sólo Perón podía conducir un espacio que se complejizó enormemente durante los 18 años de proscripción, sin síntesis ideológica y heterodoxo en la praxis. Y no fue su muerte la que provocó el baño de sangre que prefiguró la dictadura cívico, clerical y militar: él dejó de conducir la totalidad del movimiento no bien aterrizó en Ezeiza para reinsertarse en la historia argentina, durante los 12 meses posteriores y luego de la dramática plaza del 1 de mayo de 1974, expulsando a las juventudes políticas que calificó como «estúpidos» e «imberbes», que le cantaban «qué pasa, qué pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular» o «Rucci, traidor, saludos a Vandor».

Ya no fue el padre de todos ni tampoco eterno, moriría dos meses después y la Triple A –que registraba actividad desde marzo de 1974- asesinaría a casi 2000 personas, muchos de ellos jóvenes peronistas que habían sido señalados como infiltrados por izquierda. Uno no tan joven fue Julio Troxler, un héroe de la Resistencia que sobrevivió a los fusilamientos de José León Suárez y terminó acribillado por un pelotón de la orga parapolicial que regenteaba José López Rega (anticomunista furioso, ex secretario de Perón y Ministro de Isabel); durante un gobierno que se reivindicaba tan peronista como él.

Etiquetar galletitas, organizar un acto, congelar precios: algo tenemos que hacer

Pocas paradojas tan trágicas y crudas sobre las disputas por el control de lo que Cooke definía como un gigante invertebrado y miope, que sin embargo adaptó su estructura a casi todas las coyunturas venideras, su ideología a los imperativos de cada época y hoy –que hasta Macri reivindica al tercer Perón para convocar al peronismo que lo acompañó durante tres años y medio en el poder- sigue siendo el enemigo principal de los que históricamente lo han enfrentado: los gobiernos coloniales americanos, las corporaciones empresarias y agropecuarias que le adjudican 76 años de decadencia nacional y quisieran desperonizar el país, extinguiéndolo o domesticándolo. Son precisamente esos enemigos a los que hoy el Frente de Todos le ofrece un pacto social, una idea que suelen agitar oficialismos en situaciones de debilidad y que tiene exactamente 50 años a contar desde el Gran Acuerdo Nacional de 1971. Pactar un núcleo de coincidencias básicas en estos términos no es mucho más que capitular y gobernar en condiciones que lo único que pueden asegurar es una derrota en la próxima cita electoral.

Desde 1948, el 17 de octubre coincidió 11 veces con el Día de la Madre y jamás había sido suspendido o corrido por semejante superposición. El mismísimo Perón jamás se permitió faltar a las nueve veces que se festejó durante sus dos primeras presidencias y en el citado acto del 1 de mayo de 1974 –blindex de por medio y en otra efeméride crucial para el peronismo- enfrentó a una plaza rugiente y dividida, se bancó abucheos y silbidos, escuchó los reclamos y consignas y marcó una línea (un pueblo alegre, sin odios ni divisiones, sin infiltrados y con partidos políticos que discutan los grandes temas) utópica en esas condiciones históricas. Las precarias condiciones de gobernabilidad del Frente de Todos son mucho menos combustibles y críticas que las de entonces: no hay orgas armadas disputándose el favor del presidente ni el control del movimiento.

El peor escenario a futuro (que no es un hecho ni un fatalidad inevitable) no implica una dictadura genocida sino una derrota democrática a manos de un frente antiperonista que sueña (como expresa Horacio Rodríguez Larreta) sumar al 70% de las fuerzas políticas existentes y comprometidas con una gestión al servicio del establishment. Es decir todes menos el kirchnerismo; algo que ya tuvo Macri cuando sumó a Cambiemos al Frente Renovador, al Movimiento Evita y casi todos los movimientos sociales y a varios gobernadores provinciales. Entre ellos, Juan Manzur, el mismo que en septiembre de 2018 lamentaba «votamos todas las leyes que pidió el presidente Macri, le votamos todo y llegamos a esta situación de emergencia». Fracasaron estrepitosamente, se desmarcaron cuando el declive de Cambiemos empezaba a arrastrarlos, enjuagaron las salpicaduras y acudieron a los llamados de Cristina y Alberto Fernández para sumarse a una exitosa unificación electoral del peronismo y cortar la endemia macrista.

Cuesta ver un gobierno peronista con este grado de confusión y dificultades para gobernar. Y la pura verdad es que es el presidente el único que puede enderezarlo, porque este es un sistema presidencialista y Cristina pone las quejas, señala los quedos, pero no puede tomar el control ni va a asumir el costo de socavarlo. De nuevo, en circunstancias menos dramáticas pero cruciales, hoy Alberto enfrenta -de parte del electorado kirchnerista y sus principales dirigentes- un reclamo similar al que enfrentó Perón en 1973 de parte del ala izquierda que él mismo había alentado. «Nosotros pusimos la resistencia, los presos y la mayoría de los votos, pero usted gobierna con la CGT que prefirió durante cuatro años ser conducida por Macri que por Cristina y el programa de gobierno es el del Frente Renovador, que no es lo que se votó en 2019», es el reclamo de los que piden cumplir con el contrato electoral Perón les dio la espalda. ¿Qué hará Alberto?

Si el peronismo, como acierta Alejandro Dolina, es un movimiento con “una elasticidad mayor que permite rastrear el desatino y cambiar de rumbo cuando nos damos cuenta de que perseguimos una estrella que ya se apagó”, ¿no será este precisamente el momento de activar esa virtud?

Cuesta ver un gobierno peronista con tal grado de dificultades para gobernar. Alberto, el único que puede encauzarlo.

 

En 2018 se cuestionaba el liderazgo de Cristina pues no conducía a la totalidad del peronismo. Pues bien, lo mismo puede decirse hoy de Alberto y no aciertan a establecer un mecanismo conjunto para hacerlo. Es de esperar que todos los referentes y armadores del Frente de Todos tomen nota de una frase memorable de Horacio González, consultado para un texto conmemorativo del 75 aniversario del 17 de octubre que publicamos en Pausa. Fue más de un año antes de la derrota en las Paso y cuando la idea de un peronismo sin kirchneristas ya era el sueño y el trabajo de muchos:

«Un movimiento popular que lea provechosamente el 17 de octubre del 45 debe saber que tiene que tener un punto inabsorbible por el sistema dominante, eso es Cristina y si alguien piensa que abandonarla como un lastre, según promueve Clarín, va a generar algo nuevo o mejor, que sepa que se equivoca profundamente».

Sin complejidades ni rebusques, Horacio se lo dice a Massa, a Béliz, al Chino Navarro, a todes. En suma, lo que está en riesgo es el formato actual, el Frente de Todos, pero el peronismo no va a desaparecer. Puede ser derrotado electoralmente, cooptado y vaciado de contenido como en los noventa. Pero seguirá siendo una persistencia encarnada en el sentimiento popular: es precisamente esa experiencia la que debiera enseñarnos que sin él (ese hecho maldito que unifica en la crítica a derechas e izquierdas trotskistas) puede haber lucha y resistencia heroicas, piquetes, barricadas y mártires, pero el sueño de un patria libre, justa y soberana será precisamente una ensoñación, o poco más que una consigna estampada en un puñado de canciones, una bandera o una pared.

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