La literatura como fenómeno fisiológico

Esa fue la consigna que se le ocurrió hace algunos meses a Pablo Escudero para presentar Las Pastillas del espíritu santo, su último y genial libro de cuentos que alguna vez trataré de comentar. Por lo pronto, transcribo algunas de las borrosas ideas que intenté pensar cuando tuve que toparme con semejante título.

Leer implica un acto físico, fisiológico, que tenemos incorporado como natural pero que supimos aprender como especie en relativamente poco tiempo. La escritura cambió el modo y las posibilidades de pensar y sentir, los nombres que damos a lo que nos pasa y hasta la idea más o menos actual de no separar tajantemente cuerpo y mente, pensamiento y emoción, y todo eso.  Aprender a leer en silencio fue un acto decisivo en el devenir del dominio de esta tecnología que ya no vemos como tal. A partir de entonces la experiencia pudo ser individual. Sin ese artilugio, entre muchas otras cosas, no hubiera existido el porno, porque recién ahí, por ejemplo, empezó la literatura erótica. No recuerdo ahora de qué libro se decía que se leía con una sola mano. 

En algún momento, me acostumbré a llevar un libro al baño. No por lector voraz, no como Mario Santiago Papasquiaro más conocido como Ulises Lima, de quien se dice que leía debajo de la ducha, por no interrumpir la lectura. Lo mío era justamente más fisiológico en pleno sentido, el acto de leer facilitaba el necesario acto que me había llevado hasta allí. Durante un buen tiempo, cuando me sucedía la desgracia de tener que sentarme en algún baño ajeno, leía etiquetas de champú, de papel higiénico, de jabón y cualquier cosa escrita que alcanzara mi mano. Merced a esos menesteres, aprendí nombres de fábricas, procedencias, fórmulas y muchas otras cosas inútiles que no vienen al caso. Abandoné ese involuntario estudio y la costumbre de tener libros en el baño, cuando empezamos a vivir frente a pantallas y se me ocurre que a mucha gente hoy le debe resultar incómodo sentarse en el baño sin el celular y que, llegado el caso, probablemente recurran a la misma manganeta que referí.

Trato de ser más serio y lo que se me ocurre sigue siendo más bien plano o literal.  Pienso en la literatura y el arte, en el efecto y el efectismo. Pienso que la literatura que ha perdurado provocó y provoca muchas cosas distintas que fueron cambiando con el tiempo. El quijote empezó siendo solo un libro que causaba risa. Recuerdo un sketch de los Monty Python, donde en una guerra un ejército usaba un chiste que hacía morir de risa, lo traducían a la lengua del enemigo y cada palabra que componía el chiste era disparada con megáfono por un soldado distinto que antes y después se tapaba los oídos. Luego, todos los soldados enemigos que escuchaban, literalmente, morían de risa. Más acá, hay un cuento de Ariel Aguirre que menciona un poema que provoca vómitos, y hay otro cuento de él que a mí me dio la sensación fisiológica de flotar en el aire, como hice tantas veces en sueños. Pienso en el gusto a pesadilla que queda después de leer Casa tomada, que volví a sentir hace muy poco con un cuento inédito de Analía Giordanino. Pienso en la sensación de escuchar una música en el cuerpo, leyendo la novela de Mercedes Bisordi y en el encierro y la asfixia en una novela de quien me puso a escribir sobre este asunto. 

Vuelvo a pensar en la literatura que marca y que perdura y sospecho que es la que, por misteriosas razones, logra generar distintas ideas, emociones y sensaciones fisiológicas, sin tener previamente el determinado propósito de hacerlo. Lo que se hace para provocar determinada cosa, abunda. Desde lo comercial a lo experimental sobran textos con propósito declarado, asquear, asustar, reír, divertir, enamorar, conmover, enseñar, convencer y así. Pero se me hace que aun cuando logran su predecible efecto, se trata de algo inocuo, que no deja nada y se olvida en menos tiempo del que se pierde leyendo esta oración. El ejemplo más fácil es el de los best sellers, que, por supuesto, no dejan de tener sus méritos. Si escribir uno estuviera al alcance de cualquier salame, yo sería millonario hace rato.

Una mujer brillante (luego empeñada en ser una vieja chota), una mujer de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo, cuando era brillante, que la literatura es el tipo de discurso en el que entran en tensión lo estético y lo ideológico. Tensión es nudo, suspensión de certeza, cosa que está a medio decir y a medio sentir. 

La poesía popular es, en cierto modo, espontánea, o al menos libre de las reglas del mercado o del canon. Digo poesía popular o como queramos llamar, a frases como “alto guiso me hago” “nacen así con el corazón ortiva”, “la concha de tu madre All boys”, “andá payá bobo” por citar algunas al azar. Son frases elegidas entre miles, por su forma, por su sonoridad, por el gusto de repetirlas, pero también porque en el momento que se eligen dicen algo que se siente o que se cree pero que no se puede expresar literalmente. Por eso pierden rápidamente la relación con su referente, se repiten como un verso, provocan sentidos difíciles de precisar, de traducir. Algo parecido pasa con los chistes, los memes y los rumores. El arte, sin ánimo de escandalizar, cumple y ha cumplido un propósito más o menos similar, y con esto no quiero decir que lo mismo vale El quijote, que un meme gastando a Racing. Digo también que la literatura que perduró logró hacer eso en contextos completamente distintos, logró generar, expresar, sintetizar y alumbrar sensaciones, ideas y sentimientos. Catarsis, decían los griegos.

Se me ocurre entonces que la literatura es fisiológica cuando sentimos que nos pasa algo con eso que leemos pero no sabemos bien qué, ni por qué, y ese algo es una mezcla fisiológica en distintos niveles. Un revoltijo intraducible muy necesario para sentir, para pensar, para imaginar, para entender, para ver, para ver lo mismo de otra forma, para tocar, para putear, para enamorarse, para llorar, para vomitar, para dejar hablar al viento. Aunque después irremediable y torpemente, intentemos poner en palabras esa experiencia, y digamos, por ejemplo, como yo más arriba, encierro, flotar, música, asfixia. Lo mismo vale para buena parte de las cosas que se escriben en las contratapas y las que se dicen en las presentaciones de libros, menos en las de Pablo Escudero, por cierto.

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