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Año 2018. El entonces titular del Banco Central, Luis Caputo, descansa en Brasil en el medio de una corrida cambiaria, tras haber generado un endeudamiento masivo en dólares en los dos años anteriores.

Los anuncios económicos agravarán los problemas actuales y crearán nuevos. Estamos a las puertas de la combinación de los dos mayores traumas de nuestra democracia: el 89 y el 2001. ¿Qué tan lejos están las provincias de volver a las cuasimonedas? Otra vez los trabajadores pagarán el triunfo de los exportadores.

Los anuncios presentados por el ministro de Economía, Luis Caputo, agravarán los problemas existentes y crearán otros nuevos. Las medidas no generarán estabilidad. Si logran frenar la inflación, en el muy largo plazo y nadie explica cómo, lo harán al costo de devastar al país y a sus ciudadanos.

Los únicos ganadores bajo este modelo serán las empresas o particulares con capacidad de generar bienes y servicios exportables, con independencia de las ventas en nuestro país. Todas las medidas pulverizan el mercado interno.

Desocupación de dos cifras

Quienes perderán automáticamente son los empleados públicos, las personas que dependen de la seguridad social (jubilados, quienes perciben Potenciar Trabajo y también los de AUH: la duplicación no alcanza para nada). Luego perderán los negocios de cercanía que de ellos dependen. En segundo lugar, sin mucha demora, caerá el sector privado dependiente de las compras de los asalariados argentinos.

Los empleados públicos que no caigan en la reforma del Estado al menos conservarán sus trabajos. El resto, en todos los sectores, formará parte del aumento del desempleo, que más temprano que tarde volverá a ser de dos cifras, en combinación con una inflación galopante. Aun en aquellas empresas que puedan ganar más con el actual modelo se sucederán los despidos: se aprovechará el clima de época.

Todos esos restoranes llenos se vaciarán. Todas esas avenidas donde hoy circulan consumidores, se vaciarán. Los pequeños negocios que iluminan esas avenidas, se vaciarán. Todos esos pequeños puntos turísticos con cascaditas pedorras, se vaciarán. A fines de los 90 proliferaron los remises como último escalón laboral de los desempleados. Con el estallido, ni eso quedó. Lo mismo le va a pasar a los repartidores de app, en breve.

La pulverización del mercado interno no sólo traerá una recesión profunda, sino que agravará el déficit fiscal. Cuando no hay para comer, no se pagan los impuestos. Habrá que ver cuál será la reacción del actual gobierno. De acuerdo a su marco teórico, no debería emitir pesos o deuda en pesos para financiar el rojo, por lo cual el ajuste debería profundizarse. Imposible saber por dónde. La otra fuente posible sería el endeudamiento en dólares, como hizo el propio Caputo, hasta el infinito, con el macrismo. Imposible saber por dónde, también.

Una cosa es que la plata no te alcance, por la inflación, otra es directamente no tener plata, porque te despidieron. Los jóvenes asalariados van a tener este descubrimiento. Y los jóvenes más jóvenes, que nunca entraron al mercado laboral, van a descubrir lo que es trabajar gratis o por el bondi durante mucho, mucho, mucho tiempo, medido en años, con tal de ocupar un lugar o juntar alguna línea para el CV.

Reaparecerá la masividad de los hogares de clase media con convivencia de tres generaciones: jubilados empobrecidos sin capacidad de alquilar o de pagar remedios, adultos al borde del despido, jóvenes expulsados del mercado laboral.

Lecciones de Javier Milei para nuestro futuro

Inflación que te va a dejar sin trabajo

Nada se dijo ayer sobre los salarios. La liberación de precios, la quita de los subsidios y la devaluación producirán un fogonazo inflacionario que quedará en los libros de historia y que, por sí mismo, tardará en aplacarse. Esto profundizará la pérdida de poder adquisitivo a niveles superiores a los del ciclo macrista.

El ingreso de divisas que vendrá con una buena campaña agropecuaria y con las menores importaciones de energía, gracias al Gasoducto Néstor Kirchner, dará un poco de respiro al dólar a comienzos de año y durante el invierno. Sin embargo, por otro lado, corresponde pagar abundante deuda externa privada y con organismos internacionales durante este año. Así como entra, se va.

Las medidas del gobierno son presentadas como naturales, lógicas y necesarias. Se las llama “sinceramiento”. No es ni una cosa, ni la otra, ni la otra. Y mucho menos tienen que ver con la honestidad, la verdad, o la transparencia. Las medidas que tomó el gobierno son el resultado de la victoria política de un mínimo grupo de empresas y de la derrota de los trabajadores que fueron representados por el único sector de todo el espectro partidario nacional que se le puso enfrente, el peronismo (con apoyo del socialismo).

La clave para comprender el fenómeno actual es observar la inflación por aumentos de costos. Los precios no sólo se forman por la codicia injustificada de empresas con capacidad de capturar el ingreso de los trabajadores, como hizo Arcor en 2020, durante la pandemia. Los precios, sobre todo, se definen por los costos de producción: van a volar los insumos importados y el precio de prender las máquinas (tarifas) y hacer circular los bienes (combustibles). No suben ahora los precios porque un puñado de empresas se quieran apropiar de los aumentos salariales. Suben porque no queda otra: sube el insumo, la luz, el gas, el agua y la nafta.

El problema va a ser cuando los aumentos impulsados por la suba de costos ya queden afuera del rango del poder adquisitivo. Ahí es cuando las empresas van a dejar de vender. Contra la teoría que indica que los precios ofertados bajan cuando cae la demanda, las empresas van a cerrar por la imposibilidad de vender sus productos por debajo de sus costos de producción.

La cadena de cierres va a ir de accesorio a lo imprescindible. Qué se deja de comprar primero es la pregunta relevante. Hotelería y restaurantes, adiós. Perfumería y regalos, adiós. Mueblería, calzado y textiles, mínimos necesarios. Reparación y venta automotor, lo imprescindible. Construcción y ferretería van a caer en picada automáticamente, hasta quedar sólo al nivel de mantenimiento o de la demanda de los exportadores que conviertan su moneda dura en departamentos vacíos. Alimentos y farmacia, segundas marcas.

A la industria argentina la van a hacer mierda.

La combinación entre desocupación masiva e inflación disparada no tiene antecedentes en la historia democrática. En el 89 no hubo una crisis de empleo masiva. En el 2001 la disparada de precios sólo duró unos meses.

Acá nada explica por qué se va a detener la espiral de deterioro. Una devaluación combinada con una suba de tarifas y una liberación de precios en el mercado interno va a empujar a una nueva devaluación, que va a generar suba de tarifas y de precios del mercado interno… y así.

El único freno es la destrucción lisa y llana del mercado interno. ¿Pero cuál es ese límite? ¿Cómo se lo define?

Lo que sí está claro es qué se va a hacer con la protesta social –organizada y contenida o desorganizada y arrasadora–, y también, con el inevitable aumento de los problemas de seguridad urbana producto del aumento de la desigualdad y la pobreza. Habrá sangre en la calle. Detalle extra: ni en el 89 ni en el 2001 había una presencia tan fuerte de la falopa en los hogares y del narcotráfico en la economía.

La eficiencia de Patricia Bullrich en ese objetivo está descontada, la gestión durante el macrismo lo prueba. No sucede lo mismo con el resto del Gabinete, que combina falta de experiencia con precaria formación. Javier Milei no llegó a ocupar todos los cargos necesarios para que funcione el Estado, mendigó funcionarios y capacidad técnica al gobierno saliente, incluso para subsanar sus agresivas declaraciones para China y Brasil, los dos mercados externos más importantes de Argentina.

The Argentina Chainsaw Massacre

Los juegos del hambre provinciales

La malaria afectará directamente a provincias y municipios, sobre todo aquellos que carezcan de fuentes de endeudamiento externo o en pesos. Hay también provincias endeudadas en dólares a las que esta devaluación les multiplica el peso de la deuda.

La suspensión de la entrega de fondos por fuera de la coparticipación es un mazazo para las economías menos desarrolladas del norte. La caída de la recaudación de impuestos coparticipables, por la recesión, afecta directamente las arcas provinciales. Y el fin de la obra pública tiene efectos insospechados.

La obra pública de origen nacional no sólo paga grandes transformaciones como el Circunvalar Santa Fe, el Gasoducto Metropolitano o la ampliación de plata de potabilización de nuestra ciudad, que quedarán para el abandono. La obra pública paga bacheo, cordón cuneta, cloaca, iluminación urbana: paga arreglos básicos de infraestructura. Cosas que sí o sí hay que hacer para evitar el caos. Desde la descentralización de la educación y la salud, en el menemismo, las provincias quedaron casi sin capacidad propia para pagar otra cosa que no sean los salarios de maestros, médicos y policías. Iguales restricciones tienen los municipios.

¿De dónde van a sacar plata los ejecutivos locales para pagar esos arreglos inevitables? Dos pueden ser las fuentes. La primera, el voto de los legisladores en el Congreso. Por más que los envíos de dinero hayan quedado bajo la mano de Luis Caputo y no de Guillermo Francos, el ministro del Interior, los votos en el Congreso son un bien precioso para La Libertad Avanza, fuerza corta de legisladores. El problema es que no necesariamente todas las provincias tienen ese poder de fuego en las cámaras.

La segunda fuente, hay que decirlo, son los salarios de los empleados provinciales y municipales. El ajuste también va a caer ahí.

Milei no entiende nada de la vida

En los tiempos finales del gobierno de Fernando De la Rúa la solución a la falta de solvencia financiera de las provincias fueron las cuasi monedas. Casi todas las provincias emitieron bonos, que valían todavía menos que el peso. En la cercana Entre Ríos, la cerveza del 2002 salía dos pesos o tres “federales”, la moneda con la que cobraban el 70% del salario los trabajadores públicos.

Si bien lejano, ese sería uno de los escenarios posibles para un gobierno que llegó al poder prometiendo la dolarización y el ajuste a la política y no a la población: una economía llena de desempleados y con los precios volando –eso es un hecho ya– y con decenas de monedas diferentes.

 

 

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