Yira, yira

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Por Gabriel Pandolfo (*) encuentro

Más allá de las habituales cuestiones personales que se hablan en nuestros consultorios, aparecen como trueno el cansancio profundo, el "no me alcanza", "no llego", "tuve que sacar un crédito", "tuve que pedir a mis viejos", "tuve que ayudar a mis viejos", "no entra nadie al negocio".

Cuando la angustia se hace lluvia torrencial, ponerse a reparo no es fácil. Cuando la subsistencia se pone en jaque, cuando no se pueden adquirir los bienes básicos para una vida digna - o sólo puede un porcentaje menor de la población - no hay salud mental posible.

Creo que no es casual que se haya puesto de moda la frase "fingir demencia". Hacer de cuenta como que, vivir como si lo horroroso no estuviera pasando. Como si el topo no estuviera socavando los cimientos de nuestros lazos sociales.

Cuando el descuido del otro se hace jactancia obscena, queda el otro, el par, el amigo, el familiar. Queda el "nos juntamos a la canasta", “tomemos unos mates” (aunque sean con yerba de ayer). En esos lazos, charlas, amores, música, lecturas, el "dios mercado" entra menos. No sabe del amor, aunque intente gestionarlo. Ese dios está manejado por plutócratas (y pedófilos). Thánatos juega de local en el mundo. Los superiores arrasando a los inferiores. Los elegidos a los desechados. Lo blanco a lo negro. "Genocidio en tu pantalla" y aún así, lo que se ve es puesto en duda, subestimado. encuentro

Siempre se dijo que, si se hubiera sabido lo que pasaba en los campos de concentración, "la gente" no lo hubiese permitido. Hoy dolorosamente comprobamos la caída de ese argumento. Entonces, en medio de este lodo, la apuesta a Eros, al encuentro con el otro sigue siendo, quizá, la mayor rebeldía. Hasta que irrumpa, nunca se sabe cuándo, eso que parece anestesiado, eso que no explota. Y que tiene que ver con la palabra "pueblo".

(*) Psicoanalista. Psicólogo.

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