Contra el criterio que quiere ajustar la Universidad a la lógica de una máquina de hacer chorizos, una reivindicación de quienes dejaron incompletos sus estudios superiores. Por qué ese es uno de los mayores éxitos de nuestra comunidad.
A Fernando Segovia, quien me expuso este argumento
Desde hace dos largas décadas un señalamiento cae sobre la Universidad pública: supuestamente, la cantidad de egresados es demasiado baja en función de la cantidad de ingresantes. Ese reclamo suele venir desde afuera de las universidades, aunque durante los últimos diez años también las gestiones académicas se hacen eco. El problema con esa demanda es que se pierden de vista dos funciones mucho más importantes de la educación pública superior. Y además, para usar la terminología de los babachos que están hoy a cargo del gobierno, plantear así la cuestión trae un serio problema de “incentivos”.
Vamos a ingresar en esa discusión conceptual y no en las trivialidades en las que incurrió en los últimos días el Secretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, que hace escarnio al indicar que cada egresado de la Univesidad pública sale, en promedio, 57 millones de pesos. Zanjemos rápido ese asunto. El simple cálculo aritmético señala que, para una carrera de cuatro años, ese costo es de aproximadamente 800 dólares por graduado por mes. No existe una sola universidad en todo el mundo que sea tan eficiente en la ecuación precio y calidad. Eso es porque en la mayor parte del mundo hay que pagar para estudiar. Y a eso nos quiere llevar este gobierno. Pasemos a lo importante.
Desde el lado del egreso
A una Universidad X entran mil personas, entonces hay que tener aulas para mil personas, docentes para mil personas, becas en proporción a las mil personas, personal administrativo y de servicios para mil personas, y así. El presupuesto se elabora en función de esas mil personas que entran, no en función de la cantidad de egresados. El reclamo por la cantidad de egresados que se le hace la Universidad tiene, entonces, motivos puramente presupuestarios.
Por eso el Álvarez vive poniendo el foco en este punto. Su problema real no es la cantidad de egresados, es cómo justificar el recorte presupuesto.
Pero, además, ¿baja o alta respecto de qué es la cantidad de egresados? ¿En comparación con una universidad privada con una base mínima de estudiantes nuevos por el costo y la evaluación de ingreso, como las del resto del mundo? ¿Y qué pasa con lo que debería venir primero: la calidad de los egresados?
Caen luego una serie de cálculos más obtusos todavía, como el de cuánto cuesta cada egresado, como resultado de la división entre el presupuesto y la cantidad de egresados. Es muy probable que la carrera de oceanografía, entonces, sea carísima. Más caro ha de ser no tener oceanógrafos en el país con mayor plataforma submarina del planeta.
De nuevo: el valor del egreso no está en la cantidad. Ese criterio es válido para una máquina de hacer chorizos. Por supuesto que es beneficioso para el estudiantado que tenga los acompañamientos y las tutorías necesarias para alcanzar el egreso. Pero lo que el egreso debe garantizar es que el título tenga valor real. Que el egresado marca una diferencia en sus conocimientos por ser un profesional y que esa profesión tiene una función –así sea puramente académica, lo cual es mucho– en la sociedad.
Centrar la cuestión universitaria en la cantidad de egresados es un fuertísimo incentivo para ir en contra de lo que se señaló como condición y objetivo principal del egreso, la solvencia profesional. Desde las gestiones universitarias hasta los docentes en la cátedra pasan a tener como preocupación clave cómo aprobar estudiantes, con la nube del recorte presupuestario flotando sobre sus cabezas. Es un problema de “incentivos”, para hablar en su pobre jerga.
Es resumen, por el lado del egreso, el problema está mal construido. La clave no es el volumen, no es la cantidad, es la calidad y la mentada excelencia. Y en ese aspecto, la potencia crítica y pragmática de los egresados de nuestras universidades públicas son conocidas globalmente. Todavía hacemos punta. Si sigue avanzando este ímpetu choricero, se perderá un activo material estratégico de nuestro país.
Los que abandonaron la Universidad hacen mejor al país
Por el lado del ingreso está el punto de ataque más ladino de los oscurantistas: está en juego la gratuidad y el acceso irrestricto. Y ese es el mayor valor de nuestra Universidad pública.
En el sistema universitario argentino la enormísima mayoría de los estudiantes abandona sus carreras. No sucede lo mismo prácticamente en ningún otro sistema del mundo. Y esto es así por una característica única de nuestro país: acá ir a la Universidad es gratis y no hay examen de ingreso.
Y eso es un valor. No podemos ser tan alfeñiques en nuestras convicciones como para olvidar que la gratuidad y el ingreso irrestricto son valores superiores que muestran lo mejor de nuestra sociedad y nuestra cultura. Acá es donde no hay que ceder, nunca. Es un orgullo que toda la comunidad haga su esfuerzo para que la educación superior sea así. Retroceder en esa decisión, macerada a lo largo del siglo XX, es pegar un feroz salto para atrás.
Desde el fondo de nuestra identidad se escucha “M’hijo el dotor”. A muchas universidades les faltará mucho para vestirse de obreras, pero nadie puede discutir que tantas otras en todo el país son el mejor ejemplo de mecanismo para la movilidad social de los hijos e hijas de trabajadores. Podemos apelar a la estadística: el 65% de los estudiantes de la Universidad pública pertenece a los seis deciles más pobres, según la Encuesta Permanente a Hogares. Sin la gratuidad eso es imposible.
Y por las mismas razones, hay que tener un tupé bárbaro para llamarle “fracaso” al abandono de una carrera superior. Hacer una sola materia, dos, cinco, quince, todas menos esa que falta para el título, tiene muchísimo valor para la persona que cursó esas materias y también para la sociedad en su conjunto.
Por qué tiene valor: porque siempre es mejor haber cursado en la universidad que no haberlo hecho. Quien hizo sólo cinco materias y dejó sabe esas cinco materias más que quien no lo hizo nunca. Sabe quién es el de “los pies ligeros” y el “fecundo en ardides”, escuchó sobre la pirámide de Kelsen, sabe que al hígado hay que cuidarlo en serio o que el 95% de los economistas de la tele no pasaron del Mochon y Becker.
Son millones de personas que estudiaron un poco más que la secundaria. Que valoran la investigación, el arte, la ciencia, los libros. ¿Cómo no va a tener utilidad social que hayan tenido ese recorrido extra? ¿Cómo no va a tener valor además para sus hijos, sus trabajos, su vida social, haber estudiado un poco más? ¿Cómo no va a servir que en la casa haya libros, que la lectura esté en un pedestal, que se sepa que discusión se lleva por los argumentos y no por los gritos?
Somos esa sociedad que abunda en librerías y que debate política con pasión porque somos la sociedad donde es gratuito ir a codearse y pensar con quienes están en el tope de cada campo de pensamiento. Tenemos un centro cultural en cada pueblo y una biblioteca popular en el rincón más recóndito porque no falta en ningún lugar esa persona que, al menos, pasó por las aulas de alguna Facultad.
La persona que pisó una Universidad conoce esa pequeña comunidad dedicada al conocimiento. Tuvo esa ilusión. Encontró gente de todas las clases sociales esforzándose por un mismo objetivo. Una persona que abandonó a la quinta materia al menos una vez levantó la voz y puso el cuerpo para debatir por una idea que sólo la afectaba en ese momento y lugar, en un aula universitaria. Se expuso por el solo hecho de razonar en conjunto. La Universidad es emancipadora y los libertarios te quieren borrego.









