
En la ultraactividad de los convenios laborales está la fuerza del derecho del trabajo. Nació en 1953 y fue uno de los blancos dilectos de todas las dictaduras. También Menem, De la Rúa y Macri quisieron gatillarle el arma que siempre cargaron las patronales agroindustriales. Milei puso el tiro de gracia, ¿Tantas veces la mataron, tantas resucitará?
En marzo de este año se cumplieron 50 redondos años de la última dictadura cívico, clerical y militar o, lo que es lo mismo, la dictadura burguesa terrorista. Definición clave para entender el porqué de la inhumanidad burocratizada que produjo 800 centros clandestinos, por los que pasaron decenas de miles de víctimas: el afán criminal, sin reparo ético, moral ni legal de imponer el proyecto económico y cultural de la fallida burguesía no nacional, que es la mayor persistencia histórica argentina (164 años desde el primer Mitre, digamos, muchísimo más que el peronismo y el antiperonismo).
Y la ultraactividad de los convenios colectivos de trabajo, eso que muchos no comprenden bien de qué se trata, que acaba de desaparecer en plena democracia, fue la fusilada número 13 en 1965 y en 1976 fue la desaparecida 30.001.
Es una víctima múltiple (son 446 convenios en revisión que afectan la labor cotidiana de más de siete millones de trabajadores) y de definición compleja. Puede definirse didácticamente como la vigencia de los acuerdos sobre salarios y condiciones laborales, donde se establecen derechos y obligaciones de trabajadores y empleadores y que resulta de lo que la Organización Internacional del Trabajo define como “diálogo social”.
La necesidad y vigencia de esos acuerdos se estableció por Ley 14.250 en el año 1953, es decir que forma parte del plexo normativo conque el peronismo intentó regular la desigual relación entre patrones y empleados. Fue derogada en 1955 por la revolución libertadora y contó con la anuencia de la infame Junta Consultiva Nacional, un parlamento unicameral y absurdo de antiperonistas que reunía a radicales, socialistas, democristianos y demoprogresistas convencidos –como Macri y Milei– de que había que borrar toda evidencia física, cultural y finalmente legal del peronismo. Fusilar, encerrar, exiliar, relatar y derogar fue la fórmula que se estrenó hace 71 años, y se aplica con variantes y actualizaciones hasta el día de hoy.
Cordero suelto, convenios atados
Incluso concediendo a las izquierdas que el peronismo es el hecho burgués del país maldito, la abrumadora mayoría de las leyes y decretos que componen el plexo normativo de la seguridad social argentino –aquí se cuenta a la Constitución de 1949, punto más alto del constitucionalismo social– fue producido y sancionado durante alguno de los tres primeros gobiernos peronistas.
La ultraactividad de los convenios colectivos, que no es más que la vigencia de los mismos más allá de la fecha de vencimientos de esos acuerdos tripartitos (empresas, trabajadores, Estado), se incluyó la Ley 14.250 en 1953, fue mutilada en el artículo 5 por la Libertadora. En 1966 la dictadura cursillista de Onganía suspendió todo por decreto, los convenios y la ultraactividad. Mediante un Acta de Compromiso Nacional de 1973, el peronismo reabrió las negociaciones colectivas por rama de actividad entre patronales y sindicatos y se firmaron en 1975 dos de cada 10 convenios vigentes. El total de convenios establecidos en el mercado laboral es de 505, de los cuales sólo 111 datan de ese año, en el que incluso el peor peronismo conocido hasta entonces, garantizaba derechos laborales y sociales en medio de la devastación del Rodrigazo y la debacle institucional que incluía el laboratorio de ensayos acordado con las cúpula empresarias para descabezar juntas internas y delegados gremiales.
El hoy Secretario de Trabajo y cuadro formado en esa cúpula, Julio Cordero, intima a renegociar 446, muchos de los cuales fueron varias veces reformulados y mejorados por “nuevas convenciones colectivas”, tal como prescribe la Ley vigente. Y como se ha hecho cultura nacional, tanto en la política como el periodismo intelectualmente perezoso y económicamente ensobrado, la manipulación y las invenciones estadísticas, hay que decir que es mentira que más del 50% de los convenios vigentes daten de 1975 y se mantuvieran estáticos desde entonces. Son el 21,9% y sufrieron numerosas modificaciones, reflejan más de 50 años de lucha gremial para establecer un piso salarial y de condiciones de salud y seguridad laboral, que nos alejen de las modernas formas de semi esclavismo que hoy consagra la Reforma laboral libertaria (Ley 27.802).
Afinemos estas cifras, con un informe del Centro de Estudios sobre el Trabajo y el Desarrollo (CETyD), que también conocen en la Secretaría de Trabajo, pero que nadie cita ni publica, mientras casi todos mienten: del total de convenios sectoriales existentes (el 95% generales y el 5% por empresas), el 54% fueron pactados entre 2004 y 2014, el 22% fue acordado en negociaciones que datan de 1975, un 14% es producto de paritarias de la década del 90 y sólo un 10% corresponde al período 1988-1990.
“La atomización que producirán los sindicatos y convenios por empresa, lo único que va a producir es que la decisión final será la del patrón”. El Director de CETyD, Matías Maito, asegura con evidencias que “el mapa de convenios, aunque falta la reestructuración de muchos de ellos, está menos desactualizado de lo que se cree”. Según el Licenciado en Ciencias Políticas y también docente de la Universidad de San Martín “habría que señalar que en los últimos años, las crisis inflacionarias y el retraso generalizado de salarios hizo que casi no se discutan otros contenidos no salariales o que configuran salario indirecto, hay incorporaciones interesantes sobre género, teletrabajo o consumos problemáticos, pero son minoritarios, los gremios parecen no tener margen para discutir otra cosa que no se ingresos”.
Y así llegamos hasta aquí: Cordero suelto y sindicatos atados, con una cancha excepcionalmente inclinada, que no pudieron capitalizar ni Jorge Triacca (p), Enrique Rodríguez o Erman González, tampoco Alberto Flamarique o Patricia Bullrich, Jorge Triacca (h) o Dante Sica. Nueve presidentes de facto y cuatro democráticos (Menem, De la Rúa, Macri y Milei) hicieron falta para “matar” la ultraactividad de los convenios colectivos de trabajo. Que se empeñan en ser resucitados por gobiernos con algún aprecio por la justicia social como eje ordenador de un capitalismo humano, capaz de reconciliarse con alguna forma de la democracia.
Consultado por Pausa, el abogado laboralista y asesor sindical León Piasek sostiene que “la ultraactividad no es ni un privilegio ni un capricho, es único modo de que –en un país con tantas interrupciones dictactoriales o democráticas que amenazan suspender el Estado de derecho– los y las trabajadoras tengan garantizados una base de condiciones dignas, negociables, que no impliquen retrocesos que están contraindicados tanto por la Constitución Nacional como por los Convenios 87y 98 de la Organización Internacional del Trabajo”. “Derogar la ultra actividad es el sueño de todo gobierno antisindical y antiobrero, en el contexto actual la negociación propuesta por la patronal será a la baja”.
Sobre las herramientas legales para resistir las modificaciones impuestas por la reforma laboral libertaria, Piasek asegura que “mientras este gobierno no consiga mayorías para reformar la Constitución o se retire como estado miembro de la OIT, hay elementos para resistir y denunciar la ilegalidad manifiesta de esta avanzada para volver a negociarlo todo, desde salarios hasta regímenes horarios o refrigerios”.
Hay un matiz para señalar, si bien la ley laboral libertaria respeta la ultraactividad para las denominadas “cláusulas normativas” (salarios básicos, horas extras, licencias, regímenes vacacionales, carrera y condiciones de salud y seguridad) y propone revisar las “clásulas obligacionales” (cuotas sindicales, aportes solidarios y a obras sociales), el llamado es a que “se renegocien todas las clásulas posibles y adaptadas a la realidad productiva del sector”. Sin contar conque esa misma ley habilita acuerdos por empresa; empresas que hoy mismo y con la amenaza de despidos destartalan los acuerdos vigente obligando a cambiar estabilidad por dinero, dinero por salud y presente por futuro, como cuando mejoran salarios en negro y realizan aportes sobre el blanco restante, mejorando el ingreso actual de trabajadores y trabajadoras, pero condenándolos a una jubilación mínima futura.
¿Y qué pasa si a algún sindicato se le ocurriese impugnar la revisión de convenios a la baja de derechos laborales? Si no hubiese acuerdo, si las condiciones fuesen inaceptables por alguna de las partes, el convenio caído es inmediatamente sustituido por las condiciones establecidas en la Ley de Contratos de Trabajo, otro invento peronista, pero que tiene menos derechos consagrados que muchos convenios específicos y que también fuera afectada por la reforma laboral libertaria (FAL, banco de horas, terciarización, períodos de prueba).
Ultraactividad de los convenios laborales: muchas incógnitas y dos dinosaurios
Cantemos una que ya sabíamos casi todos y todas: los derechos laborales pueden desaparecer, los que son estatales pueden desaparecer, los que están en la radio pueden desaparecer, las fábricas que conocías pueden desaparecer, las movilizaciones políticas pueden desaparecer… las normas peronistas pueden desaparecer, pero el peronismo estallado, ¿puede desaparecer?
Carlos Alberto García Moreno escribió la letra original en 1983, todavía en dictadura, cuando las desapariciones no eran una metáfora ni una licencia poética, eran una dolorosa y trágica realidad. Pero si cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar afiliado a nada, ni aportar solidariamente para mejoras que unos pocos defienden y luego disfrutan todos, ¿qué mercado laboral, qué país surgirá de esto?
Aquí el que aporta la salida (del embrollo y de la nota) es un misógino con algún talento, Charles Bukowski, al que le importan más la humanidad que los 47 millones de argentinos, sin precisar si será por izquierda o por derecha, con retrodemocracias o tecnofeudalismos y asegura que “el infierno del Dante parecerá un juego de niños comparado con esto / y entonces reinará el silencio más hermoso que se haya oído nunca / con el sol todavía oculto / esperando el próximo capítulo”.








