En un viaje en Uber de vuelta a casa, la aplicación del conductor sonaba sin parar. Le ofrecía un viaje nuevo. Y otro. Y otro. El conductor no dejaba de ser estimulado a mirar y a tocar la pantalla. La imagen se me hizo digna de un casino. ¿Hay una lógica común entre una máquina tragamonedas y una aplicación de trabajo?
Por Victoria Carballo*
Nadie entra a un casino pensando que va a quedarse toda la noche. La idea suele ser otra: "me quedo una más". Una partida más. Una apuesta más. Un intento más. Quienes trabajan con aplicaciones como Uber, Didi o PedidosYa, describen algo parecido. "Hago un viaje más". Después, un mensaje anuncia que faltan apenas dos viajes para acceder a un incentivo. Nunca se sabe si el próximo viaje será el que complete el bono, ni si justo ahora comenzará una tarifa dinámica. La incertidumbre deja de ser un problema del sistema para convertirse en uno de sus principales motores.
La jornada se estira, ya no porque haya un jefe ordenando quedarse dos horas más. Tampoco porque exista un horario obligatorio que cumplir. La decisión parece ser siempre individual. Sin embargo, la plataforma nunca deja de ofrecer un motivo para seguir conectado.
Está claro que manejar un Uber no es apostar en una máquina tragamonedas. Estamos hablando de un trabajo para poder sustentarse. Por supuesto que la principal razón para permanecer disponible es la necesidad de generar ingresos. Pero es interesante marcar que el diseño de la aplicación opera sobre una necesidad preexistente, potenciándola, y pensar cómo ese diseño puede afectar a quienes dependen de estas plataformas como única o principal fuente de ingresos.
¿Cómo son diseñadas las condiciones laborales de los trabajadores de plataformas y qué efectos produce ese diseño sobre sus cuerpos, sus tiempos y su salud mental?
Hacernos estas preguntas no implica responsabilizar a quienes trabajan en estas plataformas ni a quienes las utilizan. Tomamos la comparación con el casino para pensar la responsabilidad que tienen las empresas cuando diseñan aplicaciones que incorporan mecanismos destinados a prolongar la permanencia, administrar recompensas variables y sanciones y hacer cada vez más difícil encontrar un buen momento para detenerse.
También para preguntamos qué garantías ofrecen los Estados para regular esas condiciones de trabajo, proteger derechos laborales históricamente conquistados y prevenir los efectos que estos nuevos modelos de organización pueden tener sobre la salud de quienes dependen de ellos para vivir.
La arquitectura de la permanencia trabajo
La antropóloga Natasha Dow Schüll estudió durante años el diseño de las máquinas tragamonedas en Las Vegas. Su tesis fue que las personas no prolongan su estadía únicamente por la promesa del dinero que pueden ganar. Quedan capturadas porque las máquinas fueron cuidadosamente diseñadas para sostener un estado de continuidad, donde siempre parece tener sentido seguir una jugada más. El objetivo no es únicamente premiar, es también impedir que aparezca un punto natural para terminar.
En este tipo de diseños, se dispensan recompensas a un ritmo continuo, porque de esa manera la atención queda absorbida y la persona se queda más tiempo. Además, según la investigadora, la máquina ofrece: sonidos, animaciones, retroalimentación constante, sensación de progreso, algo muy similar a lo que ocurre en las plataformas digitales de trabajo.
Del patrón al algoritmo
Usamos el concepto de gestión algorítmica del trabajo para describir una transformación profunda en la organización laboral actual. En estas plataformas, es el algoritmo el que se encarga de distribuir viajes, definir zonas de alta demanda, evaluar el desempeño e incluso organizar los tiempos de conexión de quienes trabajan.
El trabajador conserva formalmente la libertad de aceptar o rechazar cada viaje. Pero las condiciones en las que toma esa decisión no son neutrales, sino que están cuidadosamente diseñadas. No hay un jefe diciendo que tenés que seguir. Hay una notificación. No existe un supervisor vigilando. Hay un algoritmo administrando recompensas y castigos. La sensación subjetiva deja de ser "me obligan a trabajar" para ser "sería un desperdicio cortar ahora". Y esa diferencia modifica profundamente la experiencia del trabajo.
Necesidad económica, incertidumbre, placer y deseo
Pensar esto desde la salud mental implica correr el foco del individuo hacia los dispositivos que producen determinadas formas de relación y la necesidad inminente de regularlos. En esta administración intermitente de recompensas, claro, también hay placer. La satisfacción de alcanzar una meta, la posibilidad de ganar más en determinados momentos, la sensación de productividad.
Las plataformas están diseñadas para articular, simultáneamente, necesidad económica, placer, expectativa, incertidumbre y deseo, para lograr su objetivo de extender la jornada laboral.
Podríamos decir entonces que las plataformas incorporan al trabajo elementos propios de la lógica del juego. Hay desafíos, niveles, insignias, rachas, objetivos diarios. En vez de un jefe diciendo "quedate dos horas más", es la propia interfaz la que dice: "Te faltan dos viajes para ganar un bono". El algoritmo puede intervenir sobre la experiencia subjetiva del trabajo mediante sistemas de incentivos. El poder no siempre se ejerce mediante una prohibición.
El sutil gobierno del tiempo trabajo
Las plataformas sostienen que no emplean trabajadores sino que conectan a usuarios con prestadores independientes. El conductor o repartidor es considerado autónomo para asumir los riesgos del trabajo, pero esa autonomía se reduce cuando se trata de definir cómo, cuándo y bajo qué condiciones consigue ingresos.
La discusión, entonces, no es únicamente cuánto gana un trabajador de plataformas. También es cuánto control conserva sobre su propio tiempo. En un documento publicado por Fundar, los investigadores proponen pensar este problema en términos de soberanía del tiempo de trabajo. Es decir, la posibilidad real de decidir cuándo trabajar, cuándo descansar y cuándo rechazar una tarea sin que esa decisión implique castigos económicos o disminuya las oportunidades futuras.
Se puede encender la aplicación cuando uno quiera. Pero cuando ese ingreso sostiene a una familia, la libertad de elegir horarios se limita al momento en el que la administración algorítmica del trabajo resulta más rentable. Y ahí aparece otra pregunta para la salud mental. ¿Qué sucede cuando la posibilidad de descansar ya no depende de un derecho laboral regulado, sino de la lógica de un algoritmo que fue diseñado para maximizar la actividad de la plataforma?
El problema no es solo subjetivo, sino político. Esos mecanismos diseñados por empresas privadas funcionan sobre una estructura de precarización y pérdida de derechos. La psicoanalista argentina Silvia Bleichmar insistía en que la subjetividad nunca puede separarse de las condiciones históricas que la producen. Si el sufrimiento cambia cuando cambian las formas de organización social, entonces también debemos preguntarnos qué subjetividades y qué padecimientos produce este tipo de organización laboral.
Libertad que también implica perder derechos
La economía de plataformas dejó hace tiempo de ser un fenómeno marginal en la Argentina. Aunque aún no se cuenta con estadísticas oficiales, según fuentes consultadas por Chequeado, más de un millón de personas trabajan como repartidores o conductores de aplicaciones. Solo en 2025, Cabify informó un aumento del 30% en la cantidad de conductores y Rappi del 38% en repartidores activos. En muchos casos, las jornadas se extienden entre diez y doce horas diarias, seis días por semana.
La narrativa de ser tu propio jefe es poderosa. Sin embargo, como se viene denunciando hace tiempo, muchos de los derechos que durante más de un siglo conquistaron los movimientos de trabajadores vuelven a quedar en discusión.
Vacaciones pagas, licencias por enfermedad, aportes jubilatorios, cobertura frente a accidentes laborales, salario mínimo, jornada limitada, ingresos fijos. ¿Estos derechos dejaron de ser importantes para quienes trabajan?
Podemos pensarlo, primero, desde el punto de vista subjetivo. Es cierto que el contexto actual de crisis económica en nuestro país, la precarización y la pérdida de poder adquisitivo hacen que, para muchas personas, la urgencia de generar ingresos hoy relegue preocupaciones ligadas al futuro, como la jubilación, las vacaciones o la estabilidad laboral.
Sin embargo, el crecimiento de las plataformas digitales es un fenómeno global, incluso en países con sistemas de protección social mucho más robustos. Eso obliga a ampliar la mirada. Nuestra época también parece estar construyendo una relación distinta con el tiempo. Las subjetividades actuales están atravesadas por la instantaneidad, la aceleración y la dificultad para proyectar a largo plazo. Las tecnologías digitales contribuyeron a consolidar estas características. En este escenario, el trabajo en plataformas no solo responde a una necesidad económica. También dialoga con un modo contemporáneo de relacionarnos con el tiempo, el deseo y la espera.
En segundo lugar, desde un punto de vista político: las empresas de plataformas se sirven de este contexto para instalar modelos laborales que décadas atrás hubieran sido mucho más difíciles de aceptar. Ofrecen una respuesta rápida a una necesidad real de ingresos y una flexibilidad atractiva para la subjetividad de la época, con un diseño lúdico y atrapante.
Un museo de grandes novedades trabajo
Quizás una de las paradojas de nuestro tiempo sea que, mientras la tecnología avanza a un ritmo acelerado, muchos derechos de los trabajadores retroceden. El poder de las grandes empresas multinacionales ya no necesita desmantelar explícitamente los derechos laborales para crecer, le alcanza con construir un modelo en el que esos derechos dejan de ser una condición para acceder al trabajo.
La historia de los derechos laborales fue, entre otras cosas, una historia de ponerle límites a la explotación laboral. Los movimientos sociales fueron conquistando derechos para que el trabajo no ocupara toda la vida. Las plataformas no eliminan esos límites mediante una ley, sino mediante un atractivo diseño algorítmico.
El problema ya no es solamente cuánto se trabaja o cuánto se gana. También es quién controla el tiempo y la disponibilidad subjetiva. El descanso, que durante décadas fue protegido mediante límites colectivos a la jornada laboral, vuelve a depender de un algoritmo diseñado por los empleadores, sin regulación estatal.
Y ahora, ¿cómo seguimos?
En distintos países comenzaron a discutirse, e incluso a aprobarse, regulaciones específicas para las plataformas digitales de trabajo. España sancionó la denominada Ley Rider. Chile avanzó con una legislación para el trabajo en plataformas. El Reino Unido reconoció derechos laborales básicos para los conductores de Uber a través de un fallo de su Corte Suprema. Y la Unión Europea aprobó una directiva que obliga a transparentar el funcionamiento de los algoritmos y a limitar las decisiones completamente automatizadas sobre quienes trabajan.
El debate ya no pasa únicamente por definir si los trabajadores de plataformas son empleados o independientes. También incluye la necesidad de transparentar el funcionamiento de los algoritmos, asegurar una remuneración mínima para quienes utilizan la plataforma como única fuente de trabajo, reconocer el tiempo en que los trabajadores permanecen conectados y disponibles para la plataforma, proteger el derecho a la desconexión digital y establecer claridad sobre jornadas, descansos y sistemas de evaluación, entre otras cosas. No solo como parte de una política de derechos laborales, sino también para asegurar la garantía del derecho a la salud de los trabajadores.
Si durante el siglo pasado las luchas laborales buscaron poner límites al tiempo de trabajo y conquistar derechos que protegieran a quienes trabajan, el desafío de nuestra época tal vez sea discutir quién gobierna ese tiempo cuando ya no lo organiza un jefe, sino un algoritmo. Y, sobre todo, cómo garantizar esos derechos en un escenario profundamente distinto.
El recurso que administran las plataformas ya no es solamente el tiempo de trabajo. También es la disponibilidad subjetiva de quienes trabajan: la capacidad de seguir conectados, de postergar el descanso, de permanecer disponibles para un viaje más. Si eso es así, la pregunta por la salud mental de los trabajadores no puede permanecer ajena a esa discusión.
*Licenciada en Comunicación Social, especialista en Salud Mental.










