A los 77 años, Carlos Alberto "El Indio" Solari partió hacia esa eternidad que ya se había ganado en vida tras convertirse en la banda sonora de nuestras revoluciones cotidianas.
“Esta vez, por fin, la prisión te va a gustar”. Así arranca la primera canción del primer disco de Los Redondos y, tal como si fuera una profecía autocumplida, el Indio empezó por el final. Para él, para las leyendas de su calibre o como el Diego, la muerte no parece un negocio tan malo si nos acordamos de la infinita cantidad de obligaciones que lo acecharon de este lado del mostrador. Obligaciones afectuosas, es verdad, pero exigencias al fin que con este último suspiro terminó de cumplir.
Su semblante es imposible de retratar en un solo texto, canción o película —no me arriesgo a decir lo mismo de la potencia de una fotografía fija—, pero sí, a lo mejor, su rastro es hallable por partes en un coro improvisado desde la esquina de algún bar, en las paredes escrachadas del barrio o en las banderas ondeando; esas que él siempre quería ver.
O ahora que lo pienso, mientras apuro estos renglones con un nudo en la garganta y otro en los dedos, quizás sí lo condensó casi todo en una sola obra: en “Juguetes perdidos” está todo. Él no estaba para tirar los piedrazos ni para bajar línea panfletaria, pero sí venía para cantar sus rocanroles como semillas que prendieran en las sienes ardientes del pueblo. No hace falta entender la semántica exacta ni hacer el trackeo minucioso de cada metáfora para darse cuenta de que algo te pica en el pecho cuando lo escuchás.
El misterio del ídolo popular
¿Qué es un ídolo popular? ¿La suma de hombre, cantante, escritor, ilustrador y agitador da como resultado "ídolo popular"? ¿Poder emocionar en cantidades masivas? Cada pregunta se vuelve inútil, insuficiente para dar en el blanco cuando se nos muere alguien así.
Le podríamos reconstruir una biografía de sus 77 años terrestres, que nació en Paraná y falleció en Parque Leloir, que tuvo un par de bandas a las que les fue bien, que tenía cariño por Cristina y por Riquelme, pero nunca vamos a alcanzar a detallar su legado inagotable, ni a dimensionar una obra que no es universal únicamente por una cuestión estadística porque en Finisterre, en el Golfo Pérsico o en Pinamar se podrían sentir tranquilamente esas mismas cosquillas en la garganta cantando “Todo un palo”.
A medida que las palabras de este texto se van acumulando, más lejos quedan de lo que verdaderamente puede representar el Indio. La literatura siempre corre de atrás a la mística, y hoy más que nunca. Así que ya nos vamos a ir yendo, pero lo hacemos con una promesa firme para los que ya están allá, para los que nos quedamos acá y para las generaciones que vienen: estas joyas patricias las vamos a seguir luciendo. Básicamente porque las necesitamos y, sobre todo, porque nos las merecemos.










