Por Lucía Lucero

Más de un millón de personas despidieron a Carlos Alberto “el Indio” Solari en el microestadio del polideportivo José María Gatica, ubicado en Villa Domínico, partido de Avellaneda, Buenos Aires, entre el domingo pasado y la madrugada del lunes. Tras 18 horas de velatorio público, alrededor de 400.000 personas ingresaron al predio y hubo una fila de más de 8 kilómetros para darle el último adiós al ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota .

Hay pocas muertes enteras

Cuando Lucía Ríos se enteró de la muerte del Indio Solari, se encerró en el baño de su trabajo a llorar. “Con él se muere una parte de todos nosotros”, le envió por Whatsapp a su amiga. Ese “todos nosotros” es difícil de traducir, pero tal vez explique algo de los casi 8 km de fila y el millón de personas que fueron a despedirse de su líder entre el domingo y parte de la madrugada del lunes. “¿Te acordas del recital en Gualeguaychú ? toda esa masa caminando por las vías en la oscuridad, era el subsuelo de la patria sublevado”, escribió.

La escena se repite y escala rápido en las redes sociales, los grupos de whatsapp y las charlas con amigos. Miles de recuerdos, anécdotas y mucha vida compartida a través de varias generaciones. Las misas ricoteras explotan en las calles de todo el país y anticipan que el funeral del míster será multitudinario.

La amiga de Lucía preparó su mochila como en la primera vez, con cierta urgencia y ansiedad. Dejó lo justo y lo necesario para que esté liviana y se calzó las zapatillas, quería ir cómoda, el domingo sería un día intenso. Recuerda un poema y se repite a sí misma: hay pocas muertes enteras. Le escribe a Rodrigo y a la Rusa, piensa en Julián. Les manda abrazos a sus amigas que le devuelven fotos de hace 12 años, “fuimos tan graciosos y valientes que aún reímos”. Cuando vio el auto en el que viajarían sabía que había un 80% de posibilidades de quedarse en la ruta, pero no quiso arruinarle la fiesta a los jóvenes estudiantes de cine con sonrisa de ganadores que manejaban “la gacela verde”, como le llamaban al Renault Megane 2005. Pusieron Los Redondos al palo, prepararon el mate y arrancaron. Horas más tarde, cuando la caja de cambios reventó en medio de la General Paz y tuvieron que esperar la grúa un par de horas bajo la llovizna, se preguntó cuándo volvería a sentirse parte de algo tan grande.

Fantasmas de juventud vienen a despedirse de mi

La multitud camina hacia los andenes de la estación de Constitución, toma el tren para bajarse en Sarandí y se dirige hasta el polideportivo José María Gatica de Villa Domínico. Niñas y niños, jóvenes y ancianos, aparecen desde todas las direcciones, se desplazan con la mirada absorta, como llevados por algo. Algunos eufóricos, otros en silencio. Saltan los molinetes, liberan los accesos. Una chica envuelta en una bandera de Argentina, lleva un parlante en el hombro y agita: ¡dale loco! La gente se enciende y canta: “Vamos vamo vamos los redó”.

Hacia el mediodía del domingo, la avenida Bartolomé Mitre a la altura de Arribeños estaba repleta. Cientos de puestos de remeras, banderas, bebidas y choripanes, se desplegaron a lo largo y a lo ancho, acompañando la procesión infinita que se extendió 8 km hasta el Puente Pueyrredón, para el lado de Capital.

Una mujer de unos 70 años arenga desde su balcón, tiene de fondo una bandera negra grande, escrita con aerosol plateado: “Indio- ∞” La gente le responde con un pogo frenético, suena el himno Ji ji ji.

Los pogos y los cánticos se desatan en cada esquina. Sólo hace falta que uno de esos pibes que son como bombas pequeñitas, lo pida. La familia ricotera se abraza, baila y canta, celebran. Un chico con la remera de Walter Bulacio, lleva en su mano un ramo de crisantemos amarillos y carga en sus hombros una bandera que reza “que la muerte nos encuentre vivos”.

Y los pueblos ardían, las banderas

A medida que la fila avanza, el clima festivo se pone tenso. La gente camina cada vez más apretada contra las vallas, a paso de hormiga, rumbo al microestadio. Un señor hace equilibrio con una bandeja de cervezas sobre su cabeza y le grita a un muchacho que está dentro de la fila: “¿Qué te pasa, la puta que te parió?”. El hombre le responde: “dedicate a vender, vos, gil”. La masa se sobresalta y se agita como un acordeón, como si estuvieran unidos unos a otros. La pelea se desarticula en cuestión de segundos, cuando el señor que insultó primero, arroja en tono conciliador: “¡Aguante Los Redondos!” El insultado, ahora reconocido, contesta: “¡Aguante Los Redondos la concha de la lora!”. La multitud se ríe y empieza a cantar. Durante horas entonan los grandes clásicos. Suena la marcha peronista y “el que no salta votó a Milei” Una chica bromeó: “si en estas 80 cuadras de gente nadie votó a Milei, ¿entonces quién lo votó?”. En el fondo se vislumbra un pasacalles “indios eternos y Cristina libre”.

Martín “el Rata” Vega se trepa para sacar una fotografía que luego se hará viral, el pueblo avanza en una columna imparable y a lo lejos flamean las banderas. La tapa del mítico álbum de Oktubre dibujada por Rocambole en 1986, se hace realidad 40 años después.

No necesitábamos más

Arístides Villagra viene de Villa Crespo a darle su último adiós al míster, tiene 50 años y desde los 14 es fanático de Los Redondos. “Uno siempre estaba esperando que tocaran porque no pasaba todos los días. Juntábamos pesito por pesito, qué manera de matar familiares, a mi abuela la enterré como 20 veces”, comentó entre risas y agregó “si me habrán echado de laburos”.

El hombre recordó el último Recital del Indio en Olavarría, “ fue en marzo pero hacía frío así que me llevé dos caloventores, paramos en un centro tradicionalista divino, instalamos las carpas en el patio, no necesitábamos más”, indicó.

El 13 de diciembre de 1997 los redonditos tocaron en la ciudad de Santa Fe, en la cancha del Club Atlético Colón. Arístides rememoró la odisea: “Llovió más de lo que no había llovido en tres meses. Los chicos estaban descalzos y embarrados. Ese día salí de mi casa con la entrada y $7,50 en el bolsillo. Hice dedo de Buenos Aires hasta Rosario y de ahí a Santa Fe, pero no tenía ni idea de cómo iba a volver. El 16 de diciembre, que es la fecha de mi cumpleaños, aún seguía caminando por la ruta. Mi vieja había hecho una denuncia por paradero, quería llamarla por cobro revertido, pero en el resto del país aún no se había implementado. Me subí a un tren carguero y llegué hasta Firmat. Imaginate: pleno diciembre, la cara crocante, los borcegos. Hice dedo hasta Venado Tuerto y caí en la casa de una tía que cuando me vio me dijo “¿Qué hacés acá? Tu mamá está desesperada, llámala, pegate un baño, comé y volá, que te saco ya el pasaje”. Estuve casi dos semanas haciendo dedo, pero llegué. Después de tanta mierda que hay por todos lados, ir a esos lugares, era magia pura. Ahí somos iguales, no hay clases sociales, ni edades, es la fiesta de todos ", planteó.

Elena Córdoba tiene 39 años y es de La Plata, afirma que Los Redondos fueron su refugio. “Cuando me peleaba con mi vieja porque le agarraba la loca, casi siempre me echaba de casa. Como toda rockera la mandaba a la mierda y me iba con mis amigas que eran más grandes que yo y escuchábamos los redondos. Una de esas veces, escuché Un ángel para tu soledad y ese tema me dio amor toda la noche”.

Sebastián Corrionero y Lucila Sofía son pareja desde hace veinte años, tienen 47 y 49, viajaron desde San Fernando, Isla del Delta. Sebastián comentó que el Indio fue en su vida “un líder a seguir, un referente, un poeta popular” Lucila sostuvo que escuchó por primera vez a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en la radio, cuando era adolescente. Al principio se asustó, pero después le generó intriga. Afirma que fue como una semilla que germinó cuando fue más grande. “A mi Los Redondos me hablaron de la libertad, pero en el sentido de la vitalidad. Nos dijeron que esto es un infierno, pero que puede ser encantador si usamos esa vitalidad para crear, bailar y gozar. El mister fue un artista popular que atravesó diferentes clases sociales, géneros, edades y a eso no lo logra cualquiera” indicó.

Los testimonios se repiten. “Soy de La Plata, tengo 46 años. Lo conocí a través de unos amigos a los 13 años y me acompañó en todas mis soledades” exclamó una mujer acodada sobre la valla. “Anoche leí una frase que decía que el rock no te sana, pero te acompaña cuando sangrás. A los que no nos tocó una vida fácil fue como una lucecita de esperanza. Siento dolor, como cuando se te muere un ser querido, pero sé que será eterno por sus canciones y su legado” pronunció.

La fila se acerca al Gatica mientras se transmite en vivo el velatorio. Suena de fondo “Preso en mi ciudad” y la gente corea despacito. Un flaco de pelo largo y jeans gastados se quiebra cuando ve el cajón en la pantalla grande, mientras una chica lo envuelve en un abrazo y le da un beso en la frente.

La multitud canta “aguanten los bomberos” y agradece a las y los miles de voluntarios que participaron del operativo, que estuvo organizado en conjunto con estos actores más el municipio, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, el Ministerio de Seguridad, el Ministerio de Salud, la Defensa Civil y la Cruz Roja, ante la negativa del gobierno nacional de velar al músico en el Congreso. Después de la represión en la misa de Plaza de Mayo y en el banderazo del Obelisco durante el fin de semana, las y los seguidores pudieron despedirse de su ídolo en paz.

“No corran porque hay infancias, nos cuidamos entre nosotros” gritó una mujer desde la organización, que intentaba apaciguar a la muchedumbre que estaba a metros de ingresar al microestadio. Bárbara Duarte tiene 28 años, se ventila la cara con las manos, respira hondo y suspira, tiene los ojos vidriosos. “A medida que nos vamos acercando se siente más la energía, la tristeza y la angustia de haber perdido a uno de los íconos más grandes de nuestro país”, expresó.

Ahora y para siempre en tus manos

El féretro yace rodeado de una luz cálida tenue, una pantalla con un fondo negro detrás que emite “Indio 1949-∞ y miles de cartas, pañuelos, remeras, banderas y flores, que se apilan con el paso de las horas. La gente se agolpa frente al cajón para agradecerle, levantan los puños en alto, se tapan la cara. Un chico con una mueca de dolor, extiende una bandera. Otro se golpea el pecho, levanta una caja de vino y le grita: “¡gracias viejo, gracias!”.

“Acá estamos despidiendo al míster, alguien que nos dejó historia. Le transmitimos eso a nuestros hijos y ellos lo continuarán con los Fundamentalistas. El legado es lo que dejemos, porque el final no es feliz” afirmó el Colo de General Rodriguez, a la salida del microestadio. “Pasé 45 años siguiéndolo, no caigo que esté ahí. Uno llora por amigos, familiares o conocidos que son unos giles, hoy nos duele Argentina. Ustedes son la cara de los que quedamos, transmiten lo que queda, no lo olviden” manifestó.

Al fondo un tipo grita agarrándose la cabeza y doblándose de a poco sobre el pasto: “qué loco guacho, me quedo solo”.

En el andén de Villa Domínico, el frío y la llovizna de las siete de tarde empiezan a sentirse en el cuerpo. Un tipo de unos 40 años, canta con las manos abiertas mirando al cielo “¿puede alguien decirme, me voy a comer a tu dolor?”.

En el tren de vuelta la muchedumbre tararea, casi como un susurro “ya sufriste cosas mejores que estas y vas a andar esta ruta hoy cuando anochezca”. Una chica mueve la cabeza con los ojos cerrados, siguiendo el compás de la música y sonríe.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí