"Empiezo por el final": Duelo, rituales y comunidad

Por Juliana Revelles, Lic en Psicología, Esp. en Salud Mental. Metáfora, Psicoanálisis y Salud Mental.

Escribo con la última misa ricotera de fondo. Escribo para estar ahí, por no estar ahí, para intentar delinear por qué esta ausencia nos duele como pueblo y a cada unx de nosotrxs. “No me duele su muerte, me duele otra cosa” escribía una colega y amiga.

Muchos de los cuerpos que están en la misa hoy, comparten sus escritos también. Nos los leen, los hacen públicos. Misa, el nombre paródico que habla de los masivos recitales que llenaron estadios, calles y ciudades enteras. Un nombre que habla de la religiosidad y de la ritualización de un movimiento contracultural.

Los muertos convierten a los que quedan en fabricantes de relatos, nos dice Vinciane Despret en “A la salud de los muertos”. Allí donde la cultura propone la gestión de las emociones y las inversiones que evitan la pérdida, miles y miles de personas peregrinan entre canciones y banderas. Escribir, marchar, cantar: no sirven para nada, lo imposible de mercantilizar.

El duelo normal normado.

El duelo viene siendo pensado como un proceso autoterapeutico, que se produce en determinado tiempo y espacio, y cuyo éxito se trata de un desapego eficaz respecto lo perdido. Cuanto más rápido, productivo e instagrameable mejor. Nike es la cultura.

Con la modernidad llegó la muerte seca, hospitalizada, silenciosa. Con el neoliberalismo su privatización, clinicalización y desensibilización. La concepción occidental dominante que piensa a la muerte como la apertura a la nada, como el fin de todas las cosas, decantó también en una propuesta terapéutica que en general tiene un tono bastante superyoico: “hay que hacer el trabajo de duelo”, probablemente en compañía de algún ansiolítico.

Jean Allouch, en “Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca” nos advierte respecto de la pérdida de los ritos fúnebres comunitarios y la desarticulación de la muerte de la trama social. Esto transforma el hito existencial por excelencia en una falla orgánica y sus consecuentes miles de trámites burocráticos que se realizan en soledad.

¿Cómo decía esa canción mexicana con tono de lamento, “llorona”?
“Hay muertos que no hacen ruido,
llorona,
y es mas grande su penar”.

No se de quién es esa canción. Dicen que anónima, de todxs.
Vuelvo la mirada hacia el ritual del que les hablé al principio. Esto es otra cosa: no es  silencio, no es privado y mucho menos poco sensible. “Última misa” dijo una adolescente acompañada de su papá, con una casaca que decía “donde hay dolor habrá canciones”. Esto es distinto a la muerte seca, vuelvo a pensar.

La muerte de un ídolo

Evita, Nestor, Maradona, Hebe. Esas muertes tampoco fueron secas, ahora miran crecer las flores desde abajo. ¿Quién se come el dolor que producen aquellas ausencias que dejan huérfano a un pueblo? Me duele otra cosa, decía mi colega. Dolor País.

Pareciera que al morir determinados sujetos, sujetos políticos, la comunidad se despabila del ensordecedor silencio de la indiferencia. ¿Puede tener la nostalgia este color esperanzador con el que me encuentro sorpresivamente en esta asociación libre de domingo?

La muerte de un ídolo confronta a una comunidad con la pregunta por el ideal. Mientras vive, funciona como una referencia, produce sentidos, canciones. Al morir, esa referencia deja de estar garantizada y reaparece la pregunta por aquello que encarnaba. El desamparo nos confronta con la responsabilidad respecto de lo que heredamos. Al morir crecemos mucho más que todas las galaxias.

Se murió un tipo con un profundo amor por su tierra. Un fenómeno argento, una denuncia sostenida. ¿Podremos poner a trabajar su herencia?

“¿Qué hubiera dicho el Diego hoy?” se preguntaban por ahí. ¿Qué querrá decir continuar en conversación con nuestros muertos?

Graciosa y valiente.

Hace algunas semanas también se tomó el último bondi mi abuela. Juana y su loca relación con la muerte. Juana la loca siempre quiso decidir hasta cuándo vivir, otra férrea y por momentos cruel forma de reivindicar su autonomía y denunciar su historia. "Ganó Mirta" gritó mi vieja en pleno ritual solemne, y yo pensé llorarás con un ojo y con el otro te reirás.

En su tarjeta de despedida -qué experiencia más unheimlich la de las últimas palabras- solo se me ocurrió escribirle: "Graciosa y valiente. Gracias".

Ceremonias de resistencia.

Graciosos y valientes, dijo el Indio en una de sus últimas entrevistas. Palabras que retornaron ese día, que insisten hoy. Restos, que vuelven como los restos diurnos en nuestros sueños. Hay restos que se resisten a quedarse a un lado del camino, se resisten a quedarse ahi a donde los mandaron a ser sepultados. “Restos que vuelven del basural de la historia para intranquilizar al mundo que ya no quiere saber nada” dice Eduardo Rinesi en Restos y Desechos. Restos que producen grietas en el presente: nuestro derechoso, cruel y digital presente. ¡Cuiden el estado de ánimo! nos decía ya en el 85.

Vuelvo la mirada al ritual. Personas en momvimiento, recordando letras, hablando de las abuelas, de amores, de un Padre, de sus deudas con sus heroes. Una escena de análisis comunitario. Las despedidas, esos dolores dulces.

Resignificar palabras. Sostener la conversación con la muerte. Hacer del don una deuda amorosa. Desindividualizar el dolor. Desnaturalizar la devoción por el sí mismo. Construir ceremonias que nos permiten apropiarnos fugazmente del tiempo. Ritualizar la pérdida.

En la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida.

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