Quya Reyna.
Quya Reyna. Foto: Daniel Alejandro Quiroga

Editado en Argentina por Editorial Cerro Amarillo, el primer libro de la escritora y comunicadora Quya Reyna comienza con historia de una niña que crece en El Alto, Bolivia. Desde ahí narra la ciudad con una escritura que fusiona la voz en alto del comercio y las ferias, el aymara y el quechua y la mirada de una cronista popular.

La Guerra del Gas atravesó Bolivia en 2003, cuando la escritora Quya Reyna tenía ocho años. De la mirada de esa nena, que recuerda la última garrafa que pudo comprar y llevar a casa, nació Los hijos de Goni (Editorial Cerro Amarillo, 2025), su primer libro. La escritura de Reyna trabaja con la memoria, desde su infancia hacia la adolescencia, y la reelabora con la mirada sintética y ácida de una comunicadora popular. 

Aymara, alteña y boliviana, Reyna Maribel Suñagua Copa nació en 1995. El nombre con el que eligió ser llamada –Quya– es la palabra quechua y aymara que nombraba a “la mujer líder en el mundo inca, con roles políticos, económicos y sociales que me identifican más históricamente”, nos explica. “Mi padre me llamó así por Reyna Lafuente, una cantante de cumbia boliviana. ‘Reyna’ lo mantuve por respeto a mi papá, pero además, porque refleja dos sentidos de la historia en Bolivia”, completa. 

Los hijos de Goni, editado originalmente en 2023 por el sello boliviano Sobras Selectas, reúne diez crónicas. Empieza con la represión ordenada por el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni) en aquel octubre de 2003, contra las movilizaciones que repudiaban la tentativa de exportar gas natural vía Chile a precios bajos, sin una política de abastecimiento para el mercado interno . La Guerra del Gas dejó más de 60 muertos y culminó con la renuncia del expresidente. Ya pasado el primer cuarto del siglo, Bolivia vivió jornadas similares, pidiendo la renuncia de Rodrigo Paz. 

Como en 2026, el conflicto tuvo epicentro en las regiones del altiplano, sobre todo en El Alto, esa “ciudad nueva, ciudad aymara, ciudad sorprendente”, como la describió Martín Caparrós. Una ciudad que rebalsó la periferia, poblada de trabajadoras y trabajadores expulsados de la producción minera y agrícola que llegaron para levantar su casa e inventarse un trabajo, sobre todo en el comercio, oficios y otros servicios. Una ciudad medio rural y muy indígena que vive entre las heridas de la colonia y el futuro no planificado, con calles donde se vende de todo y cada esquina tiene su propio funcionamiento. 

El libro nació en forma de relatos publicados en Facebook. Comenzó, cuenta Quya, con “Dejame llorar”, escrito tras la renuncia de Evo Morales en 2019. “Ver a mi madre llorar por ello, sin comprenderlo al principio, me impactó. Escribirlo en redes tocó a otros: no se trataba de ser ‘masista’ o no, sino de empatizar con una situación humana”, recuerda. Así que se propuso narrar El Alto “desde esa politización que había de la identidad y que se había definido en situaciones como la del 2003, desde experiencias humanas dentro de procesos históricos y sociales”.

Después de haber circulado y generado muchas conversaciones en redes, Los hijos de Goni se editó en Bolivia y circuló por el sur en los formatos de las lecturas inconseguibles, hasta que finalmente cuenta con ediciones en Argentina y Perú. Es la obra de alguien joven que vivió muchas vidas. Una niña que se cocinaba junto a sus hermanas mientras sus papás se manifestaban y después comete pequeños robos imperdonables, una ayudante de carpintería, una limpiadora de baños, una comerciante de alma, incluso contra su propia voluntad, una chica en busca de un gesto de amor de una madre ofendida. Aparece un poquito de horror y asco también, colado en una historia de macana adolescente.  

Hay gestos de oralidad, marcas de una narradora que sabe manejar la atención de su público, que se agradecen porque nos recuerdan que cada texto es un relato y que la vida de nadie se agota en una superficie escrita. Más allá de intervenciones en el texto, son huellas de una tradición oral, de comerciantes, radios populares, altavoces y narradores orales, una lengua andina y castellana de la que Quya se sabe parte: “gran parte de mi escritura nace de El Alto no solo por los temas que aborda, sino también por las formas de contar que aprendí viviendo allí”, señala.

También hay humor: Mafalda es tildada de hija de Goni por no querer tomarse la sopa y se afirman verdades tales como que “no hay ambientalista más grande que el pobre” y “un hombre de El Alto no es nada si no es más que su vecino”. Hay referencias a la tele, la cumbia, los boleros, el k-pop, el reggaeton, la feria y el carnaval y palabras como abarcas, q’ara, botapié, apthapi y cojudo. Siempre es lindo que una lectura te haga descubrir una palabra, y la edición de Cerro Amarillo acompaña ese impulso con un glosario al final. 

Toda esa espesura está condensada en una escritura íntima y sincrética, una voz que recuerda y cuenta con un poco de picante, que hace pensar en los cuentos de Lucia Berlin. También, por el oficio para montar anécdotas y datos, en Leila Guerriero. Su lengua rompe con toda romantización y hermana su literatura con la de otras autoras como Gabriela Wiener, Jazmina Barrera o Daniela Catrileo. Que no solo logran “escribir sobre Latinoamérica sin perder la sonrisa” (sic), como tituló el diario El País, sino que cruzan memoria, literatura, activismo y periodismo en obras performáticas que expanden el español y crean nuevas formas de narrar e imaginar, más allá de la realidad o la ficción. 

“Los hijos de Goni no encaja plenamente en la no ficción, pues muchos lo asumen como cuento, y yo misma me he cuestionado qué es al final. No busco encasillarlo, sino explorar distintos tipos de escritura, sin definiciones rígidas”, explica Quya, que tuvo la atención de conversar con nosotros en medio de un ataque de bots durante los días de mayor tensión en Bolivia.  

Quya Reyna
Quya Reyna. Foto: Joaquin Camacho Castillo.

–¿Cómo construiste esa mirada que articula una niña y una periodista en tus textos?

–Creo que mi mirada se construye a partir de dos momentos fundamentales. El primero es la infancia. Crecí entre La Paz y El Alto, en un contexto donde existían fronteras étnicas y raciales que de niña no podía nombrar, pero que sí intuía. El racismo se experimenta desde muy temprano, aunque no siempre se tienen las herramientas para comprenderlo. Hay experiencias que te incomodan, que te hacen sentir que algo no encaja, pero que simplemente asumes porque todavía no sabes formular las preguntas necesarias.

La adolescencia no representó una ruptura tan grande con esa etapa. Viví cambios que eran visibles para mucha gente: calles asfaltadas, reducción de la pobreza, mayores oportunidades. Sin embargo, mi vida seguía ligada al comercio, seguía vendiendo junto a mi padre. Empecé a buscar cierta distancia respecto a ese mundo. Quería construir una identidad propia, alejarme del comercio, del campo, de aquello que asociaba con mis orígenes, quizás por vergüenza o porque mi identidad más urbanizada no calzaba en aquello. Me acercaba a otros espacios, buscaba ser activista, relacionarme con otro tipo de personas y moverme en otros círculos. 

El segundo momento clave llega en 2019. Cuando yo ya había logrado distanciarme de esa experiencia racial y vincularme con otras realidades, los acontecimientos de ese año me obligaron a regresar a la infancia. Me hicieron volver a un racismo que había vivido de niña, pero que durante mucho tiempo no había sabido nombrar. Ahí comprendí algo que antes no entendía del todo: yo no era la mestiza que pensaba que podía ser aceptada sin conflictos en determinados espacios sociales. Era una india más en el campo social. No porque yo hubiera decidido asumirme de esa manera en ese momento, sino porque la sociedad me devolvía constantemente esa identificación.

Las sociedades también imponen categorías, y la categoría que me fue asignada apareció con fuerza cuando comencé a escribir sobre la situación del país y sobre El Alto. Los insultos y amenazas que recibí estaban dirigidos a mi color de piel y a mi origen. Fue entonces cuando entendí que aquello que había sentido de niña tenía un nombre. El 2019 me obligó a regresar a un lugar al que creía que no volvería, o al que quizá ya no quería volver. Y creo que ese retorno marcó profundamente mi mirada y también mi escritura.

–La voz de los textos es una voz que cuenta. ¿Cómo se cuentan las historias, los chistes, las noticias, en El Alto? 

–Las radios han tenido históricamente un papel fundamental en El Alto porque no solo funcionan como medios de información, sino también como espacios donde la gente interpreta la realidad, debate sus problemas y construye relatos sobre lo que ocurre en el país y eso pasaba en El Alto desde el idioma aymara. De hecho, mucha gente en esta ciudad no debe saber escribir en aymara, pero sí sabe hablarlo, esto porque predomina la cultura de la oralidad. Sin embargo, la oralidad alteña no se limita a esos espacios más visibles. También está presente en el chisme, en la anécdota, en el chiste, en la broma cotidiana, en esas formas de contar que parecen pequeñas pero que terminan transmitiendo una visión del mundo y una manera particular de relacionarse con los demás.

Yo misma crecí en medio de esa tradición oral. Antes de considerarme escritora, fui comerciante, y el comercio es un espacio profundamente narrativo. Cuando uno vende, conversa constantemente, conversa con el cliente, con la casera, con los vecinos del puesto, y en esas conversaciones se construyen vínculos que muchas veces pasan por el humor. La risa genera confianza, rompe distancias y permite establecer una relación mucho más cercana con las personas. Por eso creo que el humor ocupa un lugar tan importante en mi escritura: no surge de una decisión literaria posterior, sino de una forma de comunicación que aprendí mucho antes de escribir un texto.

Además, tuve la oportunidad de formarme con narradores orales como Martín Céspedes y Guide Choquetanga, quienes me ayudaron a comprender que contar una historia no consiste únicamente en transmitir información, sino en construir ritmo, generar expectativa y producir una conexión emocional con quien escucha. Esa experiencia terminó influyendo profundamente en mi escritura porque, aunque trabajo con palabras escritas, muchas veces sigo pensando las historias como si estuvieran siendo contadas en voz alta.

–¿Qué cambió y qué sigue igual en Bolivia desde el 2003 hasta acá? 

 Desde 2003 hasta hoy, lo que más ha cambiado en El Alto es que aquella “democracia de la pobreza” —como yo solía llamarla— ha desaparecido, pues en aquel tiempo existía una condición económica en la que, pese a las diferencias, muchas familias aymaras se parecían en sus limitaciones. Recuerdo que, cuando iba a casa de amigos, pensaba que solo en mi hogar el cuarto estaba lleno de cueros de oveja, yutes con chuño y ropa amontonada; sin embargo, al visitarlos, noté que sus casas también tenían los cueros de oveja en el piso, ropa mezclada en roperos viejos y sacos de papas apilados. Hoy en día, esa uniformidad ya no existe: hay una fuerte diferenciación de clases y una generación más joven —mucho menos politizada— que no ha atravesado crisis como las que vivimos en el pasado.

A pesar de los cambios, hay algo que permanece: la raíz campesina sigue siendo parte de la identidad. Aunque la organización campesina aymara ha perdido parte del respaldo social que tuvo antes, sigue articulada, aunque se manifieste de formas distintas.

El reto es cómo explicamos estas luchas campesinas y de un sector popular a una generación más urbanizada, que se ha desvinculado —como yo lo hice en su momento— de sus raíces campesinas, y cómo lo hacemos en un contexto donde la modernidad tiende a homogeneizar las experiencias, las ciudades y las miradas. Al final, la crisis actual no es tan distinta en lo económico a las de nuestros padres o abuelos, pero quienes la miran hoy tienen otra perspectiva, y por eso el desafío es traducir esa historia a su forma de entender el mundo.

 

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