Las trabajadoras comunitarias sostienen a sus familias y a sus barrios. Mientras, su labor, indispensable para garantizar el derecho a la alimentación, permanece invisibilizada. Un recorrido por los comedores comunitarios de Nueva Pompeya y Chalet, donde el trabajo de cuidado se vuelve, también, una trinchera de derechos.
Este viernes el menú es guiso de lenteja y arroz con chorizo. Un hombre vestido con ropa de fajina, un pantalón azul oscuro y un buzo del mismo tono, revuelve con una paleta gigante una olla de 100 litros. El reloj marca las 10 de la mañana y el humo, producto de la leña, hace picar los ojos. El Tyson, un perro negro, mediano y de pelaje brillante, espera pacientemente que algún embutido salga disparado de la olla al suelo, para cumplir su rol de aspiradora.
La cocina está ubicada al norte de la ciudad. Para llegar desde el centro se puede agarrar por Facundo Zuviría derecho hasta calle Regimiento 12 de Infantería. Doblar hacia la izquierda y seguir unas seis cuadras más o menos, hasta toparse con San José. De ahí las indicaciones se simplifican: recto hasta Azcuénaga. Uno debe cuidarse de no confundir, al igual que cualquier ingenuo de clase media que visita el barrio, el comedor comunitario de Nueva Pompeya con una casita blanca cuyas paredes claman ¡Ley de Cocineras Comunitarias Ya! La obviedad lo llevará a acercarse a las muchachas con pechera de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) que cortan el pasto. Ellas enseguida interpretarán que usted no es visitante cotidiano y preguntarán: “¿Busca el comedor?”, y señalarán una casa de ladrillos vistos y portón negro. Es la casa de la Lucre. Allí, martes y viernes las compañeras de la CCC realizan la olla popular.
Desde tempranito
Norma Beatriz Galarza, con nombre de pila completo es como se presenta ella, es cocinera comunitaria desde hace 15 años. Una cofia le adorna la cabeza, algunas arrugas le ablandan la mirada y un delantal le ajusta con precisión la espalda. Las compañeras enseguida la mandan al frente para que tome la palabra y narre un poco del trabajo que realizan a diario.
"Nosotros entramos a las 8:45. Yo soy la cocinera. Somos un par de chicas", con los ojos busca a sus compañeras que corretean de una punta a la otra del espacio donde se ubica la cocina, "ellas son las ayudantas", aclara, "también tenemos un hombre que nos hace el fuego. Cuando llegamos empezamos a cortar la verdura y preparar las cosas. A las 11 estamos dando la comida, hasta las 12:30".
A pesar de no ser la dueña de casa, se mueve por el patio como si lo fuera. Amasa con maestría lo que en minutos será una torta asada doradita y suave. Para no perder el tiempo, exclama alguna directiva amable pero indiscutible. Norma vive en Coronel Dorrego y viaja en bicicleta hasta Nueva Pompeya. Asegura que este solía ser su barrio y que la olla se volvió su responsabilidad. cocineras
“Yo tengo que venir siempre porque soy la cocinera. Los martes y viernes a la mañana no me comprometo porque sé que tengo que venir acá, esto es un trabajo”, afirma con convicción y continúa: “Somos un sostén para la gente de la calle. Las compañeras se rebuscan, algunas salen a vender al trueque, yo trabajo en casa de familia, pero por lo menos nosotros tenemos un pedacito de pan. Esa gente no tiene nada”. cocineras
Las otras chicas no dan testimonio, confían en que Norma será lo suficientemente clara para transmitir la experiencia colectiva que se vive en la cocina. Mientras tanto, las preparaciones continúan. Dos mujeres acarrean un tupper atiborrado de lentejas, con cuidado de no tropezarse y dejan caer las legumbres dentro de la olla. Entre medio, asoma alguna discusión sobre cuándo sería pertinente poner el arroz “para que no se pase”.
Justo alrededor de las 11, cuando la fila en la puerta ya comenzó a formarse y sobre la superficie caldosa de la olla se formó una costra roja de salsa y condimento, aparecen los compañeros de Santa Fe Sin Hambre. Rápidamente, Vanesa González, cocinera y referente de la CCC, explica que vienen a realizar una serie de entrevistas a las personas que asisten a los comedores. Un pelotazo cargado de fuerza y los gritos indican que los nenes se despertaron y esperan atentos que se abra el portón para entregar sus tuppers.

Las cocineras del sur
Si desea, podría hacer el camino inverso desde el centro. Por cualquiera de las calles que desembocan en Av. J. J Paso. Debería agarrar la Avenida, bajar hasta pasar el Estadio Brigadier Estanislao López y seguir unas tres cuadras. Entre Pje. del Campo y Roque Sáenz Peña está el Comedor Comunitario “Ester Ursini” de La Poderosa. El edificio es identificable con facilidad, debido a sus paredes exteriores pintadas de un rojo intenso. La puerta está abierta y por ella se asoma Claudia, la Negra, Albornoz.
La Negra hace algún comentario sobre el sábado nuboso, la angustia del partido contra Inglaterra y su celular que no anda. María y Ayelen, enfundadas en delantales igual de rojos e intensos que el resto del edificio, ajustan cantidades pegadas a la cocina. Una nena de unos tres años, hace uso de tres sillas a modo de cama, sobre las que reposa panza abajo mirando videos en un celular.
En esta punta de la ciudad, también hay guiso. La gente empieza a juntarse en la vereda, saludan a las cocineras y piden permiso para sacar sillas de la cocina. Arrastran los asientos de plástico blanco hasta el pasto y aguardan con paciencia. “Son más que cocineras. Son las que escuchan a los pibes que están en situación de consumo, porque acá la vecina y el vecino cuando viene a buscar la comida te cuenta lo que le pasa a la familia. Son redes de cuidado que sostienen a las barriadas populares”, dice Albornoz y toma mates de un pocillo de plástico rosado.
“Yo vengo enferma, con lluvia o feriados, por la necesidad que tengo. A mí me cuesta un montón el día a día. Si no me dan el plato de comida tengo que ver qué hago, cómo me arreglo. Si hago un poco de costura, tortas o souvenirs”, dice María, encargada de la llave del comedor. Desde las 8 está firme en el establecimiento, lavando los utencillos y preparando los vegetales. “Tenemos ayudantes, a quienes les enseñamos a cocinar y cortar la verdura. La encargada pone la cantidad de personas en la lista”, explica luego de apagar el fuego y acercarse a una barra de mármol que se encuentra a unos pasos de la puerta.
María es también la cabeza de una familia de cinco chicos a los que, muchas veces, debe dejar para salir a trabajar. Según narra, antes de ser cocinera se la rebuscaba vendiendo cosas en el trueque y cirujeando, cuando La Poderosa empezó a dar la comida, se anotó y otras mujeres le enseñaron a cocinar. “Me empecé a involucrar en la cooperativa y a conocer nuestros derechos, a pelear por los otros”, sostiene.
Aye cuenta que además de ser mamá de una niña, se hace cargo de cuidar y mantener a sus hermanos. Para la muchacha, los talleres y diferentes espacios de La Poderosa, significan la potencialidad de poder hacer algo que asegure su subsistencia, un espacio donde el conocimiento se transforma en rédito económico. “A mí me gusta venir acá porque aprendo una banda de cosas. Hay veces que no tengo ni para comprar pan, porque la asignación no me alcanza para todas las cosas que hay que pagar. Hay una vecina a la que ayudo a limpiar la casa porque si uno se queda quieto no come nadie. Cansa pero hay que hacerlo”, asegura. Será ella quien en un rato, servirá un plato de guiso humeante para su niña que descansa, despatarrada en la cocina.
"Somos una familia", dice María, que cada tanto vuelve la mirada a hacia la hornalla apagada. Está preocupada, no quiere que los fideos se le peguen. Le da indicaciones a Ayelén para que se acerque a revolver. "Por más que seamos de distintos barrios, nos comentamos el día a día, los problemas que tiene cada una y cómo se está económicamente. Eso hace que seamos un proyecto de familia. Así seguimos adelante, como podemos. Nos necesitamos los unos a los otros, si no nos ayudamos comunitariamente no tendríamos nada".

Sostener el barrio
Lo que describen Norma, María, Ayelén y Claudia no son experiencias aisladas. En distintos barrios de Santa Fe, las mujeres son la condición sine qua non para alimentar a las barriadas populares. El funcionamiento de los comedores comunitarios depende de trabajadoras no reconocidas formalmente y que, por lo tanto, no perciben un salario.
Cuando “La Negra” Albornoz asegura: “Somos trabajadoras de triple jornada porque trabajamos dentro de nuestra casa, para el mercado laboral, siempre informal y para la comunidad”, da cuerpo al reclamo de las cocineras. Mientras las organizaciones exigen el reconocimiento de las trabajadoras y una ley que garantice derechos laborales, quienes sostienen las ollas populares continúan combinando ese trabajo con empleos informales, tareas domésticas y responsabilidades de cuidado.
Ser cocinera comunitaria es, no sólo dedicar 12 o más horas semanales a preparar un plato de comida para quienes no tienen, es abrir las puertas de tu casa, para transformar un patio en un espacio de cuidado, de preparación de platos, de compartir. Es andar en bicicleta, o patear por las calles de tierra, juntando leña. Es conocer cada historia, cada rostro, recordar los nombres y las mañas de cada tupper. cocineras








