Casi 20 millones de personas tienen deudas en Argentina, pero hay una dimensión que las estadísticas no logran captar: la deuda como forma de habitar la vida cotidiana, atravesada por la culpa, la vergüenza y el mandato de cuidado que recae sobre las mujeres.
Por Sol Marina Rodríguez*
Eva sabe que a las 12 en punto del primer día del mes está disponible su recibo de sueldo en la página web. Hace tiempo que perdió la capacidad de calcular cuánto cobra cada mes, desde que decidió trabajar más horas para sumar ingresos a su salario como docente titular. Nunca sabe con precisión cuánto le va a entrar. Pone en pausa la serie y suma el número final de unos seis recibos de sueldo de diferentes escuelas.
$976.235,08.
Ese es el resultado.
Eva entra a ver cómo vienen los gastos de su tarjeta de crédito y arranca la tarea mensual de ir restando: hay 450 mil de tarjeta más o menos. El súper y la nafta del mes, la entrada a un recital que compró en seis cuotas, la última cuota del aire acondicionado. Aparte van la factura de luz, el abono del celular, internet y dos o tres cosas más. El nene ya no va más a fútbol y eso es un alivio.
Lo piensa y se siente una hija de puta.
Le debe plata a su hermano, que le prestó hace unos meses para bancar un arreglo del auto. No sabe cuánto debe. Sabe que debe.
Una deuda puede ser también un fantasma. Una presencia permanente. Aparece cuando agarrás el celular y te llega una notificación, se esconde en el resumen de la tarjeta, en un mail del banco, en la conversación familiar sobre los festejos del cumple de tu hijo, en la bronca que te da ver las fotos de las vacaciones de un fulano de Instagram que se fue a la playa en agosto y vos ahí, con la estufa apagada, ya son las dos de la mañana y no te podés dormir, ahogada en el scroll sin gracia.
¿En qué momento una deuda deja de ser una obligación financiera y empieza a convertirse en una forma de experimentar la vida?
Las deudas son representadas, en general, con datos numéricos. Estadísticas que muestran porcentajes de deudores morosos, monto promedio de las deudas, tasas de interés. Números: cuánto debemos, cuánto pagamos, cuánto falta, cuántas cuotas quedan.
Pero si pudiésemos darla vuelta -como si la deuda fuese un pulóver tejido y quedaran a la vista las tramas que componen el estampado- podríamos ver que está hecha de otra materia, una que no se puede contabilizar: un hilo de ansiedad permanente sobre el futuro, un nudito de sensación de insuficiencia, un poco de vergüenza, de postergación, de dependencia, de culpa. Un hilito con la sensación de estar siempre llegando tarde. Todo eso es estar endeudada.
La pregunta por los sentidos de estar en deuda no me resulta nueva. Hace algunos años, investigando sobre las trayectorias de mujeres migrantes que estaban presas en las cárceles santafesinas, esa misma sensación apareció con nitidez en las voces de las entrevistadas.
Laura nació en Cali en 1987. Cuando la conocí, hacía apenas unos meses que estaba presa y llevaba poco más de un año en Argentina. Su historia familiar fue atravesada por la violencia el día en que su hermana fue asesinada en las calles de Colombia.
El plan de Laura fue claro desde el inicio: dejó a sus tres hijos y a los tres hijos de su hermana. Una estrategia simple y, al mismo tiempo, pretenciosa: trabajar todo lo que pudiera, gastar lo menos posible y mandar dinero a Colombia.
Laura había encontrado en las remesas que mandaba mes a mes una manera de estar presente. El dinero era comida, escuela, ropa, pero también una forma de decirles a sus hijos que ella seguía ahí.
Caer presa fue una interrupción del plan. Ya no podía trabajar, ya no podía mandar dinero. Y entonces apareció, con una fuerza que atravesaba cada una de nuestras conversaciones, la sensación de estar en deuda.
“Usted tiene que comprender que mi madre es una mujer muy mayor. Tiene problemas en la cintura y está ahí todo el día con los seis niños. Yo no le puedo pedir más a mi madre”.
La deuda de Laura no entra en una cifra.
El padecimiento derivado de no poder hacerse cargo de aquellas responsabilidades que socialmente se atribuyen a las mujeres es también una deuda. Laura reconocía estar en deuda con su madre porque era ella la que cuidaba a sus hijos mientras migró, mientras trabajó, mientras duró su encarcelamiento. También se sentía en deuda con sus hijos por no estar ahí, cuidando de cuerpo presente.
Si bien hay diferencias notorias entre una persona que debe dinero y una persona que siente que debe cuidados, tiempo o afecto, hay algo que las atraviesa por igual: la sensación de que nunca terminamos de estar a mano con los demás.
De la culpa a la deuda
La socióloga Eva Illouz plantea que las experiencias de sufrimiento vividas por los individuos no son meras experiencias psicológicas, totalmente privadas y singulares, sino que “siempre presentan formas, intensidades y texturas que emanan del modo en que las instituciones estructuran la vida emocional”.
La forma que asume el sufrimiento derivado de estar en deuda está mediada por definiciones culturales de la identidad. Si a ello lo miramos desde un enfoque de género, ser mujer implica narrar el propio dolor desde aristas particulares: el debilitamiento del vínculo con los hijos, no poder cumplir con el rol de madres o esposas, la vergüenza que ocasionan en sus padres, la responsabilidad de transformar de manera radical los proyectos de vida. Hay nítidas marcas de género en la experiencia de estar en deuda.
Tania tenía dieciocho años cuando cayó presa. Era la más joven de las mujeres que entrevisté y sus hijos eran muy chicos: un nene de cuatro años y una nena de uno. El primero vivía con su abuela paterna desde hacía un tiempo y la segunda había quedado en la casa de su cuñada, hermana de su padre.
Pero esa solución tenía fecha de vencimiento.
Su cuñada no quería hacerse cargo de la niña y Tania lo sabía. También sabía que ella no podía ofrecerle mucho desde la cárcel. Había pedido prisión domiciliaria y se la habían negado por “no disponer de un domicilio en condiciones”.
En la segunda entrevista que tuvimos me contó que la nena había sido dada en adopción y que eso la dejaba más tranquila. Tania recrea la última discusión que tuvo con su cuñada. No hablaron de abandono ni de culpa. Hablaron de plata. Su cuñada le pedía que aportara para mantener a la nena y Tania sabía que no podía hacerlo.
“Pero no sé qué quería que haga ella, qué se piensa… Ella no se quería quedar con la nena, no podía, no sé… Me pedía que le pase plata, ¿de dónde voy a sacar yo plata? Y, además, si ella me cría mi hija, yo quedo en deuda con ella para siempre, ¿entendés?”.
Y la frase retumba, porque habla del costo de que otra mujer haga aquello que se supone que ella debería hacer.
Tanto las representaciones hegemónicas sobre la maternidad como las prácticas concretas de cuidado -atravesadas por las dificultades para delegarlo en otras personas o instituciones asociadas a la pobreza- esperan de Tania que esté presente para sus hijos. De ahí el sufrimiento que puede generar, en términos subjetivos, no responder a esas expectativas.
No me alcanza la vida…
En conversaciones cotidianas con amigas que rondamos los cuarenta aparece seguido esa idea: no solamente no alcanza la plata, tampoco siento que yo misma sea suficiente, que yo misma esté a la altura de mi vida. “Yo no esperaba tener que pensar dos veces antes de comprar un pedacito de queso”, me dijo una.
En los últimos días circularon datos alarmantes en los medios: cerca de 20 millones de personas tienen deudas en Argentina. De ese universo, más de cinco millones tienen un atraso en el pago de más de 90 días, lo que los convierte en morosos. Con poesía se acuñó la etiqueta de “irrecuperables” para este grupo, preso del filo de las tarjetas de crédito pero también de la capilaridad de las billeteras virtuales y del coqueteo del algoritmo, que te ofrece un préstamo justo el día que no das más. Y si decís que no, insiste. Presos también del alquiler y de un Congreso que discute y negocia desalojos por atrasos en el pago. Presos de los servicios, porque si no pagás el celu no podés trabajar para pagar el celu.
La naturaleza subjetiva de la deuda cambió porque lo que estamos financiando ahora son necesidades tan básicas como el plato de comida o el ibuprofeno. “¿Quién les puso una pistola en la cabeza?”, pregunta el presidente cuando le hablan de los endeudados.
Y la frase entra como una bala.
Frente a la expansión de las deudas que atraviesan la vida cotidiana, aquella pregunta que me fue planteada en mi investigación con migrantes encarceladas vuelve con otra fuerza.
Hay una experiencia de la deuda que no puede -y tampoco necesita- traducirse en números.
Quizás sientas que este texto habla de vos: la maestra que dejó a su nena con fiebre al cuidado de la hermana mayor porque no puede darse el lujo de que le descuenten del sueldo el presentismo; la emprendedora que no deja el celu y tiene a los chicos viendo la tele toda la tarde; la que cedió ante Mercado Pago y pidió un préstamo para hacer un regalito de cumpleaños y todavía no lo devolvió y ahora piensa en eso al menos una vez todos los días. Quizás sentís culpa o vergüenza por disfrutar de que te inviten a tomar algo. Seguramente te da vértigo pensar en cómo te vas a arreglar cuando seas vieja.
Eso que tenemos en común es la soga áspera de una demanda infinita que tira. Quizás se trate de aprender a hacer con esa soga algo más: lazo y comunidad.
*Profesora de Historia. Doctora en Estudios Sociales.







