El éxito en todos los niveles de la organización los Juegos Suramericanos implica algo mayor que los resultados de un cálculo de política electoral y partidaria. Nos interpeló como comunidad, puso al Estado y a lo público en otro lugar y expuso que lo gratuito tiene una profundidad demasiado importante como para ser una idea tan bastardeada.

Saldemos rápidamente la parte de la rosca, de política partidaria electoral, y vamos a lo importante.

Todo el activo electoral de los Suramericanos debe anotarse en la cuenta del gobernador Maximiliano Pullaro. Fue la presencia política principal durante los Juegos y fue eficaz en unir su figura a cada paso del proceso de organización del evento. Que eso sane heridas con sectores con los que tiene los puentes rotos o que el empujón sobrepase las dificultades del Niño que se avecina ya son otros temas. Lo cierto es que hoy ganó un caudal enorme y positivo de favor. Si esto hubiese pasado en Buenos Aires, se estaría hablado de otro tipo de candidatura para 2027. De hecho, ese tipo de especulaciones se echaron a rodar tras la espectacular apertura, que mostró una imagen de Rosario muy lejana a la de aquella ciudad azotada diariamente por los crímenes narco.

Casi todo el resto del arco político hizo su juego y está muy bien que así sea. Omar Perotti recordó que en su gobierno se gestionó la sede y el crédito del Banco de Desarrollo de América Latina para pagar las obras y se paseó por las sedes. Los intendentes se agitaron sin cesar yendo y viniendo por los distintos espacios deportivos. Concejales, diputados y senadores provinciales nos agobiaron con sus reels. Todo recontra occidental, olimpíadas y civitas .

Daniel Scioli reptó por las sedes para sacar provecho de los precarizados deportistas, que no perdieron oportunidad de denunciar el abandono al que están sometidos, y aludió a los Juegos Suramericanos “Rosario” 2026. Más a nivel local, los libertarios se mandaron a guardar. Para Romina Diez, Agustín Pellegrini, Pablo Mussio y Ana Cantiani parece que no pasó absolutamente nada. Quizá sea porque lo que pasó les resulte indigerible. Y este es el pie para pasar a lo importante.

Sin Estado es imposible, con Estado es mucho mejor

Durante los 14 días de los Juegos Suramericanos, los santafesinos pudieron comprobar en carne propia que hay cosas, las más importantes, que no sólo son imposibles sin la acción del Estado, sino que con el Estado y su intervención son infinitamente mejores que si las hiciera el mercado bajo su regla. De todos los saldos políticos que quedan de este inolvidable evento, este es el que más debería ponerse en relieve.

Seguramente hay reclamos puntuales y especializados, pero en la cara de la población, de la organización olímpica internacional y de los deportistas, la inversión en infraestructura fue impecable. En nuestra ciudad, el gobierno de la provincia terminó la construcción de viviendas en el barrio Esmeralda II, levantó un estadio de primer nivel y un complejo de muros de escalada único en el país, acondicionó las pistas atletismo y mucho más. Toda la infraestructura estuvo muy por encima de un standard de excelencia y queda como legado y aporte por fuera de la zona de bulevares. Que el estadio Invencible esté sobre el bulevar Tacca es toda una revitalización para una zona históricamente postergada.

La ejecución del evento estuvo a la par, desde el show de apertura y cierre al ordenamiento del público. Coordinadas por el Estado, las empresas locales también estuvieron a la altura, sea en el amueblamiento de las villas olímpicas, la comida, las innumerables pantallas de led, la técnica de los espectáculos de los fanfest.

Todo este esfuerzo es imposible sin la presencia del Estado y salió muchísimo mejor de lo que el mercado por su propia cuenta hubiera podido hacer. ¿Hubiera aprovechado el mercado para recuperar las obras abandonadas por el gobierno libertario, hubiera puesto la inversión fuerte al lado de un barrio de casas de ladrillo hueco y techo de chapa? ¿Hubiera podido el mercado evitar la cartelización de los innumerables negocios disponibles? ¿Hubiera el mercado invertido en disciplinas que son imposibles de monetizar luego? Más rápido: si el mercado pudiera hacer todo esto, ¿por qué no lo hace? El Estado demostró que puede hacer las cosas mejor que nadie.

Fue gratis, gratis, gratis, graaatis, gra-tis, GRATIS

La frívola e insultante repetición de que hay que recordar todo el día que el Estado se financia con el dinero de los contribuyentes no puede censurar la profundidad política de la gratuidad de aquello que se presenta como derecho para toda la comunidad. Acá no ponemos la palabra comunidad de onda, sin olvidarnos de su sentido. No es para poner un sinónimo de gente o sociedad. No, no: es comunidad.

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En un primer nivel está lo más evidente: la alegría popular. La pibada terminaba de ir a la escuela, se tomaba el colectivo y se clavaba una serie de Wakeboard o salto en largo. Hay mucha, mucha, pero mucha malaria desde hace demasiado tiempo y con cero perspectivas de mejora. Por dos semanas hubo un paréntesis, se pudo ir a poner un rato la cabeza en otra cosa, hinchar por Argentina al handball o bailar con Mario Pereyra. Y el peluche de Capi salía lo mismo que un kilo de carne.

Gratis significa que algo se entrega sin esperar otra cosa a cambio. Que reduzcamos esta idea a las peripecias de las transacciones monetarias nos quita la verdadera densidad del término, que es política. El Estado, donde nos realizamos como comunidad, tiene una acción pública por la que recibimos algo por el hecho mismo de ser parte de esta comunidad. Al no pedir nada a cambio, nos hace dignos de eso.

Y la población pudo no haber ido, pero eligió volcarse masivamente. Por un rato se experimentó una suerte de resarcimiento, de reparación. Todo esto que está tan bueno es para nosotros. Masivamente los santafesinos salimos a aplaudir a los atletas de disciplinas que ni conocemos y a los artistas locales que le pusieron el ritmo al escenario del Parque del Sur.

Ante el derecho, los santafesinos respondimos como si hubiera una obligación implícita. Esto que es gratis significa en algún punto una obligación para nuestra ciudad. La gratuidad puede generar un lazo de obligación muy superior al de una transacción monetaria. Había que dar el presente. Hacer historia es, un poco, cumplir colectivamente con una obligación que el tiempo nos impone y, además, darle y encontrarle un sentido que nos haga decir “Che, esto somos nosotros”.

Por un rato, en esta intemperie atroz, tuvimos la oportunidad de ser parte de algo que nos devuelva un poquito de verdadero orgullo. No es poco para recordar, aunque hoy sea lunes otra vez.

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