Por Matías Gareli
Desde hace más de 16 años, el lugar donde trabajo duerme a metros de la cárcel de mujeres.
16 años son demasiados para decir que no se ve.
Contiguas al Ministerio de Educación y al de Economía, las presas santafesinas pasan sus días ajenas a lo que las rodea.
Y no por estar fuera nosotros, mucho menos encerrados, actuamos como si eso no ocurriera. La indiferencia no distingue entre los barrotes de hierro y los digitales.
Durante estos 16 años, cada vez que llegaba al trabajo o me iba de él. Cada vez que me asomaba desde el pasillo o desde los ventanales antiguos, llenos de palomas y sus olores, veía la misma foto.
Familiares con bolsas.
Amigos con comida.
Camiones de policía.
Parejas sin pares.
Abogados con sus trajes.
Madres, hijas y hermanas, siempre tan fieles a los horarios de visita.
Vi personas que esperaban; personas que lloraban; personas que llevaban una mochila y una ilusión; una carpeta, un paquete de comida o simplemente el cuerpo —siempre cansado— de quien visita a alguien que está privado de su libertad.
Vi víctimas y victimarias.
Vi siempre a la misma clase social.
Foucault escribió sobre la prisión como parte de un sistema destinado no solamente a castigar, sino también a vigilar, disciplinar y producir determinados comportamientos.
Vigilar y castigar.
Desde la escuela hasta el hospital: mecanismos punitivos destinados a individualizar el cuerpo. Aislarlo. Estudiarlo. Evaluarlo. Corregirlo.
La escuela y la salud pública supieron ser transversales para toda nuestra sociedad. Herramientas de cohesión social. Instituciones capaces de igualar, al menos parcialmente, aquello que la sociedad desigualaba.
La cárcel, en cambio, con su noción de justicia, siempre pareció tener otros destinatarios.
La necesidad de un buen abogado parece ser previa a la de un buen colegio o una buena obra social.
En tiempos en los que buena parte de la sociedad parece necesitar creer que quienes están presos son simplemente las escorias, los descartables, los que merecen quedar definitivamente afuera, quizás haga falta recuperar algo que parece cada vez más incómodo: la humanidad.
En unos días, León XIV visita la Argentina.
Lo distintivamente religioso es la humanidad que, a veces, esbozan los líderes espirituales. El Papa va a visitar la cárcel de Devoto, incluso en contra de su propio electorado conservador.
En estos días, la cárcel de mujeres santafesinas se está mudando.
Cambiará de lugar el edificio.
Cambiarán también el personal, las paredes, las rejas, los accesos, los recorridos por los pasillos interminables.
Cambiará la geografía.
Lo que seguramente no cambiará es el segmento social que allí estará representado.
Y su nombre podría ser bien rebautizado: cárcel de mujeres pobres.








