Por Juliana Revelles - Lic. en Psicología, especialista en Salud Mental, integrante de Metáfora, psicoanálisis y salud mental.

¿Alguien quiere pensar en las familias?

En nombre del Bien, así, con mayúscula y tono solemne, se han cometido las mas grandes atrocidades y se han argumentado las prácticas políticas mas deshumanizantes que se nos vengan a la memoria. Memoria. Hagamos memoria. En nombre de la reorganización nacional, de la higiene y la purificación de la raza, de la civilización y la educación, se orquestaron planes de conquista, exterminio y explotación de los cuerpos y los territorios.

El proyecto de reforma de la Ley de Salud Mental impulsado insistentemente por el gobierno nacional, y que acaba de recibir media sanción en el Senado, se disfraza también de bien. “Lo hacemos por vos, por tu familia, por la mamá de Chano”. En un contexto de crisis anímica, de proliferación de padecimientos en salud mental, de aumento de muertes por suicidio y de enloquecimiento generalizado, este tipo de discursos perversos hacen uso de la vulnerabilidad para instalar discusiones que impresionaban ya saldadas. “El problema es la Ley, la interdisciplina, la izquierda, los kukas. ¡Que se vayan todos, motosierra y gas pimienta!”

Una reforma entonces, que demagógicamente se disfraza de preocupación por familiares y pacientes que habrían quedado desamparados. En nombre del bien, de lo eficiente, de lo económicamente smart, reinstalan propuestas terapéuticas del siglo XIX.

El visionario Gordo Dan.

Además de visionario, la voz digital de nuestro presidente (que también es médico) me resulta muy pedagógico porque resume en pocas líneas algunas de las propuestas de la reforma:

- El fortalecimiento de los centros de especialidades / manicomios y la eliminación de la referencia a la Declaración de Caracas, que situaba en el horizonte la prohibición de abrir hospitales monovalentes. Es decir la reivindicación del encierro como práctica terapéutica/de castigo.

- La eliminación de la noción de padecimiento por la de trastorno, o su derivado “enfermos mentales”. Resulta que la idea de padecimiento les parece poco científica, demasiado progre. Lo que pareciera una ingenua modificación de términos elimina la relación entre el sujeto y el contexto que enferma, para pasar a individuos que enloquecen por su genética o en su defecto, porque no le pusieron voluntad. “No hubieran enfermado y listo”. En esto se apoya fuertemente el capitalismo financiero: si cada quien es libre y enferma porque quiere, ¿Por qué el estado sería responsable de un presupuesto acorde o financiar a las provincias?

Y por último el insulto a Franco Basaglia, que no es mas que la invitación a desestimar la historia como campo de saberes y experiencias. Enrique Carpinteros los denominó oportunamente destructores de la historia. El encierro, el diagnóstico y la culpabilización como castigo para quien enferma ya fueron estrategias y prácticas de abordaje: esto ya pasó en nuestra historia mundial y nacional, dejando vidas arrasadas y cuerpos torturados.

Este anacrónico conjunto de ideas decanta en lo que muchos se animaron a llamar Reforma fascista y que apunta a desterrar la Ley 26657, la cual ha sido pionera en los procesos de desmanicomialización y un ejemplo mundial a la hora de integrar la perspectiva de derechos humanos en los abordajes de los malestares psíquicos.

Ahora bien: La vieron. Algo leyeron en la población que les hizo construir este discurso que nos guste o no, tuvo lugar y pareciera ser portavoz de muchos. ¿Qué vieron? ¿Qué nos falto transmitir? ¿Hablamos muy difícil y para unos pocos? ¿Quiénes quedaron por fuera de nuestro discurso? “El amor vence al odio” no nos alcanzó, y por eso la importancia de volver a conversar sobre nuestras formas comunicacionales, sobre nuestras prácticas y nuestros recursos.

Franco Basaglia insiste en que las leyes surgen por la presión de los movimientos populares. ¿Qué demanda supieron leer en la población y que tradujeron en diversas leyes? Cabe destacar que esta reforma tiene lugar en un conjunto de discusiones a decir la reforma laboral, la emergencia en discapacidad, la morosidad de las familias, el desfinanciamiento de la educación pública. Discusiones que si bien presentan ciertas resistencias, pareciera que sigue primando el ¡Sálvese quien pueda! Y el que no pueda, que se medique o se encierre.

¿Padecimiento o trastorno?

Como decíamos al inicio, el problema del trastorno es uno de los asuntos que insiste en la reforma planteada. Mientras que la noción de padecimiento inscribe al síntoma en un texto de época, el trastorno habla de UN sujeto enfermo. Un sujeto desadaptado. Para pensar lo grotesco y cínico de dicha modificación, un recorte clínico:

Paciente de 47 años, sin antecedentes previos en salud mental, concurre a un espacio individual terapéutico por insomnio, taquicardia, ideas de muerte y desesperanza. Recuerda que estos síntomas inician frente a modificaciones en sus condiciones laborales y salariales, trabajando entre 12 y 14 horas al día con horarios rotativos. Luego de dichas jornadas suele manejar Uber para pagar deudas con Mercado Pago. Al concurrir a salud laboral solicitando una licencia es diagnosticado de “trastorno de desadaptación”, y se le indica la correspondiente capsula farmacológica para soportar saludablemente su trabajo. El stress, ¿individual o político? ¿Es la desadaptación la salud o la enfermedad?

Internaciones y mitos urbanos

Gran parte de la buena prensa de esta reforma tiene que ver con la falacia de facilitar y garantizar internaciones para asistir a familias desesperadas. Esto se apoya en algunos mitos:

1- Las internaciones son excepcionales o imposibles culpa de la ley de salud mental y la interdisciplina. FALSO.

2- Las internaciones se realizan solo con el consentimiento del paciente. FALSO

3- Las internaciones son por orden judicial. Se necesita un oficio y si el juez determina si el paciente se interna. FALSO

En la actualidad y gracias a la ley vigente, las internaciones involuntarias son una de las estrategias terapéuticas que utilizamos los equipos de salud al recibir un paciente en crisis. Si el equipo de salud evalúa que la persona esta en situación riesgo cierto e inminente, es decir, que no habría otras alternativas de cuidado que puedan garantizar la seguridad del paciente y de otras personas, se indica una internación que no requiere el consentimiento de quien está sufriendo. La ley 26657 reconoce que esta es una práctica restrictiva de libertad, por lo que se realiza al evaluar que alguien, en determinado momento, no está en condiciones psíquicas y contextuales de decidir por si mismo.

La idea de riesgo cierto e inminente evita la futurología, la criminología y también cuestiona el uso de los antecedentes en salud como si fueran antecedentes penales. La reforma que estamos debatiendo propone eliminar dicha categoría para hablar de “situación de riesgo grave”, lo que implica un retorno de la concepción de peligrosidad disfrazada de prevención. Otra vez: “es por el bien de todos”. Si alguien es peligroso para el bien común, a decir, si alguien no responde a la norma, si alguien no funciona, si alguien no entrega su cuerpo a la reproducción y sostenimiento del capitalismo: el psiquiatra varón blanco y heterosexual ya sabe que hacer.

La principal crítica en torno a la noción de riesgo cierto: su vacuidad, su poco tecnicismo y la implicación “subjetiva” del profesional que decide. Ahora bien ¿Qué práctica esta desubjetivada? ¿Qué encubre la pretensión de neutralidad?

¡Claro que estamos implicados! Lejos de ser mala palabra, esto nos inscribe a los profesionales de la salud mental como sujetos políticos: la terapéutica, ¿estará orientada por el higienismo y el orden social, o por la clínica del sujeto y sus condiciones de existencia?

¡Lo sospeché desde un principio!

Cuánta preocupación por la salud mental, la mama de Chano y las locuras, ¿no? Rechazan la declaración de emergencia en discapacidad, vacían el sistema público de salud, precarizan trabajadores y cuidadores hasta el agotamiento máximo, pero están preocupados por la Ley de salud mental. Qué raro.

¡Para, para, para! El punto clave de la reforma: el Estado Nacional dejaría de estar obligado a garantizarle a las provincias una partida presupuestaria preestablecida para la asistencia en salud mental. ¡La preocupación era por el déficit cero! Recordemos el ya desfinanciamiento de las Risam y el plan Remediar.

Sin desmentir las falencias de nuestro actual sistema de salud principalmente en materia de salud mental, resulta necesario subrayar que estamos pidiendo eficacia a una ley que establece destinar un 10% del presupuesto total en salud para salud mental, y que históricamente ha sido incumplida. En 2026, en un contexto de traumatismos generalizados, en un país en donde se suicida una persona cada 14 horas, el presupuesto destinado no alcanza un 2%.

Entonces: si el sistema de salud público no alcanza para asistir a esta crisis social, si los dispositivos alternativos y las disciplinas no médicas dejan de ser parte de las propuestas terapéuticas financiadas por el Estado, lo que se fortalece es la atención privada y psiquiatrizante. La privatización de nuestros dolores, hoy tiene media sanción.

En plena sensación de desesperanza, una invitación: no seamos el brazo terapéutico, new age y comunicacional de este plan siniestro. La salud mental es un derecho, nuestros dolores son políticos.

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