Testimonio de una familia

    Sebastián y Cecilia. Foto: Olivia Gutiérrez.

    A 36 años del golpe de Estado, la esposa y el hijo de un desaparecido repasan la historia de sus identidades y de su búsqueda de la justicia.

    Cecilia Mazzetti fue secuestrada en 1976, cuando tenía 17 años, y estaba embarazada de Sebastián, que nació en cautiverio. El padre, que era su marido, se llama Roberto Daniel Suárez y se encuentra desaparecido. El testimonio de Cecilia, junto al de otras víctimas y querellantes, fue sustancial en la causa que culminó con las condenas del ex juez Víctor Brusa, de Juan Calixto Perizotti, María Eva Aebi, Mario Facino, Héctor Colombini y Eduardo “Curro” Ramos. En aquellas jornadas, cuyo fin se celebró el 22 de diciembre de 2009, Cecilia denunció al entonces capitán de Inteligencia del Ejército, Domingo Morales.
    “Estaba vendada y con capucha. Les dije que estaba embarazada porque mis compañeras me habían sugerido que se los diga, que me iban a tratar mejor. Pero fue peor. Uno de ellos me dijo que ‘el hijo de un guerrillero no tiene que nacer’”, declaró Mazzetti. Los interrogatorios se repitieron, tanto en la infame Comisaría 4ª como en la Guardia de Infantería Reforzada (GIR), donde era jefe Perizotti. Allí Mazzetti se encontraba con Morales, quien se presentó a sí mismo: “Un día cuando salimos al recreo se acercó y me dijo que era el capitán Morales. Estaba de civil. Le pregunté por qué no llevaba uniforme, a lo que respondió que era de Inteligencia del Ejército. Y me dijo: ‘Te vas a podrir acá’”.
    A partir de la declaración de Cecilia se resolvió la detención de Morales a principios de 2010. Estuvo preso hasta el 7 de abril de ese año, cuando la Cámara Nacional de Casación Penal lo excarceló por su buena conducta, la falta de antecedentes penales y de indicios de que pretendiera fugarse. En diciembre del mismo año, la Cámara Federal de Rosario anuló su procesamiento por 16 homicidios, asociación ilícita y supresión de la identidad de una hija de desaparecidos (el caso de Paula Cortassa, dada en adopción como María Carolina Guallane). En la resolución tomaron una posición coincidente con la defensa de Morales: en tanto capitán, no es un “oficial superior” y no puede responder por los hechos sucedidos. Pero, al mismo tiempo, le pidieron al juez federal de Santa Fe Reinaldo Rodríguez que Morales se prestara a una rueda de reconocimiento. Se realizó, pese a los recursos dilatorios de la defensa, Cecilia apuntó a Morales y el 23 de febrero de 2012 el represor de la dictadura volvió a la cárcel de Las Flores, a la espera de que el juez Rodríguez dictamine su eventual procesamiento.
    “Morales es mi acusado directo porque hizo un seguimiento de mí desde que yo fui secuestrada”, dice Mazzetti. “Estaba en mi vida todo el tiempo, en los interrogatorios, en todas partes. Todo el tiempo me preguntaba por Daniel. Lo ví en la 4ª, en la oficina de Perizotti y en el patio de la GIR; cuando estábamos en el recreo, Morales no perdía la oportunidad de amenazarme”, recuerda.
    —¿Pensaron que los delitos quedarían impunes?
    —Iba y venía entre la esperanza y la decepción –expresa Cecilia–. No pensé que iba a ver y vivir esto. Con el juicio a las juntas parecía que terminaba todo. Después vinieron otros juicios y otras condenas, pero con lo de Morales había perdido la esperanza. Cuando se reactivó en febrero me sorprendió.
    —No sé qué justicia es, si hace un año que están en cana y ya salen cada 15 días –interviene Sebastián–. Esto sirve para que el resto de la sociedad vea que los bebés robados existieron, porque se recuperaron 512 bebés apropiados, que estos tipos torturaron, mataron y secuestraron y que la justicia los condenó por eso. Sirve para que la sociedad se dé cuenta que no era una mentira, que los desaparecidos existen, se encontraron fosas comunes, se van recuperando los cuerpos, los restos de los compañeros. Sirve para eso. En lo personal a mí mucho no me cambia nada. Lo que hicieron… lo hicieron. Que estén presos un año, dos años, con 80 años, que se vayan a la casa…
    —Son dos cosas: lo que nos pasa personalmente y lo que significa políticamente. Tiene que haber justicia, tienen que ir presos, todos. Pero en lo personal a mí nadie me va a devolver nada de lo que me quitaron, nada –enfatiza Cecilia–. El tiempo que estuve presa, el espanto que tuve que vivir, la desaparición-muerte de mi compañero, lo que nos robaron a mi hijo y a mí al separarnos, todos los compañeros desaparecidos… Eso no se repara, es irreparable.
    —Más allá de juicios, tiene que haber una condena histórica para siempre –afirma Sebastián–. No solamente un juicio y que vaya a la cárcel y a la casa y listo, se terminó. Acá nunca se va a cerrar un ciclo. Eso de la reconciliación nacional no existe.
    —Una cosa notable en el tribunal, cuando se desarrollan los juicios, es que los acusados al entrar el querellante, la víctima, piden irse del recinto. Es algo increíble, son cobardes hasta lo último. No quieren estar, no quieren escuchar. Es un momento muy fuerte para el sobreviviente cuando te preguntan “¿Está en la sala la persona imputada? ¿Puede señalarla?”. Y sí que podemos. Es un momento muy importante en la historia de los juicios. Y en general no están.
    —Ni siquiera dan la cara los familiares de los que ahora están siendo enjuiciados. Me imagino que tienen vergüenza. Sino estarían ahí, todos los días, en los juicios, los tíos, los primos, los amigos. En algunos casos van sus hijos un día o dos…

    33 años

    La dictadura permanece en la historia familiar de Cecilia y Sebastián a partir de una ausencia: la de Roberto Daniel Suárez. Él y Cecilia estaban casados cuando concibieron a Sebastián y cuando fueron secuestrados. Suárez fue visto por última vez en agosto de 1977. Desapareció cuando estaba cumpliendo con el servicio militar obligatorio, tras haber estudiado Bioquímica en la FIQ. Era militante de la Juventud Universitaria Peronista. Cecilia recuperó la libertad en el 24 de diciembre de 1978. A Sebastián le había tocado nacer el 24 de marzo de 1977. Hasta el reencuentro, quedó bajo el cuidado de sus abuelos.
    —¿En qué condiciones fue el parto?
    —Yo empecé el embarazo con 52 kilos y lo terminé con 49. Mis compañeras pedían que me llevaran a sala policial porque estaba muy mal. Yo prefería estar con ellas en la Guardia de Infantería, donde más o menos había una cierta conexión con todas, una contención. Además, la sala policial era una especie de depósito: las muy relativas garantías que se podían tener en la GIR allí se perdían completamente. A partir del quinto mes de embarazo yo ya no podía caminar, no tenía fuerzas para levantarme de la cama, me agitaba cuando hablaba, estaba con una anemia impresionante. Me llevan a la sala policial y me pasan a la maternidad y me hacen una transfusión de sangre. Ahí tengo un shock, porque no la resisto. Cuando pude recuperarme me miré en un pequeño espejo del baño y no me reconocí. Nunca me había visto así. Era como una especie de biafrana, una panza terrible, pura piel y hueso. Después sí pasé por el parto. Estuve casi una semana con él internada. Él nació gordito y lindo, casi con 4 kilos, y era tan lindo que la pediatra me lo pidió prestado y se lo llevó a mostrarlo a otra sala. Tendría que haber sido por cesárea, pero no me la hicieron porque ese día el banco de sangre no se podía abrir porque fue la señora de Videla de visita. Sebastián lloraba sin parar, no era el llanto de un bebe recién nacido, casi no dormía y más que llanto parecían gritos de rabia, de bronca. Una semana después salí del hospital y se lo entregué a mis padres en la oficina de Perizotti.
    —¿Cuándo le contaste a Sebastián su historia?
    —Yo salí en libertad y él tenía un año y ocho meses. Él me rechazaba, había sufrido dos separaciones traumáticas. Primero de mí, aunque no estuviera en su conciencia. Y después yo salí y lo separé de mi mamá, que era como su mamá. Yo era una extraña para él, que no entendía por qué tenía que relacionarse conmigo. Fue el comienzo de un proceso largo, difícil en tantos aspectos… Nos fuimos a La Pampa: vino a buscarme gente de Inteligencia diciendo que yo era chilena, con documentación falsa con mi nombre y todo y que tenían que deportarme a Chile, por el problema del Beagle. Yo no estaba, cuando llegué a mi casa mis padres ya habían preparado las valijas. Nos subieron a un colectivo y nos fuimos a la casa de mi hermana. Fue un corte violento para él. A mí no me quería ni ver, era la mala de la película. Estaba desesperada por ser su mamá y él estaba desesperado por no tener nada que ver conmigo. Con mis hermanas planeábamos estrategias: yo hacía todo lo lindo, como jugar o pasear, y ellas lo bañaban y peinaban, todo lo que él no quería. Él prácticamente no dormía de noche. Se despertaba a la una, si lograba dormirse, y hasta las seis de la mañana lloraba a los gritos. No había día que no lo hiciera. Con Dani habíamos planeado una vida feliz con nuestro hijo y esto daba mucha tristeza. Volvimos a Santa Fe, aquí cumplió 3 años. Como todos los chicos, preguntaba: “¿Mi papá donde está?”. Y ahí le dije que estaba muerto, que lo habían matado los militares y le dí una mínima explicación. Más adelante, cuando tenía 5 años: “A mí me preguntan por mi papá, ¿qué les digo?”. Yo trabajaba en Coca Cola, donde no podía contar mi historia para no perder el trabajo. Tratábamos de no decir mucho para poder, digamos, tener una vida. Y él me pregunta qué decir, ya medio cansado. Entonces, le doy una foto y le digo: “Andá y deciles éste es mi papá y está muerto”. Eso fue como una “legalización” de la situación. Sebastián y yo tuvimos que fabricar un vínculo, en medio de mucho dolor y soledad. No es lo mismo el proceso de una madre con su bebé que van madurando su relación juntos. Acá fue al revés: hubo que trabajar para que eso fuera posible. Sobre todo él, que no entendía por qué yo tenía esa ansiedad por ser su madre y él mi hijo. En la adolescencia se puso más duro y crítico: “Si ustedes tanto me querían, ¿por qué no se ocuparon de mí?”. Cuando él tuvo su primer hijo dijo algo que a mí me pegó en el alma: “Si a mí me dicen que con lo que yo haga salvo a 30 mil, yo no dejo a mi hijo por eso”. ¿Cómo explicarle que para su papá nosotros dos éramos lo más importante, cómo explicar tanta ausencia no querida? Pero después fue cambiando su opinión, empezó a ver y entender otras cosas, y a sus hijos los adora.

    Sebastián nació en cautiverio. En la causa Brusa, las declaraciones de su madre fueron sustanciales. También allí denunció al capitán de Inteligencia Domingo Morales.       Fotos: Olivia Gutiérrez
    Sebastián nació en cautiverio. En la causa Brusa, las declaraciones de su madre fueron sustanciales. También allí denunció al capitán de Inteligencia Domingo Morales. Fotos: Olivia Gutiérrez

    —¿Cómo cambió tu posición?
    —Empecé a relacionarme con compañeros militantes, ex detenidos, hijos. Incorporé a las relaciones ese pedazo de historia mío que antes dejaba de lado –explica Sebastián–. Si bien siempre estuve en las marchas, a partir de mis 25 años hubo un quiebre. Otra historia. Me explotó la glándula de la militancia: en Hijos, en la Secretaría de Derechos Humanos, con el Equipo de Antropología Forense, con el tema sindical cuando los compañeros me eligieron delegado de ATE en la secretaría. También me pasó algo después que Néstor descolgó el cuadro. Yo pensé que ese tipo era otra cosa, una vuelta de página. No entendía cómo la gente decía que descolgó el cuadro para juntar votos: eso en ningún lado te suma votos, te los resta. Ese tipo se puso de nuestro lado, del lado de la verdad, la memoria.
    —¿Y antes cómo compartías tu historia con tus amigos?
    —Toda esto, inconscientemente, produce algo de… prevención. Siempre traté no de ocultarlo, pero sí de ser cauteloso en contarlo. Yo nací en el 77, empecé el jardín y la escuela cuando recién llegaba la democracia. Eran temas que no se trataban, la gente no quería escuchar esas cosas. Yo no me escondía, pero era cauteloso. En la escuela primaria, por ejemplo, había algunas docentes que no podían con este tema.

    De Mazzetti a Suárez

    —¿Cómo?
    —Él nace en el hospital y ya sale con el documento. Cuando me preguntaron por el apellido yo le dí mi apellido: no quería que existiera ninguna posibilidad de que lo pudieran reconocer al padre. Más tarde, por el 90, yo hago un juicio para que pueda llevar el apellido del padre y logro el cambio –cuenta Cecilia–. Entonces comunico esto a la escuela para que corrijan la documentación; la maestra, entre preocupada y asustada, me plantea: “¿Y yo qué le digo a los otros padres?”. Ella creía que los padres iban a sacar los chicos de la escuela, porque él era hijo de un desaparecido.
    —Lo que dijo después fue peor. Le sugirió a mi vieja: “Ya terminan las clases, ya empieza primer año. Dejémoslo con el apellido viejo y que, cuando empiece la secundaria, lo haga con el nuevo”. No sucedió así y cuando después la maestra tuvo que contar que yo tenía un nuevo apellido todos los chicos empezaron a preguntar por qué y ahí fue que les dije la verdad. No es lo mismo decir que mi papá estaba muerto a que es desaparecido. Les resultaba muy extraño. Era una película de terror que les habían contado, pero no tenían contacto con alguien que la hubiera vivido.
    —¿Qué pasó cuando llegaste a la edad en que tus padres sufrieron la represión?
    —Pasé varias etapas: de enojo con mis viejos, de creer que lo que les pasó, el cautiverio y la desaparición, había sido una decisión personal. Y la decisión personal fue la militancia, el pelear por otro país mejor para todos, no el secuestro. No fue de un día para el otro, pero algo pasó cuando empecé a acercarme a la edad en que mi viejo había desaparecido. Sobrevivirlo. Yo era igual a mi viejo y, después, te das cuenta que lo vas a pasar.

    Democracia

    Con el indulto que decretó Carlos Menem, la prisión quedó sin ningún genocida. Se cerraba así un ciclo: todos los represores libres.
    —En ese momento me daba lo mismo –admite Sebastián–. Estaba enojado con todo el mundo. Con los políticos, con el gobierno: con todo.
    —Con el indulto se sintió bronca. Tampoco era una sorpresa –aclaró Cecilia–, no estábamos esperanzados. Yo también era bastante descreída. Veía mucho miedo, muchos manejos, negociaciones… El tema de sentirse sola es… Todo esto es intransferible. Yo te puedo contar, pero nada que diga… Es como que las palabras no alcanzan. Vos me vas a escuchar y me vas a entender, pero no podés sentir lo mismo. Se siente una soledad tremenda. Fue siempre así. La única cosa que me pone en otro lugar es cuando estoy con mis compañeras y compañeros que pasaron lo mismo. Hay una comunión que va más allá de todo. La soledad también te viene cuando estás con una persona con la que te sentís muy amiga, y ella también, y no le decís todo. Si yo le decía capaz se asustaba y no me quería ver más. Eso era al principio: la gente se asustaba mucho. Hubo mucho tiempo de miedo. Cuando salí en libertad sentí que un plato volador me había dejado en un planeta equivocado. Dos años y medio después el país era totalmente distinto, la gente, la vida, el aire, el movimiento de la ciudad… era otro mundo, era el mundo del “de eso no se habla”. Fue tan difícil al principio, el día a día de estar afuera y remontar un montón de cosas, que me costaba recordar lo vivido antes de salir en libertad. Yo tenía un amor y cuando salí ya no estaba, y no estaría nunca más. No sabía cómo vivir en esa nueva y no querida realidad: escuchar al almacenero, al vecino, al verdulero decir: “Y, por algo habrá sido”. Es muy duro y era cosa de todos los días. Y no podías decir: “No señor, escúcheme, las cosas no son así”.
    —Cuando era chico –retoma Sebastián– en la escuela a mí me dolía más escuchar que “con los milicos estábamos mejor”. Yo me callaba y no decía nada porque el mismo dolor me lo impedía. Son cosas difíciles de manejar. Creo que ahora cuando dicen esas cosas les da un poco de vergüenza, por más que las piensen. Se cambiaron algunas historias, el código es distinto ahora. Venimos de 30 años de lucha de los organismos de derechos humanos, algo se logró. Con los juicios se visibilizó el horror.
    —También se han renovado las generaciones. Ahora estamos conociendo otra realidad, muy diferente por suerte. Pero tampoco veo, en general, mucho interés. Hay desinformación, desconocimiento, incluso en jóvenes que se acercan a la militancia. No veo que sea una causa de todos en esta democracia. Como que hay una generación que no es conciente de lo que se puede perder si se pierde la democracia.
    —Como si esto siempre hubiera sido así.
    —A veces veo que no se comprende que juzgar a los genocidas no es una cuestión personal de los que estuvimos directamente involucrados en la historia, que la dictadura nos robó la democracia a todos. Una vez mandé varios mails avisando que empezaba un juicio. Y algunos me contestaron: “¿Este juicio tiene algo que ver con vos?”. Les contesté: “Sí. Y con vos también”.

    Publicada en Pausa #89, miércoles 14 de marzo de 2012

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