Un estudio demuestra que la mortalidad de los norteamericanos pobres de mediana edad está en franco ascenso desde 1998, mientras que la mortalidad de hispanos, de negros y de los blancos con mayor nivel educativo desciende. Las causas de la excepción: suicidios y adicciones. 

Dos economistas de Princeton, Angus Deaton y Anne Case, hallaron una preocupante anomalía demográfica en Estados Unidos: los hombres y mujeres blancos de entre 45 y 54 años con secundaria completa –o menos– han visto ascender brutalmente su tasa de mortalidad durante las últimas dos décadas. El dato solo no significa nada, excepto por el hecho de que todos los otros grupos etarios, étnicos y educativos, y el mismo grupo etario de blancos en otros países ricos, ven como su tasa de mortalidad desciende.

En castizo: los blancos yanquis pobres se están muriendo como moscas. Y lo que es peor, la anomalía se debe a suicidios y adicciones. Los White Trash se están matando.

The dream is over

Usualmente se identifica como momentos críticos en la historia norteamericana a la derrota de Vietnam y el Watergate, junto a la crisis del petróleo. Está lleno de películas sobre esos hechos. El fin de los 70 se recuerda como un desgarramiento. La política y la cultura juvenil trocó en vorágine de consumo feroz, de adicciones liberadas, con la gestión Reagan. Nada mejor que clavarse un pico en el medio de la War On Drugs de los 80, si hasta la CIA llenó de crack centroamericano las calles. (Cada vez que se hable de lucha contra el narcotráfico, ponga todos sus ahorros en una apuesta por la merca).

Sin embargo, el ocaso del hippismo, de la izquierda universitaria, la sindical y la negra y, ya en los 80, el ascenso de la ética de Wall Street como programa de la economía y de la experiencia vital misma quizá palidezcan ante las gemelas torres financieras incendiadas y desmoronándose sobre la arrogante inmunidad de las fronteras militares, o ante los miles de nuevos homeless que alguna vez vivieron en mansiones fastuosas pagando chauchitas por hipotecas que después se los comerían vivos. Los últimos 15 años de Estados Unidos fueron un infierno (de potencia imperial).

El retorno de los soldados de la Segunda Guerra Mundial se tradujo en una explosión demográfica –se sintieron vivos y se reprodujeron a todo vapor– cuya realización sería el nacimiento del mercado juvenil. El baby boom es la coincidencia colectiva de las felicidades individuales. El fin del horror generó una cantidad de embarazos nunca vista en la historia de la raza. Esos fueron los pibes que, cuando adolescentes, escucharían a los Beatles y a los Rolling Stones, embutidos en jeans.

Los boomers hoy son, casi exactamente, la generación que protagoniza una nueva extravagancia demográfica. Pero la causa ahora no es la alegría, sino el derrumbe. Y el resultado no es la multiplicación de la vida en los nacimientos, sino la replicación de cadáveres producidos por las pastillas y el alcohol.

La angustia

Si la tasa de mortalidad para el segmento de blancos no hispanos de 45 a 54 años se hubiera mantenido en los valores de 1998, 96 mil personas no tendrían que haber muerto entre 1999 y 2003. Si la tasa de mortalidad hubiera continuado con su tendencia a la baja (como en el período 1979 a 1998), 488.500 muertes se deberían haber evitado entre 1999 y 2003. Es la misma cantidad de cadáveres que produjo la epidemia de Sida en Estados Unidos.

Con esos datos, Deaton y Case plantean la relevancia del estudio que hicieron en base a información oficial del Centro para Control de Enfermedades de Estados Unidos, y a otras fuentes.

En concreto, entre 1978 y 1998 la tasa de mortalidad de los blancos de 45 a 54 años bajaba un 2% por año. La cifra era lógica: los países industrializados ven esas mejoras como efecto de los avances en saneamiento y medicina. Sin embargo, después de 1998 la tendencia se revirtió: la mortalidad comenzó a crecer un 0,5% en promedio por año.

Para espanto de los supremacistas y los racistas, tanto los negros como los hispanos de mediana edad –como en el resto de las edades– sí continúan con la tendencia a la baja de su tasa de mortalidad. En el período analizado, los negros bajaron en 214 cada 100 mil su tasa de mortalidad (de espantosos 796 cada 100 mil a 582 cada 100 mil). Los hispanos la bajaron menos, pero su tasa de mortalidad es baja (más que la de los blancos): redujeron de 333 a 269 personas muertas cada 100 mil. Los blancos subieron de 381 a 415 cadáveres cada 100 mil cuerpos.

Ese cuadro ni siquiera es el trazo grueso del fenómeno. Imaginemos ahora a nuestro racista redneck o hillbilly, un texano bebedor de moonshine, mientras aborrece los atildados flaquitos abogados de Boston, las maricas del cine de California, los vagos del Capitolio en Washington, los aguachentos intelectuales cosmopolitas de New York.

White Trash DJ“Amo a los que tuvieron una pobre educación”, sinceró Donald Trump después de ganar su interna republicana en Nevada.

Ni los blancos que terminaron sus estudios universitarios, ni los blancos que cursaron al menos unos años en la universidad vieron subir su tasa de mortalidad; al contrario, la bajaron. El aumento de la tasa total de mortalidad de los blancos de mediana edad se debe pura y exclusivamente a una escalada exponencial de muertes entre los más pobres, aquellos que, como máximo, terminaron los estudios secundarios.

En 1998, se morían 611 blancos de mediana edad de menor nivel educativo cada 100 mil. En 2013, la cifra subió a 735. Es un aumento del 21% en la tasa de mortalidad de los hombres blancos pobres en 15 años.

Los White Trash ven crecer la muerte a su alrededor.

Acuda a su médico

La filosofía francesa de finales de los 70 acertó en dos predicciones. (Sí: la filosofía y la teoría social deben ser predictivas). La primera: el triunfo del neoliberalismo, bajo la égida conceptual de Milton Friedman y Friedrich August von Hayek. La segunda: la transformación de los sistemas de poder que producen la mansedumbre de los ciudadanos buenos y normales. Dijo la filosofía francesa que ni la escuela ni el ejército serían ya la instituciones encargadas de hacer dóciles a los cuerpos. En su lugar sobrevendrían dos herramientas: la medicina y las cámaras de video. No para curar sino para adormecer, la primera. No para el espectáculo sino para la vigilancia, las segundas.

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“La epidemia de dolor que venían a tratar los opiáceos es real, pero la información no nos permite establecer qué vino primero: el incremento en el uso de opiáceos o el incremento en el padecimiento de dolores”. La jocosa figura retórica está en el paper de Ivy League de Deaton y Case. Y alude a las tres causas principales que generaron el aumento de la mortalidad en los pobres blancos de mediana edad:

  • Suicidios
  • Envenenamiento accidental o de causa no determinada con drogas o alcohol
  • Enfermedades crónicas del hígado y cirrosis

La única precisión que falta es la relativa a las drogas. El artículo de Case y Deaton hace especial hincapié en los opiáceos. Más exactamente en los analgésicos. De venta libre. O recetados por su doctor. Y para todos y todas: “El Centro de Control de Enfermedades estima que, en 2008, por cada muerte producida por analgésicos prescriptos por un médico, hay 10 personas en tratamiento por abuso de la droga, 32 que fueron visitados de emergencia por mal uso o abuso, 130 abusan o son dependientes del analgésico y 825 son consumidores sin prescripción”.

tmg-slideshow_xl«Tenemos que pensar sin concesiones en el control de las prescripciones de analgésicos opioides. La Administración Federal de Drogas aprobó recientemente el uso de oxycodone para los niños», dijo Deaton. Como se ve, no es éste el padecimiento de las vidas y las muertes ilegales reguladas por los oficiales hombres de azul que afrontan nuestros pobres. Los blancos norteamericanos pobres son los héroes de las películas de football, los corebacks y las cheerleaders, la argamasa que le da sentido al sueño americano: escalar socialmente tomándose revancha de los demás y del destino, ser un fucking number one.

Quizá sea cierto que la desigualdad que produce el capitalismo sea un verso. Algo transitorio. Ni da para plantear los kilos de páginas que demuestran lo contrario, desde Marx en el siglo XIX hasta Thomas Piketty. No es siquiera necesario entrar en ese debate; alcanza la información demográfica oficial que produce el Estado norteamericano.

Solamente hay que sentarse a mirar cómo la demolición de sueño americano lleva a sus protagonistas a matarse. De un corchazo. Comiendo. Chupando. Tragando analgésicos.

Y, después, esperar. Esperar a que se realice en todo su esplendor y poderío, otra vez, esa recurrente posibilidad intrínseca del capitalismo. Aquello que llega cuando la burguesía tiene miedo. El fascismo.

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