Producir alimentos contra el hambre y la especulación

Las productoras de La Verdecita venden alimentos sanos y locales todos los sábados en la feria de la Plaza Pueyrredón. Foto: Mauricio Centurión

La Verdecita Granja Agroecológica reivindica la defensa del cordón hortícola de Santa Fe.

Las raíces de La Verdecita son feministas y populares. Surcan el suelo desde 2003, se componen de muchas manos de familias que producen alimentos y soberanía. Hacia fines de los 90 ya se notaba en la provincia de Santa Fe que los campos se teñían de un mismo verde, que en cada rincón el viento mecía brotes de soja. En 2001, la crisis económica se volvió hambre.

«Era terrible el hambre en los barrios. Empezamos con las ollas populares, con mujeres», dice Virginia Liponezky, una de las primeras integrantes de La Verdecita. «Empezamos a trabajar en un empoderamiento, más allá de conocer la cuestión productiva y los negocios, comenzamos a entender cómo se había perdido la soberanía alimentaria: que el olor a comida ya no estaba en las casas y que no había comida en un país como este».

Nidia Kreig también rememora aquellos años. Algunas de las mujeres que empezaban a soñar con un campo para la producción comunitaria pertenecían al Sindicato de Amas de Casa de Santa Fe. “A partir de la crisis de 2001 se formó una interbarrial de mujeres que hacíamos asambleas en las plazas porque no había otro lugar”, cuenta Nidia. En toda la historia de La Verdecita un nombre resuena como el motor que impulsó la experiencia: Isabel Zanutigh, militante feminista que falleció en 2018. La disputa de La Verdecita siempre fue ideológica y por el efectivo acceso a la tierra que permitiera poner platos de comida sobre las mesas.

La organización reúne hoy a cien familias productoras del cordón hortícola de Santa Fe, que incluye, además del norte de la ciudad capital, a Monte Vera, Recreo, Ángel Gallardo, El Chaquito y Arroyo Aguiar. Mientras la especulación inmobiliaria avanza en el uso de las tierras, desde el norte del departamento La Capital se resiste plantando la semilla de la producción de alimentos sanos y de cercanía.

Los productos de las huertas se pueden encontrar todos los sábados por la mañana en la feria de la Plaza Pueyrredón. También los martes y jueves de 8 a 12 horas en el local de calle Estanislao Zeballos 2770. El campo de La Verdecita se ubica en el barrio Altos de Valle, en Callejón Roca al 1800, al este de Aristóbulo del Valle. La ubicación y la historia de la organización también se cruza con la inundación de Santa Fe en 2003.

Cerca del campo donde crían las gallinas y donde un puñado de mujeres empezó a producir de forma comunitaria, en la zona históricamente conocida como «de las quintas», el gobierno provincial instaló en 2003 el barrio 29 de Abril. «Los vecinos de este barrio son migrantes ambientales dentro de la misma ciudad», dice Virginia. Son personas que fueron inundadas en la zona oeste y trasladadas al otro punto cardinal de Santa Fe.

«El barrio se inauguró con casas de plástico financiadas por la Cruz Roja Alemana, sin pozo ciego y con un basural. A partir del trabajo colectivo se logró eliminar el basural y en su lugar ubicar una plaza. Con el tiempo vino el Centro Integrador Comunitario y un dispensario», cuentan las activistas. De forma paralela a ese proceso de migración interna, Chabela y sus compañeras lograron adquirir el terreno donde comenzaron a convertir en realidad la anhelada experiencia de producción conjunta y agroecológica.

«A raíz de la inundación que vivimos en 2007 empezamos a ir a las quintas y a proponer juntarnos para hablar sobre la importancia del cordón hortícola. Primero hubo mucha desconfianza de las familias de quinteros, porque éramos mujeres y blancas que habíamos sido urbanas y habíamos venido a vivir en el periurbano. Primero era un grupo muy pequeño de varones, después se fueron acercando las familias», relata Virginia. Así formaron el Consorcio de Pequeñas Productoras y Productores de La Verdecita, la Escuela Vocacional de Agroecología y una escuela de música.

Nilda Cardozo vive en la zona desde hace más de 40 años, pero hace doce se sumó a la organización. «Empezamos a producir para nosotros desde que nos integramos a La Verdecita. Antes trabajábamos en quintas pero éramos medieros, con patrón. Empezamos con lo agroecológico porque mi esposo tenía problemas respiratorios por trabajar con el veneno», explica.

«Es un trabajo de todos los días el nuestro», dice Nilda. Nueve son sus hijos, con uno de ellos y con su nuera trabajan en plantaciones de hoja, sandía, melón, ajo que luego venden en la feria. «Me siento tranquila porque mis hijos saben lo que estamos haciendo. Les contamos cómo pasamos nosotros, cuando ellos eran chiquitos, lo que laburamos para otros. Era como una esclavitud. Era ‘hacé esto’, o fuiste. Pero eso terminó, ahora tenemos todo nuestro», dice la productora. «Lo más importante es que acá alrededor no siembran más cereales, que jodían con el glifosato», afirma.

El terreno donde trabaja Nilda y su familia no es propio. “En esta zona se están haciendo más viviendas y casas. Hasta ahora estamos cultivando tranquilos, pero cuando llegue el momento este terreno se va a vender y va a ser más difícil para nosotros seguir”. Nilda sintetiza con esa frase una problemática que se extiende por el cordón hortícola de Santa Fe.

La tierra, ¿para qué?

Según datos de Fontagro (Fondo Regional de Tecnología Agropecuaria), en América Latina y el Caribe, la agricultura familiar representa 15 millones de unidades familiares y tiene 400 millones de hectáreas, que ocupan el 35% de la tierra bajo cultivo. Esta práctica económica contribuye al 40% de la producción y genera el 64% del empleo relacionado con la agricultura en la región.

En Argentina, la agricultura familiar comprende a más de 200 mil familias y produce el 62% de los alimentos que consumimos. Sin embargo, en Santa Fe se plantea la dificultad de conseguir tierras libres para plantar.

Verónica Jaramillo es productora y trabaja en uno de los módulos del Ministerio de la Producción en Ángel Gallardo. Esos lotes fueron noticia hace unos meses cuando el gobierno provincial comunicó a La Verdecita y a la Unión de Trabajadores de la Tierra que las desalojaría. Luego dio marcha atrás con la decisión y convocó a una mesa de diálogo conjunta con las organizaciones.

Verónica vivió su vida en el campo: a los 11 años ya ayudaba a su padre, que llegó de Bolivia a fines de los 70 buscando mejor suerte. Tiempo después, la mujer formó su familia y comenzó a alquilar. Primero fue un campo en Altos del Valle: «Pero se empezó a lotear y tuvimos que salir de ahí». Después Recreo, Ángel Gallardo: las posibilidades de conseguir tierras para sembrar comenzaron a disminuir a medida que se construían nuevos barrios alejados del ruido de la ciudad.

Fue gracias a La Verdecita y a un convenio con el Ministerio de la Producción que Verónica accedió a un comodato en los módulos donde también funciona la sede local del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Hace cuatro años cultiva allí de forma natural. «Cuando iniciamos eran tierras abandonadas; empezamos de cero con muchas esperanzas de poder producir».

Para ella, la diferencia entre producir agroecológico y de forma convencional [es decir, con agrotóxicos] «es mucha en el tema de salud». Atrás quedaron los tiempos de «ponerse una mochila sin la protección necesaria, las alergias, los químicos». «Hoy trabajo tranquila porque le pongo a las verduras algo natural, no tengo ningún efecto en mí y sé que le puedo ofrecer algo sano a las personas», dice Verónica y enumera el purín de ortiga o la cola de caballo como sus nuevos aliados contra las plagas.

Pero producir agroecológicamente es un proyecto a largo plazo, que muchas veces va a contrapelo de los alquileres temporarios de terrenos para sembrar. “Hoy no encontrás tierras para trabajar o los alquileres son carísimos. Todo el tiempo estás viendo que la producción te alcance para pagar el alquiler, la luz, las semillas. Cuando vas a la feria la gente te pregunta: por qué no tenés papas, o cebollas o frutas y cosas que al no ser dueños de la tierra no podés hacer. Tengo hermanos que hacen convencional, porque al no ser dueños no podés arriesgar. Si perdés la cosecha, tenés que pagar el alquiler igual. Si no fuera por la organización no podríamos tener estas tierras para poder trabajar tranquilos”, manifiesta Verónica.

«Plantear la agroecología con quienes trabajan la tierra es muy difícil porque nadie es dueño de la tierra. Entonces no se puede hacer un diseño a diez años», afirma por su parte Virgina. «Tenemos muchas compañeras que fueron desalojadas al año. Pero así y todo un grupo de productores tomaron el desafío de cada día ir avanzando más», agrega.

La Verdecita defiende desde sus orígenes el cordón hortícola que rodea a Santa Fe. «He ido a otras localidades de la provincia en donde la ciudad termina la ciudad y empieza la producción extensiva de soja o de trigo», cuenta Virginia. Esa distinción tajante entre lo rural y lo urbano –acentuada por el monocultivo industrializado– redunda en dificultades para proveer a la población de alimentos frescos y de cercanía; y también en la falta de trabajo de las familias campesinas.

A eso se suma la extensión de los límites urbanos. «Hoy por la presión inmobiliaria se fueron vendiendo cada vez más tierras y para muchas familias es cada vez más difícil producir. La mayoría de ellas viven ahora en los pueblos de Recreo o en Monte Vera y tienen la tierra en otro lado, con lo cual además de cambiar su idiosincrasia, hace a la dificultad de trasladarse hacia el lugar. Ahí disminuyen las posibilidades de siembra. Por ejemplo, cada vez es más difícil que alguien que vive lejos de su tierra invierta, por lo caro que es y el cuidado que se necesita”, cuenta Virginia. Para la productora, un ordenamiento territorial que contemple a las familias productoras no solo beneficiaría a quienes trabajan la tierra, sino al mercado local: “estás teniendo alimentos cercanos y estás haciendo comunidad”.

“Estaría bueno poder proteger y que no avance tanto el loteo. Porque no solo se pierden las tierras para producir, sino que perdemos todo: cada vez hay menos alimentos locales y tenemos que traer de afuera. Se nota cada vez más: hay productores que ya son grandes y sus hijos ya no piensan en seguir produciendo porque no hay tierras y por las situaciones que ven que viven los padres”, dice por último Verónica.

Este artículo fue presentado en el marco de la beca Un cauce para tus historias, de la Fundación Cauce y Humedales sin Fronteras.

A la raíz del verdadero campo

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