La belleza de la danza y la competición hasta el sufrimiento. Dolis Méjico y cómo abrir un espacio creativo y de enseñanza libre de violencia. La inundación. La necesidad de una compañía pública de danza.

La sala Foyer del Centro Cultural parece otra cuando las cortinas se corren. Distinta a las noches que albergan espectáculos, el aula se vuelve cálida con la luz natural. A las 14:30 empieza su clase de elongación. Son las 13:15. Mientras abre las ventanas que dan a la calle, agradeciendo el aire y haciendo todo lo contrario respecto al ruido, Dolis Méjico ya está hablando sobre la danza, las marcas a fuego que la disciplina le selló, las estructuras y la lucha por una Compañía Estatal.

 

¿Cómo fueron tus inicios en el mundo de la danza?

Todo empezó en la niñez y la verdad es que no soy muy consciente cómo. No sé de dónde vino porque no tengo en mi familia personas que se hayan dedicado a la danza. A mí lo que siempre me gustó fue moverme. La música sí estaba presente en mi casa: mi papá tocaba la guitarra. Y yo ahí bailando al compás de todo, siempre. A partir de eso, mi mamá dijo: “que vaya a danza”. Allí comenzó el largo camino. Empecé por el folklore en la academia de Raquel Nelly de Sacchi y después seguí con el clásico en el Liceo Municipal.

¿Qué fue lo que te cautivó de la danza clásica?

Yo venía de una crianza muy estructurada. En esa época era así. Encima fui a una escuela religiosa: estaba acostumbrada a las estructuras. El clásico encajaba perfecto. Lo que no sabía era que a los 14 años iba a explotar en una rebeldía total. Sentía necesidad de transformar todo: no de querer salir de la estructura, sino de romperla y crear otra cosa. No me la bancaba, sentía que mi cuerpo se bloqueaba y no podía recibir la información. Eso me pasaba en todas las instituciones, menos en el estudio de Alfredo Gurquel, mi gran maestro y guía. Él nada que ver, su enseñanza siempre fue desde el amor. Y ahí dije: “Ahhh, se puede de otra manera”.

¿Cómo explotó esa rebeldía?

Yo pensaba: “Si el lugar donde iba a aprender ya era así, ¿qué puedo hacer?” Si pegaba el portazo, me quedaba sin nada. Entonces me metía en esos espacios a pinchar, a intentar cambiar. Y si alguien me trataba mal, que me ha pasado, lo exponía. 

¿Has sufrido violencia?

Un montón. Había una coreógrafa en la compañía del IUNA, en donde hice la Licenciatura en Danzas Clásica y Contemporánea, que no me podía ver y me hacía la vida imposible. ¿Sabés por qué? Por ser rubia. Y yo no podía cambiarla a ella, pero sí la enfrenté. Le pregunté por qué me trataba mal y no supo qué decirme. Por decisión propia no bailé en su espectáculo. ¿Para qué? ¿Para pasarla mal? Ahí sí me quedé sin bailar, pero sabía que cuando esté del otro lado iba a ser distinto. Esa decisión para mí fue decir “Hola, no es como ustedes quieren y los demás la pasamos mal”. Otro ejemplo: estábamos ensayando hacía horas con puntas. En un descanso me las saqué y tenía los dedos sangrando. Le pedí al maestro por favor seguir el ensayo sin las puntas y me dijo: “Sí, no hay problema. Pero en la función del sábado usted no baila”. Ahí, en cambio, no quería quedarme sin bailar entonces tuve que ponerme de nuevo las zapatillas arriba de las ampollas.

"Sí, pasaron 25 años. Pero no importa el tiempo, fue muy a fuego la marca. Por eso yo jamás generaría un espacio así. Y cuando veo aulas que sí lo son no me quedo callada".

 

Confiesa que tiene piel de gallina y le es inevitable pensar en sus alumnas: "Yo siempre intento decirles que traten de observar el aprendizaje. A mí una vez una maestra de acá me dijo: 'Usted no tiene elongación, así que no sirve para la danza, dedíquese a otra cosa'. Y yo pensé: '¿Qué hago?'. Ojo, pensé después de que se me pasó el dolor y la bronca. ¿Y qué hice? Busqué al mejor maestro de elongación, le mandé un mail y le dije que quería estudiar con él, pero que no podía pagar sus clases. Entonces me becó. Y mirá hoy: soy instructora en elongación y trabajo de eso. Eso que me dijo esa maestra que, las cosas como son, fue una mierda, a mi me terminó sirviendo. No es fácil, lo sé, pero son actitudes necesarias y hay que ejercitarlas. 

"Las puntas de ahora no son como las de antes. Nosotras bailábamos sobre yeso, no teníamos puntera. Nos poníamos algodón, nos vendábamos los dedos con cintita y ya. Era a pelo. Todo cambió".

 

¿Cómo aparece la vocación de enseñar?

No es para cualquiera. A mí me empezó a gustar la docencia a los 30 años y todo fue gracias a este maestro. Yo en él vi a alguien más que a un maestro, era un guía para mí. Y me di cuenta de que eso estaba bueno: ser una guía para las personas que quieren bailar. Y me fui forjando de a poco, aprendiendo en el camino porque las clases que doy yo están lejísimo de ser las clase que me daban a mí. 

"Trato de ser lo más original posible, me respeto, no finjo nada. Yo sentía eso cuando estudiaba: que todos se montaban en un personaje y era lejano. Ellos allá, y los alumnos acá".

 

¿Qué pasaba en aquel entonces cuando salían de las clases? ¿Se hablaba de esto en los pasillos o se fingía demencia?

Entre algunas hablábamos, sí. Pero estaba muy naturalizado: era el mundo del ballet. Ahora ya no. El movimiento santafesino de danza, que sale del movimiento nacional, es el espacio desde donde luchamos. Es la única entidad que nos representa, así que todas las quejas van ahí.

¿Cómo ves la danza desde tus inicios hasta ahora en Santa Fe?

Santa Fe creció un montón. Yo era chica y había 4 academias, ahora hay 100. Y como hay muchas escuelas, hay mucha gente que estudia danza. Entonces el colectivo es muy grande.

Dolis es una de las artistas santafesinas que en un momento de su carrera decidió irse de Santa Fe para vivir otras experiencias. "Hay una camada de gente que en su momento tuvimos que irnos para poder bailar. Y creo que ese es el problema puntual desde donde nace toda la queja del movimiento, porque sigue pasando que desde el Estado no se abraza ni se acompaña al colectivo de la danza. El pibe y la piba que llega a los 18 años y dice 'Me gusta la danza, ¿qué hago?' en Santa Fe no tiene trabajo". 

"Yo me fui con una mano adelante y otra atrás. No es tan fácil vivir afuera".

 

Es un tema que le cala hondo y se nota enseguida. Entra en calor, se le llenan los ojos de lágrimas y lo vive tan a pleno que se me adelanta y ella misma pregunta: ¿Por qué pedimos una compañía? "Primero por los y las jóvenes que quieren dedicarse a la danza, para que irse de Santa Fe no sea la única opción que tengan para bailar. Así vas a tener personas felices que aman lo que hacen y, a su vez, bailarines de entre 17 y 25 años buenísimos que trabajen por y para la cultura. Porque el fin es ese: la educación y la cultura. Imaginate llevar un espectáculo como el que hacemos con mi compañía a un barrio: con bailarines, vestuario, tutú, puntas, escenografía. Más allá de la disciplina en sí, somos artistas, gestores de la cultura. El arte te atraviesa y de eso se trata nuestro oficio. ¿No? De generar experiencias que la gente no se las olvide, de mejorar la vida del ciudadano. Yo siento que esa es mi responsabilidad, sino ¿para qué hago mi trabajo? Por eso decimos que esto es una decisión política y no de presupuesto. Nos reunimos con todos los colores y es transversal a cada partido político. No podemos decir 'somos de tal color'. Y venimos reclamando hace rato: van pasando los gobiernos y nadie tiene la decisión política de hacer una compañía de danza. Los pibes llegan a los 17 años y pueden pasar dos cosas: o dejan una profesión que los va a hacer felices toda la vida o la ciudad se pierde de una herramienta principal de la cultura local y nacional porque se tiene que ir a otro lado a bailar".

 

"Estoy cansada de que todos los años se vayan 2 o 3 de mis alumnas porque acá no tienen posibilidades. Se me hace un nudo en la garganta". 

 

Dolis vivió en Buenos Aires durante 5 años hasta que tuvo que volver a Santa Fe por un problema de salud: "decidí quedarme un tiempo, bajé 200 cambios e inauguramos Taiarte. Después vino la inundación de 2003 y me partió la vida al medio: mi mamá perdió todo".

"Encontraron mi tutú en la cancha de Colón. La inundación me reventó la vida, entonces decidí que era momento de irme de nuevo. Ahí me fui a Barcelona".

 

Faltan 15 minutos para su clase, algunas alumnas ya están llegando. Parece que quedan tantas cosas por decir, pero le pregunto: ¿Por qué volviste? Ella sonríe. "¿Cómo no voy a volver? Este país es el más hermoso del mundo. La gente lo hace así. Argentina tiene eso de juntarse, tocar la guitarra, hacer una comidita. Cuando volví, Santa Fe había cambiado y crecido tanto. Muchos de aquellos bailarines que nos fuimos volvimos y nos damos cuenta de que tenemos todo: salas, espacios nuevos, alumnos, maestros. Cada vez hay más. Lo que nos falta es la compañía y no voy a parar hasta que exista. Sea la directora, la coreógrafa, la maestra o no. Aunque tenga 90 años voy a seguir luchando para que se haga realidad".

 

¿Qué es ser mujer artista independiente en Santa Fe?

Cuando era chica, si eras artista eras una “loca”, por decirlo de una manera educada. Hay un sector en Santa Fe, que existe desde siempre, que tiene una cierta forma de pensar. Antes era más complicado que vean a la danza como una profesión, hoy en día es distinto. Aunque a mí nunca me importó mucho el qué dirán, no te voy a negar que ese grupo particular de personas me hizo sentir que no estaba haciendo algo serio. Por suerte, eso también cambió. Con respecto al lugar de la mujer, así como cambió en la vida cotidiana, también lo hizo en la danza. Creo que es un reflejo. Me ha pasado que un varón se enteraba que era bailarina y automáticamente pensaba que tenía el permitido para otras cosas. Eso también estaba naturalizado. Veo un gran cambio en esta idea de que la danza, y sobre todo el ballet, es sólo para niñas. Hay muchos varones que se acercan a la danza y padres y madres que llevan a sus niños a esos espacios.

Desde que volvió a Santa Fe no dejó de trabajar. Hoy tiene su Compañía Ouvert: "Abrí el espacio en 2015 porque quería darle a un grupo de 10 o 12 bailarines la posibilidad de, precisamente, bailar. Ese es mi trabajo. El estilo, clásico y neoclásico. No es estable, van y vienen, por eso el nombre que significa “abierto”. Así, desde lo privado, intentamos que el bailarín santafesino tenga experiencia escénica".

Faltan 2 minutos para que empiece su clase. Las alumnas ya están estirando en el piso. Le pregunto si hay algo pendiente que le gustaría hacer y le resulta imposible no pensar de nuevo en la compañía. "Eso es un objetivo, algo que va a suceder y no sobre mi cadáver. Después, la danza para mí es un estilo de vida. Yo me levanto y respiro danza todo el día. Por eso siento que hice todo. Igualmente, es una pregunta interesante, me deja reflexionando y, al pasar, se me viene este pensamiento: me gustaría meter un primer bailarín en el Teatro Colón".

Fotos: Gabriela Carvalho.

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