Deberé retractarme de todo lo dicho en la columna anterior. No es la primera vez que esto sucede, y no será la última. Quizás sea mi luna en piscis (esto a chequear), quizás la incesante necesidad que me habita de escupir las cosas como si quizás estuviera revelando verdades universales. A lo mejor, simplemente, es que todos nos equivocamos. Esta es, claro, la opción más aburrida.
En mi lectura pre-mundialista dije que no había clima de Mundial y que ese clima aparecería, indudablemente, cuando la pelotita empiece a girar. Más específicamente, cuando la pelotita acaricie la red. No es este el punto en el que he incurrido en un error. Mi tesis fue debidamente confirmada. Me refiero más bien a ese fragmento en el que sostenía que nunca nos iban a poder arrebatar la alegría, la fiesta y la felicidad popular y compartida que el futbol trae siempre a este latifundio bendecido por los dioses del balón pié.
Resulta que esto no es así. O no es tan así. Nos han secuestrado los goles. Y no ya el diabólico señor Magnetto y sus esbirros del mal. No ya la corporación maligna de la FIFA y sus nuevas reglas que hacen del fútbol un espectáculo de a ratos difícil de ver. No Donald Trump y su Mundial armado a medida de las empresas publicitarias y los conglomerados empresariales.
No, el gran ladrón de nuestra felicidad no es otro que Marcos Galperín. El hombre unicornio, el magnate de la marca amarilla, el que pregona un Mercado Libre desde la concentración del mercado, el que ha sabido leer los tiempos y los humores como ningún otro. El que transformó un juego de millones de amigos en un aparato para la desilusión. El que se apoderó del prode y, con él, de nuestras ilusiones.
No es sólo Galperín, pero siempre es Galperín. Y los ilusos como yo caemos en sus redes porque somos carne débil, porque necesitamos plata, porque nos gusta sentirnos por un ratito mejor que los demás. Marcos y sus secuaces diseñaron un prode en el que vos no ponés plata, pero podés ganar hasta 50 lucas verdes. Todos sabemos que, en el fondo, hay algo más: hace años que venimos recitando el viejo mantra de que cuando algo es gratis, el producto sos vos.
Probablemente, mientras estamos completando el resultado que creemos que será el final entre Paraguay y Australia, hay cientos de minions digitales que nos están ordeñando hasta el último dato de nuestros perfiles digitales. Nadie lee la letra chica. Ese es uno de los mayores logros de los magnates tecnológicos: todos desconfiamos de ellos e igual les firmamos contrato tras contrato. Es como prestarle plata a ese amigo que jamás te la va a devolver, para verlo después en sus historias de Instagram de vacaciones en Bombinhas.
Completé el prode porque para mí forma parte indispensable de la experiencia Mundial. Lo que antes hacíamos de manera rudimentaria entre un grupo selecto de amigos, ahora se amplificaba en millones de personas desconocidas a las que podía restregarles por la cara que yo entiendo más de esto que ellos. Y pasó lo que tenía que pasar, lo que pasa siempre que una corporación maléfica deja su huella en algo popular: le quitó toda la diversión. No sólo al prode, al fútbol.
Sé que no puedo echarle sólo la culpa a Galperín, pero qué fácil es hacerlo. Ustedes dirán que la solución está al alcance de mi mano: borrar la aplicación, desactivar el prode, no darle más pelota. Pero ahora me calenté. Ahora quiero sentir que le gano al sistema. Ahora, cada vez que una selección hace un gol, aún en el partido más intrascendente y aburrido, no lo grito ni lo celebro por el simple hecho de regodearme en la más hermosa de las gestas deportivas: es también un acto de rebeldía. Cada gol que encaja en mis predicciones es una patada al estómago de la corporación amarilla. Cada vez que el resultado es adverso, me retuerzo en mis entrañas y refunfuño contra el gélido cristal del televisor, testigo solitario de esta guerra que sostengo y de la que Galperín no tiene ni idea.
Pero no es sólo Galperín y su prode. El que captó rápidamente que el clima de este Mundial es de piojera colectiva y poca guita es el capitán Pedidos Ya, de quien no sabemos el nombre, ese que trabaja desde las sombras como un esbirro del mal encubierto, que tiene el rostro de la precarización y el lenguaje canchero ficticio de esa gente que labura en marketing pero que no tiene amigos.
El señor de las motitos rojas entendió que lo que había que inyectarle a este pueblo era guita, algo que los más altos mandos de este país considerarían una medida populista, de izquierda, casi de guerrilla. Y entonces lanzó una campaña en la que cada gol del Mundial se traduce en cupones de descuento en su aplicación.
Frenéticamente, quienes estamos mirando un partido de Japón a las 11 de la noche de un martes, ingresamos a la app no ya cuando el equipo hace un gol, si no en cuanto cruzan la mitad de cancha, con la esperanza de hacernos unos mangos para poder comprarnos una hamburguesa, medio kilo de helado, una lavandina en gel, lo que sea. Y los cupones desaparecen con la rapidez de un volante por izquierda africano. Más aún, el maléfico doctor Pedidos Ya eligió a Julián Álvarez, el delantero estrella con más cara de buen pibe, no ya de nuestra Selección sino de todo el Mundial, para promocionar este beneficio. “Hago los goles por el cupón”, es la bajada de la campaña. Desde entonces, Julián Álvarez no volvió a marcar ni un gol. Hay cierta justicia poética en esa desgracia.
Esta forma de populismo marketinero y gentrificado no es nueva. Hace poco, y sponsorizado por la marca de Galperín, Franco Colapinto se presentó de manera gratuita en la ciudad de Buenos Aires en un “road show” en el que manejó por las calles de la capital en un auto de la Fórmula 1 y con la “Flecha plateada” de Fangio. Juntó 500.000 personas en una sola tarde, lo mismo que la Fórmula 1 junta en todo un fin de semana de carrera en cualquiera de las fechas más icónicas del calendario. Galperín no da puntada sin hilo: su negocio no era el road show gratuito, era mostrarle al mundo que él y el Macri tostado están en condiciones de traer a la Fórmula 1 al país porque el público está.
Estamos, siempre. Ese es nuestro problema: somos intensos y pasionales, somos todo lo que las publicidades de cerveza nos quieren vender y más, somos débiles frente a la posibilidad de hacernos unos mangos de arriba porque la plata no sobra. De ahí vienen los prodes y los cupones, las propagandas de las casas de apuestas que ya ocupan el 80% del tiempo de aire publicitario, las lecturas estadísticas de los comentaristas de cada partido que no tienen que ver con lo que pasa en la cancha sino con lo que podemos nosotros hacer con esa información.
Lejos quedaron las épocas en las que la promo de un Mundial consistía en juntar tapitas para cambiar por un muñequito cabezón de Crespo. Ahora no queremos un vaso de Messi: ahora queremos la plata, para comprar lo que haga falta.
En el medio de todo eso, queda la pelota. Porque si hay un destello de ilusión, algo de justicia, algo de dulzura, es en ese momento en el que el Capitán mata la pelota con la zurda y encara, después de haber escaneado la cancha con su visión extraterrestre. Después, y abandonando toda lógica y estadística, Ecuador le mete dos goles a Alemania y se clasifica a la siguiente fase en un gesto entre rebelde y heróico. Entonces me olvido por un ratito de Galperín y de mi propio prode. Porque la felicidad también habita en las contradicciones, a contrapelo de nuestras propias expectativas.










