Estamos de vacaciones con la familia en México. Somos 25 con la misma gorra y remera. El partido lo vemos en un centro de convenciones con más de 600 personas. Las camisetas españolas son mayoría. Algunos mexicanos y chilenos también nos silban y abuchean. La tensión va en aumento. En la previa aplaudimos una tema de David Bisbal, y cuando nos expulsan a Enzo mandamos a callar al animador del evento. Es un desafío convivir con el aliento rival, con su queja, sus canciones horrendas, con su fastidio y sus reclamos. El abucheo es general solo cuando la televisación lo muestra a Trump: es el único momento donde estamos todos de acuerdo.
Escribo la columna más triste de este ciclo inolvidable. Amarga e intrascendente como el partido por el tercer puesto. Pretendo levantar la frente, pero las lágrimas se me escurren cada vez que intento un concepto.
España juega con la pelota y encuentra espacios entre los mediocampistas. Si la toca Rodri, todo comienza bien. Si los apretamos y tiran largo, ganamos siempre. Argentina no puede crecer con la pelota en los pies. No junta ni acierta pases. Faltó esa construcción que nos distinguió en otros torneos.
Un entretiempo absurdo nos enfría los nervios. El cuerpo se tensa y apreciamos solo a los brasileños que manejan la fiesta.
Siempre podemos dar algo más. Aun en los peores contextos de partido. La actitud ante la adversidad. Muy difícil sostener lo que sostuvieron. Se necesita un arquero histórico y una concentración enorme para bloquear esa marea de pases y remates. Por poco lo logramos. Un manual para protegernos durante 120 minutos. Hubiese sido injusto empatarlo. A nadie le importa la justicia deportiva, pero la sensación de decirlo me brota por los poros. Hubiese sido memorable e injusto ganar por penales.
Si es el final, no sé cómo terminarlo. Seguramente será dando vueltas con esta pelota que siento en el estómago y no puedo sacarme de la cabeza. ¡Qué tipo, Lionel Scaloni! Lejos del macho futbolero del aguante, lloramos a mares con este flaco sensible que nos abrazó a todos. Por favor, perdón y gracias. Perdón por no poder terminar la conferencia. Perdón por no completar esa alegría eterna. Una Selección más allá del resultado final. Con medalla de plata bien puesta. Con el orgullo de ser segundos. De haberse quedado hasta el último día, una vez más. Quedará este equipo y esa bandera. Mensajes que trascienden y transforman.
Salimos del centro de convenciones apenas pitó el final. Caminamos juntos, con mis hijos, entre la celebración ajena. Aplaudimos y felicitamos al rival. Juntos como familia, dignos en la derrota. El Mundial después del Mundial. Un recuerdo de ocho partidos, el último recuerdo Messi, remontadas y goles espectaculares en los minutos finales, el corazón valiente, el ADN de nuestra tierra y un suspiro en el último instante para creer en la épica. Era difícil, pero una vez más elegimos creer.










